Visite la Jungla

Lunes 31 de Octubre de 2016
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El pasado 24 de octubre empezó el desalojo de la Jungla de Calais, un campo ilegal de refugiados, gestionado por ellos mismos y diferentes ONGs. En los primeros tres días 6.000 personas ya habían sido realojadas en los distintos centros de acogida por toda Francia.

El miércoles por la noche la Jungla empezó a arder. Pero fue el jueves desde bien temprano por la mañana cuando terminó de desaparecer. Más del 80% de las chabolas fueron destruidas y una activista italiana recordaba que así era cómo la policía desalojaba los centros autogestionados en Italia. Otra activista admitía que alguno de sus compañeros había empezado alguno de los fuegos, fruto de la frustración, y la policía ha detenido a 4 refugiados para ser investigados. La Jungla, como lugar, no como concepto, parece haber desaparecido. Aunque aún a día de hoy siguen llegando refugiados desde Italia en su busca.

Esto es lo qué fue, y también lo que queda:

Perdido en el norte de Francia, a escasos kilómetros de Inglaterra, entre las dunas y lagos se encontraba el pueblo más cosmopolita de Europa, la Jungla de Calais.

La Jungla era un núcleo autogestionado de 10.000 personas, que van y que vienen. Algunos llevan dos años otros acaban de llegar. Y son acogidos, por sus compatriotas que se dividen en barrios, por nacionalidades. Este núcleo urbano con más de cincuenta nacionalidades, viven al margen del estado, que lo único que les ha proporcionado son unos baños, qué están llenos de mierda.

La jungla que de salvaje sólo tiene unos animales que tienen cascos, armadura y porras, se ha perdido. El turismo se lo cargó y durante los últimos meses sufrió una gentrificación terrible. Todo el mundo quería visitarla. Es por eso, que la atención de los medios y de las ONGs, que gritaban la insalubridad del lugar y los habitantes del pueblo vecino que ya sólo recibían visitas residuales de aquellos que salían de la Jungla, presionaron al gobierno para que lo hiciera desaparecer. Y estando en año electoral, ya se sabe. Hay que hacer todo lo posible por mantener a los electores contentos.

Bukra Insh’Allah Britania

Al caer la noche Daniel salía de la jungla y se ponía a caminar, como todas las noches desde hacía tres meses. Caminaba durante horas buscando un sitio en el que abordar camiones. Camiones que le llevarán a Inglaterra.

–Por ahí, por ahí– le dice Ali. Es eritreo como Daniel, y también llevaba tres meses en el campamento, llegaron juntos desde Italia. Llevaban caminando desde la siete de la tarde. Y serían las dos de la madrugada, cuando se dieron cuenta que esa noche habían caminado demasiado.

–Ali, yo creo que por aquí no es. Normalmente es más corto.
–Qué sí, que es por aquí.

Y continuaron caminando en busca del sitio perfecto para cortar la carretera y poder hacer un atasco que redujera la velocidad de los camiones. Andaban, y andaban buscando, cuando encontraron un cartel que ponía “Bélgica” en letras bien grandes.

–Ves. Te lo dije, por aquí no era– le dice Daniel. –Estamos en “la Belgique”.

Cansados tras haberse hecho casi 60 kilómetros decidieron volver, ya probarían mañana.

Todas las noches de la Jungla salen refugiados que hacen todo lo que está en sus manos para escabullirse en sus únicas puertas hacia Gran Bretaña, pero tan sólo uno de cada veinte lo consigue. La mayoría son detenidos por la policía o ni siquiera tienen la oportunidad de parar a los camiones. Montan barricadas, ponen troncos, vallas, palés hasta se ponen ellos mismos con tal de pararlos.

Pero los camiones arramblan con todo, hasta con ellos. Cuando consiguen parar el tráfico, se separan por grupos, rodean los camiones y empiezan a saltar a los techos. Una vez allí cortan las telas y se meten dentro. Si no las cortan se quedan entre la cabina y el remolque.

Uno de ellos lo consiguió. Se quedó entre la cabina y el remolque. El camión iba rápido y sintió un repentino nerviosismo aterrador. ¿Y sí caía? ¿Valdría la pena? Y al pasar por delante de la Jungla pensó que era mejor esperar. Así que cuando cruzaba el puente de la autovía que hay enfrente de la Jungla, empezó a gritar con todas sus fuerzas para ser oído. Para que alguien parará esa atracción aterradora que empezó como un juego que ya no tenía gracia. Y la policía le paró.

Por debajo de aquel puente, por el que acababa de pasar aquel camión aterrador, cruzaba un grupo de Sudaneses que iban a probar suerte mientras un tunecino desde la distancia les gritaba: –Bukra insh’Allah Britania–. Algunos levantaron sus puños parar armar esas palabras de significado y se fueron.

Da igual, no están contados

Los camioneros tienen problemas, les rajan las lonas y les rompen los cristales. Carlo de Corleone, que viene desde Italia sólo tiene problemas aquí, a escasos kilómetros de la Jungla, cerca de Calais, en su camino hacia Inglaterra.

–Cortan las carreteras que vienen de Paris y Bruselas porque saben que son las que van a Londres.

A Carlo, aunque tuvo que esperar más de dos días en enero porque cortaron la carretera, le da igual, para él no son más que “bambinos” desesperados por un sueño y que arriesgan sus vidas atando sus cuerpos a los ejes de camiones que circulan a más de 120 kilómetros por hora.

Desde que empezó la crisis de refugiados las carreteras Europeas sufren cortes en las fronteras, y se han convertido en lugares peligrosos, miles de caminantes las recorren sin protección. Es peligroso para el conductor, pero mucho más para el caminante, dice Panayotis, es griego. Y se hace la ruta de los refugiados cada semana. De Atenas a Londres, de Londres a Atenas. Los puntos más conflictivos son el puerto del Pireo y Calais. Pero Europa en general tiene problemas, dice.

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Refugiado corriendo por la autovía para subirse a algún camión. Samuel Nacar 2016.

–Es una catástrofe, Europa se ha cerrado y se cerrará aún más–. Ha visto todo lo que no había visto en sus veinte años de conductor, en tan sólo unos meses de crisis. Una noche, un sirio, que venía caminando desde Italia, le ofreció dos mil euros por llevarlo a Inglaterra. Panayotis, que consigue eso con dos meses de viajes, tuvo que pensárselo muy bien antes de decir que no. Y contó una y otra vez el dinero, pero que no, que no podía arriesgarse.

Francisco se suele arriesgar, y se salta la ley aunque jamás dejaría que un refugiado subiese en su camión. Es portugués y transporta patatas fritas belgas con un camión frigorífico de Huelva.

–¿Cómo te lo digo? Legalmente para hacer la ruta tardo tres días, pero yo la suelo hacer en 22 horas, a piñón fijo.

Para él, Francia es el mejor país para conducir de noche, no hay policía en las autopistas. Desde hace ya más de veinte años, cuando cruzaba por Ceuta aprendió que había que llevar una barra de metal. Para que nadie le pudiese amenazar ni asaltar su camión.

–Buenas noches– le dijo un día un Gendarme marroquí. –Lleva Usted un migrante en su camión.–
–¿Cómo? –Lo hemos encontrado atado al eje con su cinturón.
–Pero… yo no lo he puesto ahí. ¿Qué sé yo?
–Lo sabemos caballero, pero debe de defender su camión.
–Ya pero no puedo hacer nada, porque si empiezo lo mato y no quiero problemas.
–Da igual– le dijo el gendarme –No están contados.

“Hay 28”

En el cementerio de Calais yacen 28 migrantes, de los cuales 16 han muerto en 2016. Ni las vallas, ni el peligro consiguen amedrentarlos, no pararán hasta llegar a su destino. Entre las tumbas de los soldados belgas que un día murieron luchando en la Primera Guerra Mundial y los muertos de la rutinaria sociedad se encuentran tumbas con orientación este.

Sin la ornamentación del resto de tumbas occidentales, hay una serie de palos clavados en la tierra, sin más. Y es que así murieron, sin más. Cuerpos vacíos de significado por no llevar los papeles que tanto ansiaban y por los cuales murieron.

De entre los 28, seis de ellos tienen la suerte de tener un número que les identifique. Cuatro simplemente tienen un palo para marcar que allí yace su cuerpo. El resto tuvieron un la suerte de llevar un documento y una familia que les identificase.

Ellos han muerto intentando llegar a Inglaterra, tras haber llegado a Europa. Las causas; atropellados en la autovía mientras intentaban cruzar, al caerse del camión que les llevaría a Inglaterra, o al electrocutarse con los cables del tren tras saltar sobre él.

En el cementerio de Calais, hay 28 muertos, que un día vivieron en la Jungla. Sus tumbas están ornamentadas con palos con números porque para Europa parece que son solo eso, números. Que como le dijo aquel Gendarme marroquí, a Francisco, “no están contados”.

“Khalas”

Y al final lo único qué queda en la Jungla, son bomberos, menores y ratas. Bomberos como Maxime, que lleva 12 horas apagando fuegos. Y menores como Mohammed Mahmud que sufre de soledad. Con sus 16 años ya se ha cruzado África. Pero la simple tristeza de no ver a su madre desde hace cuatro años le mata. Y Libia, donde paso dos años intentando cruzar también. Ahora pasea entre los escombros de lo que fue el pueblo más cosmopolita de Europa. Maxime dice qué todo esto es culpa nuestra, que bombardeamos sus países y luego no sabemos como acogerlos. ¿Por qué están rabiosos? Pues porque la rabia, como las ratas, se multiplican entre la miseria.

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Actualmente en la Jungla sólo quedan menores. Como Mohammed Mahmud de 16 años. Es de Somalia y está triste por una sola razón, la soledad.