Susana Díaz no es Frank Underwood

Martes 29 de Noviembre de 2016
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Susana Díaz no es Frank Underwood

House of Cards, la famosa serie de televisión que presenta a los espectadores una visión de la política norteamericana sujeta a una constante conspiración derivada de los intereses del aparentemente perfecto matrimonio Underwood, se ha convertido en un referente usual en las conversaciones sobre la nueva realidad seriefila. En dicho producto de entretenimiento ésta conspiración se escenifica como una constante huida hacia delante en la lucha por el poder donde las amenazas veladas o directas, la eliminación simbólica y física de los enemigos y obstáculos y la corrupción política, económica y moral se convierten en acciones cotidianas al mismo nivel que las relaciones amorosas, familiares y los trabajos en el sector público o privado. El conflicto de intereses y de lealtades está en constante movimiento dentro de una red de reuniones secretas, llamadas, escuchas, encuentros aparentemente casuales y uso de recursos públicos para fines privados. Se podría pensar que dicha visión ficticia de la política norteamericana, por su brutalidad, cinismo y excesiva falta de realismo en la mayoría de elementos –en todos aquellos que no tienen que ver con el funcionamiento institucional legal de la democracia estadounidense- la hacen tan increíble que permitirían marcar una línea que separara claramente ficción y realidad. El análisis de la realidad muestra que eso no es así. Los acontecimientos políticos que se han vivido en nuestro país en los dos últimos meses, mejor dicho, las reacciones a los mismos –especialmente a nivel de análisis rápido en redes sociales y algunas tertulias mediáticas- han evidenciado que esa línea no habría quedado lo suficientemente clara. Ficción y realidad se han mezclado en una amalgama compleja donde el discurso de la conspiración y el descredito de la política han actuado como ingredientes estructurantes.

El Comité Federal que derivó en la dimisión del hasta entonces Secretario General del PSOE, Pedro Sánchez; la conformación de una gestora encargada de liderar el nuevo rumbo de ese mismo partido; las negociaciones y semanas previas a la abstención que daría a Mariano Rajoy su segunda legislatura al frente del Gobierno, incluso, todo el ruido mediático que ha rodeado a las primarias de Podemos en la Comunidad de Madrid, han sido analizados desde una óptica que, en algunos casos rozando el fanatismo, ha puesto por delante de cualquier tipo de análisis político serio la idea de la conspiración. Si bien es cierto que la revelación de las conversaciones del Ministro Fernández Díaz no ayuda a disipar esa forma conspiranóica de ver la política, no deja de ser menos relevante –incluso alarmante- que se hayan dado casos de discursos y explicaciones que preferían imaginarse a Susana Díaz y Felipe González interpretando el papel de Frank y Claire Underwood. Los ‘analistas’ de lo sucedido con la dimisión del Sánchez y la posterior abstención de la gestora preferían imaginarse a la política andaluza sentada en la parte de atrás de un coche –oficial por supuesto- en un callejón oscuro de Sevilla compartiendo información con Antonio Hernando sobre los pasos a seguir para dejar caer al Secretario General prometiéndole mantener su portavocía en el Congreso mientras sostenía una fotografía o algún documento sospechoso extraído de un confidente anónimo. También se imaginaban, llegando al paroxismo, a Felipe González sentado en un coche, pagado por una empresa privada y conducido por un hombre de confianza, hablando con Pepa Bueno por mensajes de texto preparando las preguntas con las que pondrían en marcha un plan secreto que terminaría con la dimisión del díscolo Sánchez en una estrategia orquestada por alguna entidad económica que tenía miedo a que unas nuevas elecciones perjudicaran sus inversiones en un tercer país. Seguramente, estas mismas personas soñaban con algún miembro del socialismo andaluz visitando en una habitación de hotel de Madrid a los miembros del grupo parlamentario socialista sugiriéndoles que dejaran de hacer declaraciones públicas sobre el ‘no es no’ por el bien de vaya usted a saber no se que cuenta o propiedad adquirida de manera legal pero amoral. Toda esta reducción al absurdo deja claro el carácter ficticio de tales acontecimientos y de estos escenarios que no han sido reales más allá de algunas fantasías justificadoras de ciertos sectores.

Esta visión de la política como una conspiración de unas élites movidas por el afán personal está justificando la existencia de un relato que opone la honestidad y la moralidad intachable de la ‘nueva política’ como único remedio a un clima de putrefacción institucional. Así, la aparición del escándalo Echenique o el escándalo Espinar, para estos sectores –los cuales son realmente activos en redes sociales- responde a un juego sucio por parte de esas personas que se reúnen en lugares sin cámaras para tener conversaciones que no han existido oficialmente y así hacer llegar a los cauces adecuados la información necesaria para truncar la carrera política de cualquier nuevo líder redentor. Esto deja fuera la crítica a estas actuaciones dado que la narrativa que equipara política a mafia se está convirtiendo en la única explicación política.

El elemento que está inoculado en este tipo de explicación de la realidad es el descrédito y la desconfianza hacia todo lo que tenga que ver con la política y la gestión de lo público. Si se puede pensar en lugares oscuros desde los que orquestar la caída de líderes políticos o la salida a la luz de información perjudicial para el adversario, es difícil pensar en la política como una actividad pública y democrática en búsqueda del bien común. Y esos discursos no son exclusiva de la extrema derecha, la utilización simplista por parte de la izquierda de explicaciones basadas en la existencia de una mafia político-económica que está por encima de la decisión pública, lastra cualquier tipo de articulación transformadora que permita reconciliar confianza, participación y política. ¿Quién le dice a esa ciudadana de a pie que ese miembro de la nueva política está libre de sentarse en la parte trasera de un coche o de cenar en un reservado y recibir consejos para tomar una decisión? ¿Valdría con la fe ciega en la bondad intrínseca de esas personas? Si la explicación política –e incluso la articulación de la práctica transformadora- se basa en la existencia de esa conspiración constante nadie está a salvo nunca y, por lo tanto, la política nunca será vista con buenos ojos y de ahí nacen los monstruos.

Sería necesario acabar con esa visión y reconocer la existencia de esa línea que demarca la realidad y lo que nos presenta House of Cards. La caída de Sánchez, la abstención del PSOE, el nuevo gobierno de Rajoy y las actuaciones de los medios tienen que ver con otra cosa que no se basa en la conspiración y las actividades mafiosas. Tienen que ver con la ideología. Presentar a la política como una cuestión de intereses individuales y lealtades personales sujetas al chantaje continuado, elimina de la ecuación los aspectos ideológicos que marcan las actuaciones, los discursos y la práctica pública. Es cierto que la información que aparece en una radio a primera hora de la mañana o en la primera página de un periódico tiene una serie de intencionalidades, nadie lo duda, pero éstas no tienen que ver con un juego de favores y operaciones encubiertas orquestadas en grandes despachos sino más bien con la ideología dominante que responde a los intereses de la clase dominante que controla dichos medios. Así, en la lucha ideológica es donde está la clave de la articulación política. De esta manera, la confluencia entre los intereses del PP, el Comité Federal del PSOE, Susana Díaz, Felipe González, responde únicamente a la existencia de un marco ideológico común sobre lo que se puede o no se puede hacer en el sistema democrático español y no a un juego de favores, chantajes y estrategias de coacción personal orquestadas a través de móviles secretos y interlocutores al estilo de Douglas Stamper.