Fin de régimen: lenguaje, poder y política

Jueves 19 de Febrero de 2015
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Caius Licinius Verres
Caius Licinius Verres

Toda época tiene un discurso social que conforma un paradigma, una forma típica de ver las cosas. A menudo, que un paradigma sea elevado a objeto de reflexión señala su propio hundimiento. Por eso todo parece indicar que nos hallamos ante un cambio de paradigma. “Hay que saber poner nombre a los momentos”, decía Ortega. Poner nombre a los momentos, a las cosas, es producir significado. Y muchos teóricos políticos nos han mostrado ya que la producción de significado es inseparable de la producción de relaciones de poder. Que la política es construcción de significado político, y que en la construcción de ese significado político radican en gran medida las razones del éxito o no de las fuerzas políticas en pugna.

En política sabemos que esa forma típica de ver las cosas sirve para delimitar un campo político. Y que por lo general, el campo político distingue siempre entre un “nosotros” y un “ellos”. Al menos desde Gramsci hemos tomado conciencia de que quien define los términos que separan el nosotros y el ellos en el juego político, es quien acaba imponiendo las reglas del juego. No es casual por ejemplo, que en estos momentos, los mandatarios del PSOE o del PP tengan que demostrar que ellos “no son casta”. El nuevo relato político marcado entre otras cosas por la palabra “casta” ha puesto la carga de la prueba en el otro lado. Que el PSOE o el PP tenga que demostrar que “no es casta” son buenas noticias, porque ello indica que hay un relato sobre la corrupción política que ha calado en nuestro país. Que ha servido para visibilizar una forma de decisión política que no era aislada, sino sistémica, y que por tanto, había adoptado la corrupción como mecanismo de decisión política.

Es muy probable que ese cambio de época empezara a trazarse cuando el descontento social comenzara a transformarse en el mensaje positivo del poder. Su plural afirmativo “podemos” nos iba anunciando que a partir de ahora, la iniciativa y la motivación irían reemplazando la prohibición y el mandato. El esquema positivo del poder hacer fue posible gracias a la reacción contra el discurso de la inevitabilidad de las fuerzas económicas. Por eso “podemos” desde un punto de vista político, ha permitido canalizar el descontento, urdir proyectos políticos que hicieran encajar ese descontento generalizado. Esa indignación.
Las olas de la indignación eran eficaces para movilizar y para llamar la atención, pero no suficientes para cristalizar en el discurso hegemónico del espacio público. Crecían y se dispersaban, pero necesitaban firmeza y actitud; devenir en centro de positivación de un mensaje convertido en discurso, transformarse en una narrativa capaz de producir acción, como condición indispensable para hacer política. Necesitaban forjar una actitud constitutiva para lo público; para construir un “nosotros” estable que mostrara una estructura del cuidado del conjunto de la sociedad. Por eso, antes que nada, había que tener el poder de ordenar el campo político.

El primer paso para conseguir tal fin debía ser conocer las reglas del juego como en una buena partida de ajedrez, y así batir al enemigo en su propio terreno. Entrar en la escena mediática, en el juego político, y competir desde dentro del mismo sistema que se critica. La máxima del gran maestro de la política imperaba: “quien quiere el fin, tiene que querer los medios”. Ese gran maestro de esgrima nunca nos enseñó a hacer una valoración ética de los fines. Por el contrario, nos mostró el camino hacia el poder, nos enseñó la política como estrategia y la estrategia de la política. La técnica de la política para desvelar las entrañas del poder o el hecho de que el poder no tiene entrañas. Pero poner los procedimientos al servicio de los fines, como nos enseñó Maquiavelo, implica en política estar a la altura de los fines.

En este caso, la técnica de la política indicaba el camino de la apropiación del lenguaje. La apropiación de unos conceptos que no siempre se viven como políticos, para reiventarlos y resignificarlos. Con el término demócrata hemos aprendido que el mismo lenguaje que sirve para perpetuar el tribunal de lo existente, es también el que permite su subversión. La facilidad con la que se ha resignificado la palabra “demócrata” indicando quienes “realmente” lo son, también nos ha mostrado la fragilidad de los cimientos sobre los que se había construido el viejo orden. La fuerza del término “demócrata” o de la palabra “patriota” (que también se ha utilizado), proviene de este giro, de esta inversión estratégica y política. Este margen de intervención entre las palabras y sus efectos es lo que ha permitido el establecimiento de una verdadera confrontación política en el interior de un discurso dominante para crear otro. Porque de la misma forma que el lenguaje puede ser el producto del compromiso con las censuras, también puede ser visto como una construcción política. Una fuerza estratégica que ejerce el efecto de imposición de un impensado que inhibe al pensamiento, o que por el contrario, lo agita para pensar otra cosa, para ayudarnos a contemplar las cosas de otra manera. Para verlas, como las vemos ahora, de otra manera. Por eso a partir de ahora la política deberá estar a la altura del reto. Eso es Maquiavelo, si. Pero tomado con toda su seriedad.