Boddinale, el rincón de la personalidad berlinesa

Martes 23 de Febrero de 2016
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Boddinale Berlin

Berlín. Ya con el nombre de la ciudad, la cantidad de eventos, experiencias, proyectos, festivales, movimientos que le pueden venir a alguien a la cabeza es infinita. Lo mejor de todo, que es real. Un mundo cultural, vivo y lleno de ideas que circulan por las calles, por el aire de la ciudad.

Berlín respira cambios. Una ciudad llena de vitalidad, pero que nace de esa discontinuidad de los barrios, de los edificios, de ese hueco incómodo de su historia. Toda esa sensación oscura de vergüenza y discreción y un punto de interrogación en varios temas ha creado un ambiente misterioso, abierto a formas de ver las cosas alternativas, una ciudad llena de “otras opciones”. No esperas nada y te lo llevas todo.

Con la brecha de libertad del ’89 dos mundos enteros, sedientos de contacto con su “otra mitad ciudadana”, crearon un movimiento entre las dos mitades de la ciudad que se expandió y se convirtió en el alma de Berlín. Junto a éste, una marea de gente de otros países vieron en Berlín el lugar ideal para poder crear proyectos, un renacimiento, una explosión de contactos y ganas de hacer de la ciudad un proyecto en sí. Todo este ambiente sigue palpitando y resonando en los almacenes del Oeste o en los bloques enormes de edificios del Este. La ciudad te llama.

Entre el paisaje gris y frío de este país del Norte encuentras varios refugios donde unas velas, un grupo de música experimental, una puerta que te lleva a un bar de jazz en la segunda planta a la izquierda, te hacen sentirte cómodo. Al no querer definirse por su historia, pero al tener escritos en sus calles sus momentos más sombríos se siente la necesidad de escape, de crear mundos donde la libertad es la base y la personalidad el tronco. Berlín tiene personalidad, no es perfecta, cosa que conoce y por ello ha conseguido aceptarse y sacar lo mejor de sí misma. No hay mejor mérito que el saber apreciarse y encontrar formas de compensar esos rincones oscuros que todos tenemos en nuestras vidas. Por ello podría denominar Berlín como una ciudad en proceso de maduración y donde la aceptación de lo oscuro te hace sentirte persona.

En esta ciudad del misterio, vida y realidades paralelas ya desde hace algunos años se organiza uno de los festivales de cine más conocidos en el mundo: la Berlinale. Pero no voy a hablar de éste: precioso, famoso, lleno de lujos y estrellas que muchos conocen, no lo voy a hacer protagonista, ya que lo es por sí mismo. Voy a hablar de su hermano pequeño, de su compañero raro de clase, ese curioso que te atrae y quieres conocerle sin saber por qué.

Boddinale. Ése es el nombre de este festival, pequeño todavía, alternativo según la regla general de lo que define lo que es normal de lo que no lo es. Lo seguro es que no es comercial, su objetivo no son los grandes eventos, actores y fiestas. El centro de proyecciones no es un cine en una zona comercial y rodeada de preciosos edificios y centros comerciales. Su mes Febrero y su zona es la Neukölln, una zona de Berlín diferente, interesante donde muchos jóvenes prefieren pasar sus tardes y noches en bares y locales, muchos de los cuales muchos cambian constantemente. El Boddinale toma el nombre de la calle donde se organiza, la Boddinstraße y las proyecciones se realizan en tres bares de la calle: el Loophole, FilmBar y Laidak.

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Puedo hablar solo del Loophole donde tuve la suerte de ir y ver una Berlín entera concentrada en unos pocos metros cuadrados. Un bar oscuro, con sillas y asientos de todo tipo encontrados seguramente en mercadillos - había hasta unos asientos de avión-tren-coche -, pintado y decorado sin algún estilo que interesase demasiado. Pero precisamente, sin tener ese aire de “postureo” o de “querer parecer alternativo”, acaba siendo real y auténtico, único. Loophole.

Es ese ambiente que, precisamente, lo hace ideal para un festival de cortos, documentales, animaciones o videoclips musicales de todo tipo. Desde una versión femenina de los hermanos Karamazov (12 minutos) a un documental sobre un personaje posiblemente imaginario de la ola rave de los años ’80 y ’90 (97 minutos), de países distintos, experiencia distinta, personalidades distintas con la mismas ganas de crear algo, de construir algo. Esa tranquilidad, esas ganas de crear algo que les expresase como personas y sus ideas sin algún límite temático o experimental creó precisamente ese ambiente tan interesante en el que todos acabaron centrados e interesados.

Otro detalle de la apertura de fronteras que tiene es la retrasmisión en los tres bares al mismo tiempo que, además, se puede seguir online desde la página oficial. Otro punto interesante es que al final de cada corto hay una pequeña charla-presentación con los directores. ¿Por qué parece tan interesante? Porque son personas que se presentan, saliendo de detrás de la cámara, ante un público, pequeño, más concreto y más personal. Ese contacto y distancia les hace presentarse como lo que son, personas cercanas y reales, con sus miedos escénicos, alejándose del micrófono como si se tratara de un cuchillo ardiente, o aires ególatras al mencionar sus películas no como tales sino como un “estilo X”. Ellos mismos, presentando nuevos proyectos, invitan a gente que esté interesada a que participen o ayuden como puedan, creando así un vínculo con el “público”, dan la posibilidad de pasar de un lado de la pantalla al otro. Precisamente esos detalles, esas peculiaridades son las que hacen sus películas mucho más vivas, mucho más reales.

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Por todo lo mencionado y muchas más cosas, que se pueden entender solo yendo a este tipo de eventos, Boddinale es un punto importante en una visita turística o no de Berlín. Un plus a la curiosidad de un paseante, viajero sin ganas de multitud ni grandes eventos, esta aspillera es el rincón ideal para ir sin necesidad de nada más que la presencia y, si apetece, sed de cerveza berlinesa. Boddinale vale la pena.

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