El síntoma Nicolás

Jueves 19 de Febrero de 2015
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Pequeño Nicolás

El pequeño Nicolás. Es curioso cómo la prensa ha bautizado el caso, con más sombra que luces, de Francisco Nicolás Gómez Iglesias, el joven de 20 años que fabuló una vida en la que fue agente del CNI, asesor de Soraya Sáenz de Santamaría, hombre influyente y muchos otros roles que le permitieron codearse con grandes personalidades políticas con el fin de utilizar ese entorno hasta enriquecerse. El pequeño Nicolás, como apelativo, tiene un aire protector que deja a Francisco Nicolás señalado como un travieso inconsciente, que no sabía muy bien qué hacía ni dónde andaba metido. Nada más alejado de la realidad.

Si como parece, no hay que olvidar que estamos en el mundo de las falsas apariencias, se trata de un estafador con más inteligencia que la gran mayoría de los de su entorno, en realidad el culpable final no es él, sino la sociedad que ha alimentado el caldo de cultivo capaz de crear monstruitos con tantas ínfulas de grandeza como para renunciar a experiencias tan esenciales como estudiar y descubrir qué pasión puede mover el resto de tu vida, a viajar y conocer mundo o a salir con los amigos y cultivar relaciones de carne y hueso, de esas que no necesitan trajes, ni corbata ni sonrisas postizas. A tantas cosas ha renunciado el Pequeño Nicolás que sólo le ha quedado el dinero. Como era de esperar, las ratas abandonaron el barco cuando éste hizo aguas. Los fantasmas que utilizaban su red de contactos resultaron ser precisamente eso, fantasmas. Un drama personal no por el hecho de que el caso haya salido a la luz y tenga que pagar sus penas, sino por lo que ya era entre las sombras, la sombra de un hombre. Quizá esta desdicha sea, en el fondo, la única manera de salvarse.

El Pequeño Nicolás era un preso de su entorno, un reo que supo entender de cabo a rabo cuáles eran los códigos de ese universo. Supo que, en las bambalinas de la alta política y como dijo una vez Zaplana, si estabas en política era para enriquecerte, comprendió que valía más lo que aparentabas ser que lo que verdaderamente eras, que sólo cuenta quién sale quieto en la foto y que no hace falta tener formación para llegar alto en política ni aptitudes para regentar un banco. Estuvo en la Faes y vio cómo los fondos públicos pueden desembocar en el bolsillo privado con total impunidad, visitó comunicadores que alquilan su voz y que son rescatados con dinero negro, presenció el poder de los lobbys, compartió mesa con imputados y estrechó la mano de impresentables que se presentan como salvadores de la patria. Bailó tan pegado a la corrupción que la corrupción acabó siendo él mismo.

Lo que a muchos les ha resultado divertido tiene un fondo espeluznante, pues cabe preguntarse en qué momento se invirtió la pirámide del éxito en nuestra sociedad, incluso para edades tan tempranas, cuando uno aún no entiende de atajos y cree que la vida es un manifiesto de la eternidad. No sólo vemos normal que alguien venda su alma tan joven sino que comprendemos que es una ridícula imitación de su entorno. Lo que hay más allá del Pequeño Nicolás, es mil veces peor.

Nuestros modelos actuales de éxito son sirvientes del capital, y, sin saber cómo, han ido calando en la (in)conciencia colectiva. De nada importa el respeto, ni la paz con uno mismo, ni el desarrollo individual, ni la plenitud si uno logra llenarse los bolsillos. Hay algo viciado en el caso del Pequeño Nicolás, un halo siniestro envolviendo esas fotos compartidas en las redes, que uno descubre sólo cuando se fija muy bien. Tras ese rostro lampiño, bajo esa mirada inocente, se encuentra el alma perversa de sus colegas sexagenarios.