​¡Viva Pedro Ximenez! La vieja (escuela) friendo huevos (II)

Lunes 01 de Febrero de 2016
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La vieja (escuela) friendo huevos

¡Viva Pedro Ximenez! Crónica sentimental del cooking show en España
PARTE II La vieja (escuela) friendo huevos

Es 1984. Una estampa velazquiana se abre paso en los televisores de todos los españoles: la actriz y presentadora Elena Santonja inicia el primer episodio de Con las manos en la masa explicando las vicisitudes de freír un huevo. Tal vez una indirecta lanzada a todos aquellos maridos que, como el Joaquín Sabina que cantaba en la cabecera del programa, llegaban cansados de trabajar y no les apetecía «pato chino». O tal vez no. Tal vez solo era una menos sutil reinvención de aquella Aunt Sammy, la mujer del Tío Sam, o el personaje ficticio que en 1926 había creado el Departamento de Agricultura de los EEUU para dar información y consejos a las amas de casa que escuchaban la radio mientras sacaban brillo a los zapatos de sus ocupados congéneres. En cualquier caso, se trata de la primera masterclass culinaria que los españoles recibirían por televisión: un huevo frito.

El pintoresco plató de Con las manos en la masa recreaba una cocinilla tradicional, con su cerámica colorida y sus cortinas a cuadros; un atrezzo que hacía juego con los platos tradicionales que Santonja, acompañada de algunas de las personalidades de la época, se proponía rescatar de «la cultura popular y de las abuelas». Con el tiempo, aquellas cazuelas marrones sucumbirían a la revolución anti-adherente, los fuegos y las cerillas a la vitrocerámica, y el fondo kitsch se iría despejando en busca de un ambiente más profesional. Pero, en esencia, el formato estaba ahí.

Todavía pervive en la memoria de muchos españoles la canción que el dúo Vainica Doble (en una reprochable colaboración con Joaquín Sabina) compuso para la cabecera del programa.

Durante sus siete años de emisión, Con las manos en la masa perfiló la que sería la imagen del cocinero televisivo en España para las próximas dos décadas; un modelo cuya máxima representación terminó siendo la saga inmortal del sucesor inmediato de Santonja, Carlos Arguiñano. El éxito fulgurante de este cocinero guasón, capaz de analizar con lógica populista cualquier titular de conveniencia mientras troceaba ágilmente una zanahoria, expandió el modelo por todas las televisiones, que enseguida lo convirtieron en un formato habitual de misceláneas matinales que pervive hasta nuestros días.

Lo característico de este subgénero, previo a la eclosión Masterchef, es la representación platónica del acto de cocinar. La cocina como conjuro, como magia blanca donde la expectativa siempre es satisfecha y no caben impurezas. Desde las burdas imitaciones de la simpatía vasca de Arguiñano, hasta la señora de cincuenta y largos preocupada por el colesterol y la tensión arterial; todos ellos convergen en esa suerte de abstracción del ama de casa que destila toda problemática asociada a la economía doméstica y la reduce al mítico rico rico y con fundamento.

Los cocineros de la tele siempre encuentran su nevera previamente llena con materias primas de la mejor calidad (gracias al patrocinador de turno), presuponiendo al espectador un holgado nivel adquisitivo y eludiendo el delicado momento de hacer la compra. Incluso en los nuevos formatos-concurso donde el chef tiene la dificultad añadida de tener que seleccionar producto, este se encuentra siempre dispuesto en una suerte de mercado-manantial de la abundancia donde todo cuesta lo mismo: nada. «El problema real», que decía Roland Barthes en sus famosas Mitologías, «no está en encontrar el modo de mechar con cerezas un perdigón, sino en conseguir el perdigón, es decir, pagarlo». Del mismo modo, las cocinas-plató tienden a ser cocinas de amplias dimensiones que, atrezadas con mejor o peor gusto, están equipadas con electrodomésticos de última generación (patrocinio, again) y toda una panoplia de gadgets que uno no siempre puede encontrar en el Híper Asia de la esquina.

La cocina de un cooking show es una cocina inmaculada donde las sartenes sucias desaparecen con misterio y la grasa no queda adherida a ningún sitio. Lo del delantal, ciertamente, es testimonial: un disfraz. Es más, la esencia misma de la cocina —tiempo, duraciones— es puesta entre paréntesis. Los vacíos temporales eliminados por el montaje y la aparición instantánea de la versión final del plato en un segundo horno que hasta ahora nadie había utilizado, culminan el sentido mágico-prodigioso de todo el proceso. Así, lo que el realizador expulsa del espacio de representación es esa mano negra que hace la compra y friega las ollas mientras el cocinero exhibe su espectáculo técnico, los duendes que trabajan mientras todos duermen. Solo a través de la idealización de la tarea doméstica, la cocina del cooking show pasa a ser únicamente un escaparate subliminal, donde la rutina diaria de cocinar para la familia ya no es un tedioso trabajo no remunerado, sino un placer que requiere el consumo de productos.

El mundo de fantasía de los cooking show: ¡tres yemas en un huevo!

Pero jamás podremos negar que el campechanismo, la sabiduría popular y las recetas tradicionales de Santonja-Arguiñano están indudablemente más cerca del pueblo llano que cualquiera de los miembros de esta especie de New Wave de la cocina televisiva que nos asola. Reconocemos que todavía las recetas del cooking showman tradicional se presentan como asequibles, con poca o muy poca filigrana nouvelle cuisine, más allá de la hojita de perejil para bendecir el propio plato. Sin embargo, la proliferación de programas culinarios que desde el surgimiento de Masterchef se han hibridado con todo género de reallity y talent show, ha venido de la mano de una concepción del chef como un referente de alta cultura que tiende a alejarse de palurdos paladares. Esta travesía —de la cocina escaparate, al escaparate de los cocineros—, es casi una réplica de la evolución del cooking show en américa donde ya durante los años 80 se puede apreciar cómo la concepción del cocinero como empleado de salario bajo empezaba a evolucionar hacia una concepción del chef como «estrella por derecho propio», gracias, en parte, a programas de televisión como Great chefs of… (1985).

Armado con procedimientos cuasi científicos y un aparato conceptual arbitrariamente importado, el chef de hoy deconstruye, abstrae, crea y emplata ideas. Una cosa semejante a lo que —de nuevo— Roland Barthes calificaba de barroco delirante: «cocina ornamental […] cuyo consumo bien podría realizarse solo con la mirada». El ferranadrianismo ha expandido así su vulgata de vajillas poligonales, uniformes maoístas y platos basados en espumas y emulsiones. Sus paladines se abren paso en la televisión exhibiendo sus galones de Guía Michelín, ese index prohibitorum para los bolsillos modestos que es capaz de llevar restaurantes a la ruina por el desembolso económico que supone mantener sus estándares de lujo. Publicitan con soberbia sus libros, sus restaurantes y sus cursillos, tratando de sacar rentabilidad a una cocina que por sí misma no renta, porque para batir un huevo ahora es necesario poco menos que diez cocineros y un acelerador de partículas. ¿Frivolidad? ¿Elitismo? ¿Malentendido cultural? Lo cierto es que hoy solo existen dos ámbitos donde la palabra «revolución» se esgrime con convencimiento: la cocina de vanguardia y los anuncios de blanqueador dental.

Continuará.

Grupo Fósil

A caballo entre trabajos precarios y prestaciones sociales, el Grupo Fósil surge en un contexto de estancamiento aspiracional y misantropía post-académica. Sus influencias van desde la ebriedad verborreica de Fiodor Pavlovich hasta el análisis de mitos burgueses de Roland Barthes, pasando por los chistes sobre partisanos yugoslavos de Slavoj Zizek. Prestan atención al fenómeno cultural hegemónico de Mediaset y, últimamente, se preguntan por las posibilidades de Internet como herramienta de transformación social. Para regocijo de sus madres, ahora les dejan publicar sus exabruptos en DisparaMag