De la crisis del ébola y la recuperación política para la ciudadanía

Viernes 20 de Febrero de 2015
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Película Barrio, Fernando León de Aranoa, 1998, España
Película Barrio, Fernando León de Aranoa, 1998, España

Sucede en tres o cuatro escenas de “Barrio”, una película magnífica de Fernando León de Aranoa que volví a ver hace poco. Es agosto y en pantalla aparece una comida familiar en un barrio obrero cualquiera. En casa hay problemas, todos ellos derivados de que no hay dinero, así que la comida va acompañada de malas caras y broncas. De fondo, sin que nadie le preste demasiada atención, la voz de Matías Prats anuncia en el telediario de Televisión Española medidas del gobierno o declaraciones de la oposición.

La película es del año 1998 y, por tanto, poco sospechosa de estar atravesada por el espíritu de época del 15-M, las plazas, Podemos y la crisis. Sin embargo, la escena funciona como un magnífico bodegón de cómo nos han enseñado a vivir lo político en este país. Por un lado, la escena familiar circunscrita al ámbito de lo privado y leída, en todo caso, como fruto de una situación social adversa; de otro, la televisión, canal de comunicación a través del cual se narra y vive la política. La voz de Matías Prats, los rayos catódicos, la sintonía de RTVE son los ritos de un conjuro que nos ha mantenido hechizados desde el incio de la Transición: el que nos hacía disociar completamente lo que sucedía en la esfera pública (televisiones, radios, periódicos, parlamentos…) de los problemas concretos y cotidianos de la gente corriente que formaban parte de la esfera privada y de lo individual por mucho que la escena de la bronca ante el televisor se repitiera en casi todas las casas al mismo tiempo.

Explicado de otra forma: la escena de “Barrio” está señalando la forma de articulación de la relación entre ciudadanía y política en el Régimen del 78. Y lo hace con acierto: situándola lejos tanto de las preocupaciones y anhelos cotidianos de la ciudadanía, como de su capacidad de intervenir. Esos, precisamente, son los dos elementos que han ido ahormando un modelo de democracia de baja intensidad: la incapacidad de las instituciones para canalizar el descontento o los problemas cotidianos de la ciudadanía y la completa desconexión entre esta y unas élites políticas que solo rendían cuentas una vez cada cuatro años en un proceso electoral estructurado y definido para la alternancia desde en la regulación electoral hasta en los medios de comunicación. La política situada como un objeto completamente exterior a las relaciones sociales de la gente corriente, monopolizada por élites y cuadros de partidos cerrados a la participación y marcada por un estrechísimo margen para la discusión sobre lo que es posible hacer, se convirtió en un gueto. Elitista y poderoso, pero un gueto.

La magia, entonces, que se obró en las plazas a partir del 15 de mayo de 2011 consistió, precisamente, en unir puntos aislados, en colocar juntos a todos aquellos que vivían cotidianamente problemas similares y decidir que la política no sería nunca más patrimonio exclusivo de señores encorbatados caminando por los jardines de Moncloa con voz en off de Matías Prats. La política debía pertenecerle, para ser democrática, a la ciudadanía. Y es la ciudadanía quien, desde entonces, ha sido capaz de generar herramientas para convertir el dolor particular en problemas colectivos y generar una agenda política en que desempleo, desahucios o exilio son problemas centrales aunque las autoridades no lo reconozcan.

Sucede que, a veces, sucumbimos a algunos vicios que recuerdan al conjuro del Régimen del 78 y nos encontramos clamando al cielo por dos casos de ébola y la incompetencia de la Ministra Ana Mato. Por supuesto que el ébola es un problema muy a tener en cuenta y por supuesto que Mato debería haber dejado de vivir de lo público desde el día en que se conoció su vinculación con la trama Gurtel. No es que deba dimitir, es que jamás debió ser ministra.

Pero resulta preocupante que volvamos al modelo de “Barrio”, a una agenda política que no tenga demasiado que ver con los problemas de la ciudadanía. Preocupa que cunda la indignación respecto a un problema sanitario que, hasta el momento, ha afectado únicamente a dos personas en todo el país. Es comprensible que sea noticia y se debe conocer, pero debe estar lejos de constituir el centro de la agenda sanitaria para una política transformadora.

Lo central para la política transformadora es, por ejemplo, convertir en político el problema que hay en el país con los psicofármacos, la ansiedad y las depresiones derivadas de una situación social insostenible. No hay ninguna epidemia de ébola, pero sí existe ahora mismo, mientras leen esto, una epidemia de tristeza tratada a golpe de lexatines y prozac. Esa sí supone una situación de urgencia sanitaria y emergencia social que hay que atajar.

Para transformar la sociedad, además de pedir la dimisión de ministras inútiles y corruptas, necesitamos convertir el dolor en política. En eso sí nos va la vida.