El golpe que frustró la democracia egipcia

Lunes 23 de Noviembre de 2015
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La plaza de la Liberación
La plaza de la Liberación o plaza Tahrir, El Cairo, Egipto.

“Los islamistas, todas las tendencias mezcladas, han representado durante largo tiempo ante los ojos occidentales, pero también a los de una fracción de las izquierdas árabes, una alternativa tan inaceptable que hasta el autoritarismo más virulento parecía preferible”. François Burgat

Egipto, año 2011. La chispa de la revuelta de Túnez prende la mecha del descontento de la población del país del Nilo, y deja entrever un escenario que augura un futuro distinto al de toda la historia del Egipto contemporáneo, en la que el poder militar había estado moviendo los hilos de la política egipcia. Los Hermanos Musulmanes ven por fin una salida a su supervivencia en la clandestinidad, tras ocho décadas sobreviviendo entre la utilización y la represión que caracterizaron sus relaciones con los sucesivos regímenes. Así dio comienzo lo que parecía ser la transición hacia una democracia real en Egipto.

La plaza Tahrir no se componía de una masa homogénea, numerosos grupos y organizaciones surgieron a raíz de la llamada primavera árabe. Estaba claro que Egipto necesitaba un cambio, y parecía que el único cambio posible era el Islam político, que había sido el talón de Aquiles de los gobiernos egipcios, a pesar de no ser un partido político sino una organización, aspecto donde precisamente había residido su fuerza.

En solo 18 días el pueblo derrocó a Hosni Mubarak, que entregó el poder al general Al Sisi. Éste vio en los Hermanos Musulmanes su otra mitad necesaria para no ceder el poder real, lo que interesaba también a Occidente, que encontraban en Egipto el país estabilizador de la región. Es innegable su importancia estratégica, controlando el Sinaí, el canal de Suez y siendo frontera con Israel, por lo que no es de extrañar la estrecha relación entre el gobierno estadounidense y el poder militar egipcio, hasta el punto de ser el segundo en recibir más ayudas económicas del mundo, después de Israel.

Si bien la unión temporal entre el poder militar y los Hermanos Musulmanes fue efectiva para proporcionar a Egipto un comienzo de la transición relativamente calmado, pronto comenzaron los problemas. La victoria de un Parlamento básicamente islamista, con el triunfo de la rama política de la Hermandad, el Partido Libertad y Justicia, y el salafista Al Nur, no gustó a la parte laica de la justicia egipcia, temerosos de que el Islam se adueñase del proceso de elaboración de la nueva Constitución. El Tribunal Constitucional suspendió el Parlamento y, por lo tanto, la Comisión Constitucional también quedó suspendida.

A pesar de este golpe, las elecciones presidenciales, primeras elecciones democráticas en la historia de Egipto, siguieron su curso y dieron lugar, como era esperado, a la victoria de Mohamed Morsi. Sin embargo, con un 52% de participación y el apoyo de tan solo 51,73% del electorado, se demostró que no representaban el conjunto del movimiento social que se movilizó durante las revueltas.

A pesar de ello, sus medidas fueron dirigidas a favorecer a su partido y no a la pluralidad que se había abierto en Egipto durante la revuelta. El gobierno de Morsi fue cayendo en la ineficacia y la exclusión, dando pasos en falso y redactando una Constitución con un lenguaje excesivamente amplio, abierto a la interpretación. Además, su falta de experiencia política, la mayor parte de su historia en la clandestinidad, mostró que quizás no fuese el presidente que Egipto necesitaba. No hay que olvidar, por otra parte, que hubo factores externos que actuaron muchas veces en su contra. El clima inestable no solo existía en Egipto sino en prácticamente la totalidad de sus países circundantes, por lo que la región era en este momento especialmente inestable. Además, que el Islam político gobernase en un país tan importante estratégicamente hacía que todos los ojos en materia de política internacional estuviesen clavados en él.

Las protestas no se hicieron esperar. La plaza Tahrir, que había acogido un grupo heterogéneo de manifestantes durante las revueltas, dio paso a lo que muchos predecían como una posible guerra civil entre partidarios y detractores de Morsi. Tras numerosos enfrentamientos, muchas amenazas y una gran presión internacional, el poder militar efectuó un golpe de Estado que no solo derrocó a Morsi sino que en pocos meses terminó, tras numerosas protestas de los seguidores de la Hermandad, declarando ilegal la organización, matando a centenares de manifestantes y condenando a muerte a casi un millar de militantes y seguidores, entre los que se encontraban su líder Mohamed Badie y el propio Morsi.

La comunidad internacional que tanta presión había ejercido sobre el corto gobierno de Morsi tardó en condenar el golpe, evitando llamarlo como tal, y, aunque la mayoría condenó la brutal represión del general Al Sisi, pronto decidió mirar hacia otro lado. Según Amnistía Internacional en 2014 hubo 507 condenas a muerte, lo que supone un 20% de las condenas en todo el mundo, solo superado por Nigeria. Además, la condena a tres periodistas de Al Jazeera ha suscitado muchas polémicas en el mundo occidental. Sin embargo, parece ser que la estabilidad que puede aportar un gobierno militar vale más que dejar al pueblo egipcio la capacidad de valorar si el nuevo gobierno merecía seguir o no.

Quizás los Hermanos Musulmanes no supieron lo que Egipto necesitaba, quizás una vez que consiguieron el poder solo valoraron su interés y se volvieron ineficaces en la difícil tarea que tenían, pero no cabe duda de que era un gobierno legítimo que apenas duró un año, y que parecía que iba a caer por su propio peso. Quizás la primavera árabe en Egipto sirvió para volver al principio, antes de que la revuelta de Túnez prendiese la mecha. Lo que es seguro es que el espejismo de la democracia egipcia que trajo la caída de Mubarak ha llegado a su fin.

Beatriz Fernández

Licenciada en Periodismo por la Universidad de Navarra, máster en Política Internacional por la Universidad Complutense de Madrid, en constante descubrimiento de cómo funciona este loco mundo. Me interesa especialmente el mundo árabe y el islamismo. Hoy vivo en Bristol, Inglaterra.