No es postureo, es necesario

Jueves 14 de Enero de 2016
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Carolina Bescansa con su hijo y Rita Bosaho esta manana en el congreso
Carolina Bescansa con su hijo y Rita Bosaho esta manana en el congreso

Por si alguien no se ha enterado aun, en el primer día del Congreso con la celebración de la constitución de las nuevas Cortes Generales, la diputada Carolina Bescansa, de Podemos, acudió con su bebé al hemiciclo.

Y España entera (nombre genérico que designa a una amplia mayoría de individuos censados y mayores de edad) ha opinado al respecto. La noticia del día fue la indignación de algunas personas porque una madre trabajadora ha podido conciliar trabajo y crianza. Atención a lo perveso del asunto: no era indignación porque no pudiera conciliar, sino porque ha conciliado. ¿Qué subyace debajo de este sinsentido?

Incluso el ministro del Interior en funciones, Jorge Fernández Díaz, tachó de "lamentable" el hecho de que la diputada de Podemos acudiera al escaño con su hijo. (Fernandez, ese “pro-vida” al que recordamos por decir que eran falsas las denuncias de tortura a inmigrantes en la frontera con Melilla. Y el Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo ha condenado hasta siete veces a España por no investigar tales denuncias).

Algunos incluso han señalado el hecho de que es imposible que una mujer pueda rendir laboralmente con un bebé a cuestas. Medir el trabajo en términos de rentabilidad ya resulta bastante despiadado. Pero cuestionar la capacidad de una mujer para hacerlo es cuando menos ofensivo. Sobre todo cuando el nivel de exigencia se prolonga hasta el infinito y más allá cuando se trata de una fémina. Las proclamas de “las mujeres somos fuertes, podemos con todo” son tan dañinas como la desconfianza sobre sus capacidades. No somos superwomen. Y no deberíamos querer serlo.

Escuece que una mujer pueda compaginar su maternidad con su trabajo. Escuece la crianza. Escuece que alguien saque adelante a su progenie sin sufrir, sin sacrificio y sin dolor. Escuece que una mujer no pague un peaje por cumplir con solvencia sus objetivos.

Las críticas han ido fundamentalmente en tres sentidos:

Es inapropiado

El hemiciclo no es a priori el lugar idóneo para una bebé. Hay movimiento, color y distracción, pero no se parece en nada a un vídeo de Pocoyó o a los estímulos que presuponemos necesitan los niños. Sin embargo, hay consenso pediátrico y psicólogico sobre los beneficios del apego (teoría ampliamente demostrada que propicia el desarrollo sano y seguro de la infancia gracias al enlace emocional de padres y cuidadores). En los primeros meses de vida, es crucial para el individuo sentirse atendido y amado en la mayor medida posible. Si no supone un menoscabo de las labores que se desarrollan mientras tanto, y no causa estrés, el vínculo emocional beneficia al bebé y al cuidador. (Afortunadamente, contamos ya con amplia literatura médica que refrenda la importancia del apego emocional en la psicología evolutiva).

Incomoda en un mundo adulto la disonancia infantil. Los niños son vistos como un problema, un engorro que no debe interferir más que en la faceta doméstica y privada, ésa a la que se relega a la mujer de forma sistemática. El patriarcado privilegiará siempre cualquier opción que suponga esconder fuera del ojo público a las mujeres y los niños. Unas y otros son “molestias”, seres “sin formar” que interfieren en el racional e histórico devenir del mundo, la política y la economía. Unas deberían ocuparse de formar a los otros para perpetuar el mismo sistema que diferencia entre público y doméstico, entre hombre y mujer, entre ricos y pobres, etc.

No resulta muy popular ni políticamente correcto considerar a las mujeres adultas como seres sin formación. (Aunque se las meta en el mismo saco informativo de víctimas cuando en una noticia alertan de “varios muertos, entre ellos mujeres y niños”).

Al fin y al cabo, se les han concedido unos derechos para que hagan uso de ellos: estudiar, trabajar, votar, consumir… Pero no se les ha eximido de la tarea -no remunerada- de los cuidados y la gestión doméstica-familiar. Por lo que, una mujer que descuida estas labores (por no tener descendencia, por exprimir sus vocaciones intelectuales, por ser lesbiana, por no ser productiva en este sistema de mano de obra gratuita para levantar una sociedad) es percibida como una amenaza para el sistema hegemónico patriarcal.

Una madre que desatiende a sus hijos, será juzgada hasta el estigma por ello. Un padre que desatiende a sus hijos, lo hace por una causa mayor en la que ni siquiera entramos.

Esta sociedad hipócrita no mira por el niño cuando dice que el Congreso es un lugar inapropiado. Ni por la madre, que está cumpliendo varios mandatos socioculturales a la vez. Mira por un sistema al que un bebe de 5 meses está desafiando delante de sus narices. Y eso escuece.

Es postureo

“Lo hace por dar la nota”, “Va de guay”, “Es una privilegiada que no representa a las madres trabajadoras que no podemos conciliar” dice la gente en redes sociales, tabernas y micros de radio. Y sí, tienen toda la razón. Carolina Bescansa (lo de menos es a qué partido pertenece), ha dado la nota, va de guay y es una privilegiada y, además, ha querido hacer bandera de ello. La responsabilidad de visibilizar recae en quien tiene el privilegio. No se me ocurriría pedirle a nadie que concilie o no, lo haga ni de qué forma; pero en caso de hacerlo sería a lxs políticxs, a lxs que tienen el foco delante, a quienes gestionan una pequeña parcela de poder. Jamás a una camarera mileurista o unx discapacitadx, por poner dos someros ejemplos.

Hay que colocar sobre el tapete estas cosas, hay que cuestionar. Y sacar las maternidades, las crianzas y los cuidados del armario es un acto de postureo máximo. Un primer paso para colectivizar las necesidades silenciadas. Que se vea, que se hable, que se cuestione… Y eso escuece.

Es innecesario

Existen varias opciones a las que suelen recurrir las madres trabajadoras. Opciones de las que, sin duda, Bescansa podría echar mano si quisiera. Y éste es el quid de la cuestión, “si quisiera”. Como adulta ella elegirá la forma de ejercer su maternidad sin que nadie tengamos derecho alguno a juzgar. Tweets de colectivos con nombres feministas se quejaban airadamente de lo impropio del asunto, como si fuera un retroceso que una madre portee a su bebé en el trabajo y se preguntaban “¿y el padre?”.

Claro, lo normal es dar por hecho que se trata de una familia heteronormativa con un padre y una madre que han engendrado a una criatura. Pero no sabemos (ni debería importarnos) si la suya es una familia monoparental o no, porque reitero, la forma de vivir su maternidad la ha elegido ella, y es fantástico poder dar por hecho que ha sido así.

Muchas voces han apuntado que es una desfachatez no dejarlo en la guardería del Congreso, ya que es de los afortunados organismos en albergar una. En realidad, a la guardería del Congreso acceden los niños matriculados. Y el hijo de Bescansa no lo está porque el plazo de matriculación expiró antes de que ella fuera diputada. Aparte de esta salvedad, a mediados de curso no es difícil encontrar plaza en una guardería privada. Tampoco cuesta encontrar ayuda en abuelos, babysitters o personal de servicio. Pero la elección no ha sido esa.

Si es innecesario llevar al niño al hemiciclo, también puede serlo llevarle a una guardería, donde se ejerce un gasto monetario a cambio de unos cuidados convenientemente reglados y sometidos al sistema. Es curioso como todavía a muchos les parece un avance de lucha feminista la creación de guarderías, instituciones donde aparcar a los niños para que los padres maximicen su rentabilidad laboral y alimenten la rueda capitalista del sistema. Lugares que tienen un coste a veces superior al 50% del sueldo del progenitor/a, y que alguna vez no se amortiza. (En cuanto un menor de un año entra en contacto con otros niños, el sistema inmunitario está todavía aclimatándose y es habitual el contagio de virus. El coste de la enfermedad común infantil es a veces elevadísimo: supone renunciar al propio trabajo por parte del progenitor, cuando no contratar y pagar servicio a alguien además de la guardería). Tras la jornada laboral y de guardería, las tareas domésticas en un hogar con bebés son inabarcables, y las horas de sueño exiguas.

Que una madre no deje a su bebé al cuidado de terceros suscita sospechas porque está desestimando un sistema de ocultamiento infantil, y está tomando una decisión del todo consciente. Y eso, escuece.

Todo lo que hace una mujer es digno de sospecha y merecedor de crítica. Todo molesta y escuece: Ponerse un traje transparente o un hiyab, ejercer de reina maga, aumentarse el pecho, dejar de trabajar para cuidar a los hijos, ser minera, cobrar por servicios sexuales o ser virgen. Da igual. Todo cuanto hagamos será sometido a juicio. Todo menos una cosa: Ser víctimas. Solo en ese espacio se nos cede el protagonismo absoluto. Como cuando morimos por terrorismo machista. (Porque morimos, no nos asesinan).

El verdadero problema, como sucede siempre, es de las víctimas, de quienes no tienen voz. Ninguna agenda ni programa de los partidos políticos concurrentes a las últimas elecciones, recoge las necesidades específicas de lxs más pequeñxs. Es el reflejo de una sociedad adultocéntrica y muy ajena a las sensibilidades que no producen riqueza a corto plazo.

Los niños son el relevo a toda nuestra sinrazón. Más nos vale criarlos feministas, con amor y confianza.