La experiencia criminal del libre comercio en México: miseria y exclusión al servicio del narcotráfico

Martes 27 de Octubre de 2015
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Maizal en México

"[NAFTA is] an accord among magnates and potentates: an agreement for the rich and powerful in the United States, Mexico and Canada, an agreement effectively excluding ordinary people in all three societies"
Jorge Castañeda, secretario de exteriores del gobierno de Vicente Fox, 1995

Casi 100.000 muertos y más de 25.000 desaparecidos en siete años de guerra intestina. La policía hace años que no responde ante un gobierno que es incapaz de imponer su legalidad en muchas regiones del país. Corrupción e impunidad campan a sus anchas por las instituciones, y el Estado de Derecho, recogido en la Constitución, brilla por su ausencia.

Aunque estas afirmaciones bien podrían hacer referencia a algún país centroafricano, lo cierto es que describen la perversa realidad política y social de la segunda economía de América Latina: México. ¿Cómo puede ser que un país supuestamente próspero sufra un conflicto interno de semejantes dimensiones? La respuesta es muy simple. La aparente estabilidad macroeconómica que el neoliberalismo y el libre comercio con Estados Unidos han traído al país descansa sobre la miseria, la vulnerabilidad y la inseguridad de millones de mexicanos y mexicanas que, desesperadas, terminan por nutrir las filas del crimen organizado.

Nuestra historia comienza en 1982. Ese año, una profunda crisis del modelo productivo, muy dependiente del petróleo, dio alas a aquellos políticos que, espoleados por Estados Unidos, defendían la adopción del neoliberalismo y la apertura total de la economía a los mercados globales como condición ineludible para el crecimiento. Las medidas de ajuste estructural, los recortes presupuestarios y la progresiva apertura de la economía a los mercados globales culminaron en 1994 con la “niña bonita” del neoliberalismo mexicano: el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), que integraba al país en una zona libre de aranceles con Estados Unidos y Canadá que, según sus promotores, habría de traer inmenso progreso y riquezas.

Vividos ya 20 años de TLCAN, observamos que las expectativas –vaya sorpresa– no se han cumplido. Según datos del Banco Mundial, en 20 años la economía mexicana ha crecido una media del 2,93%. Ese bajo crecimiento ha roto la previsión de creación de un empleo que se ha quedado estancado. Por si fuera poco, el poder adquisitivo de los ciudadanos se ha deteriorado, al no compensarse la inflación, ya crónica, con un aumento acorde de los salarios. A mediados de la década de los 2000 la pobreza afectaba a más de dos tercios de la población (70%), mientras que cerca de la mitad (44%) vivía en condiciones de pobreza extrema. No hace falta ser un lumbreras para darse cuenta de que en un país como México, que comparte una larguísima frontera con el principal mercado mundial de consumo de estupefacientes, y donde la producción y el tráfico de drogas tiene un arraigo centenario en muchas zonas del país, la miseria provocada por el modelo neoliberal y librecambista genera un entorno propicio para la expansión del narcotráfico. Entremos en detalle.

Donde más se hace notar el impacto del libre comercio es en el campo. El ejemplo del maíz es el más claro. El cultivo de este cereal, con el 66% de toda la producción agrícola, es un pilar de la agricultura mexicana. Millones de mexicanos viven del cultivo del maíz, y es, además, alimento básico en su dieta. Con la entrada en vigor del TLCAN, el mercado mexicano comenzó a inundarse de maíz estadounidense. Al ser transgénico, y al haber sido producido en campos con acceso a tecnología más avanzada, los costes de producción de este maíz son irrisorios en comparación con los costes del maíz mexicano. Se vendía, por tanto, más barato. Finalmente, el maíz transgénico ha terminado por copar todo el mercado mexicano, lo que ha tenido efectos devastadores para miles y miles de pequeños agricultores: sólo en la industria del maíz se han perdido más de dos millones de puestos de trabajo, y la historia se repite en otros sectores, como el del arroz o los frijoles. En semejantes condiciones, y ante la eventual imposibilidad de cubrir los costes económicos y personales que supone emigrar a Estados Unidos, muchos campesinos no tienen más alternativa que trabajar para el crimen organizado, que no conoce de crisis económicas. La mayoría de los casi 500.000 mexicanos que hoy emplea el narcotráfico son trabajadores del campo.

El libre comercio también ha tenido un impacto grave sobre otros sectores. La apertura de la economía y las reformas estructurales han hecho de México un país profundamente dependiente de la inversión extranjera directa (IED), que ha quedado estrictamente localizada en sectores destinados a la exportación. Estos sectores están dominados por grandes multinacionales que, tal y como hacen en China o en Tailandia, se establecen en el país para nutrirse de mano de obra barata. Dejando de lado la cuestión de las precarias condiciones laborales de esos puestos de trabajo, bien es cierto que esas empresas han creado empleo, pero no el suficiente. Hasta 600.000 nuevos empleos se han generado desde 1994 gracias al crecimiento de las exportaciones, pero es una cifra que no compensa ni de lejos los empleos perdidos sólo en el campo. Además, la riqueza que generan esas empresas se revierte en los circuitos del capital internacional, y apenas repercuten sobre la sociedad mexicana.

El peso creciente de la IED y las exportaciones en la economía ha llevado al Estado y a los poderes privados a descuidar el mercado interno, hacia el que se vuelcan miles de pequeñas y medianas empresas. Estas responden por la mayoría del empleo (80% del mismo, por 20% del sector exportador), pero sufren los graves efectos de la ausencia de crédito e inversiones, de la estrechez del consumo interno y de la competencia con grandes multinacionales. Aunque las consecuencias sobre el empleo (también reseñables) no han sido tan dramáticas como en el sector agrícola, el escaso dinamismo del mercado laboral ha hecho que buscar trabajo en el mundo del tráfico de drogas sea más atractivo para muchos individuos. En este caso, no sería tanto la necesidad de llevarse algo a la boca (que también) lo que empujaría a un individuo a lanzarse en brazos del crimen organizado, sino la imposibilidad de ver realizadas sus aspiraciones en el mercado legal. De ahí que muchos ingenieros, técnicos financieros, médicos, abogados y toda suerte de trabajadores cualificados trabajen para alguna organización criminal.

Dejando de lado la miseria y las desigualdades que ha generado, el efecto más evidente del TLCAN, como ya hemos dicho, ha sido el vertiginoso incremento en las exportaciones. En 1993, estas se contaban por valor de 39.000 millones de dólares anuales. En 2013, la cifra había subido hasta los 299.000 millones. Evidentemente, este incremento se vio compensado por un crecimiento paralelo en las importaciones. Pues bien, esto ha sido señalado por muchos académicos como uno de los factores clave a la hora de explicar el auge de las organizaciones narcotraficantes. Aproximadamente tres cuartas partes de ese comercio cruza la frontera por carretera. Los millones de vehículos al año (decenas de miles al día) que cruzan la frontera la convierten en la más transitada del planeta. La imposibilidad de registrar todos los vehículos a fondo, que supondría el cierre de facto la frontera y el colapso del comercio, dificulta la labor policial de intercepción y facilita enormemente el trasiego de drogas y armas a ambos lados de la frontera.

En resumen, podemos afirmar que el TLCAN ha propiciado la expansión del narcotráfico en México por partida doble. Por un lado, los efectos devastadores sobre ciertos sectores productivos han generalizado la miseria y la incertidumbre entre millones de mexicanos que se ven forzados a emigrar o a trabajar para el crimen organizado. Por otro, el crecimiento exponencial de los intercambios entre México y Estados Unidos se traduce en mayores oportunidades para que el flujo de drogas, armas y dinero pase inadvertido. De esta forma se alimenta el círculo vicioso del narcotráfico, que emplea a cada vez más trabajadores, produce cada vez más droga, y genera mayores ingresos con los que adquirir armamento, corromper a funcionarios públicos y contratar, de nuevo, a más trabajadores. A pesar de los miles de muertos, ese círculo vicioso aún no se ha roto. Y no se romperá hasta que no se ponga el foco en la condición estructural que lo alimenta: un modelo productivo beneficioso para el gran capital y excluyente para millones de mexicanos.

Lucas Zamora Torroja

Historiador en construcción. Me especialicé en Historia Medieval, pero las ganas de entender el mundo en el que vivimos me llevaron a volcarme en el estudio de la Historia Actual. En general, interesado en política internacional, conflictos y, sobre todo, narcotráfico y crimen organizado. América Latina es mi particular tierra prometida, y los Estados débiles, mi fetiche. Al calor del 15M, participé en el movimiento estudiantil y en Juventud Sin Futuro. Redactor de la sección de Extramuros y Cultura.