​¡Viva Pedro Ximenez! La consagración de PYMErman (III)

Miércoles 10 de Febrero de 2016
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Cooking show parte III

¡Viva Pedro Ximenez! Crónica sentimental del cooking show en España
PARTE IIII La consagración de PYMEman

«Abandona tu Zona de Confort», parece decirle al espectador este joven de aspecto asilvestrado en un impasse en el que la trepidante vida de David Muñoz parece sosegarse para hacer recuento de su propia filosofía. De todas las ideas con las que uno puede envenenarse recorriendo los estantes de autoayuda, coaching y pensamiento —es un decir— New Age, ¿habrá concepto más falaz y dañino que este?¿Qué quiere decir «Zona de Confort»?¿Ese lugar en el que habita la gran mayoría de los mortales y que se caracteriza por el tedio, la monotonía, lo rutinario, la reiterada explotación de tu fuerza de trabajo, la gestión pasivo-consumista de tu tiempo libre y la imposibilidad de ascenso social que progresivamente imponen las dinámicas económicas que rigen nuestro mundo? La idea de que existe una Zona de Confort vendría a decir, entonces, que todos los males que el pensamiento contemporáneo viene diagnosticando a las sociedades post-industriales son, para Dabid (sic) Diverxo y para todos los defensores de este concepto, una elección caprichosa por la que optan los individuos vagos y/o cobardes.

El cocinero de alta alcurnia no ha venido a la tele únicamente para vender la moto; él es como un profeta, nos trae un mito: tú puedes ser PYMErman si te lo propones. Mientras que el cooking show tradicional representaba una estetización del ama de casa, los nuevos chefs televisivos se nos presentan como verdaderos héroes de la cultura del emprendimiento. Es un poco el modelo de utopía empresarial pregonado por Silicon Valley pasado por el tamiz del gran pensador occidental Manuel Fraga Iribarne: paella y buen tiempo como motores de la economía española. Ya sabemos que en España el acceso a ese campo cercado que llamamos Cultura ha estado siempre supeditado a una única condición: legitimar los valores políticos y económicos vigentes (véase, por ejemplo, la relectura de la Cultura de la Transición de Guillem Martínez y cía.). El chef televisivo de hoy, por su parte, es una de esas admirables personas que se han hecho a sí mismas, desde la nada, con esfuerzo y trabajo, en el largo aprendizaje que ha de llevarte a ingresar en La Guía. De ahí su ascenso a la condición de artista y su correspondiente acaparación de los medios por los que se difunde esa Cultura: es el sujeto perfecto para la pedagogía neocon en este país. Nos enseña las reglas del juego, cómo competir, cómo imponer disciplina en uno mismo y en los otros, cómo establecer jerarquías y, sobre todo, cómo todo eso será automáticamente recompensado por una mano invisible que te pondrá en la portada de una revista.

Alberto Chicote, por ejemplo, está escribiendo la gran epopeya del pequeño empresario. En Pesadilla en la cocina, los hosteleros son mártires de su propio sueño rescatados por el héroe chef; ese Rey Midas de la gentrificación que, ataviado con uniforme de Ágata, viene a poner orden y estilo en sus negocios. El azotado sector de la PYME adquiere así representación en estos atribulados dueños de restaurante que temen que su inversión se vaya a pique y cuya última esperanza es esta especie de Mary Poppins de los pucheros tripuda y malhumorada. Chicote se introduce en la pesadilla de un entorno laboral viciado, donde el montaje tiende a acentuar la excentricidad tanto del personal como de los dueños, llegando incluso a sugerir, en repetidas ocasiones, el alcoholismo de estos. Mientras tanto, el deslenguado cocinero pasa revista entre exabruptos a todos los aspectos del restaurante, introduciendo la mano en extractores grasientos o encontrando ratas muertas en los circuitos de un lavavajillas.

(Bien leído, Pesadilla en la cocina funciona como perfecta metáfora de la situación socio-política del país: el bar como institución patria, y sus interiores decrépitos donde las cucarachas corretean sobre el jamón serrano y la podredumbre se acumula en cámaras frigoríficas. Chicote desmonta ese fondo oscuro y degenerado al que hemos estado dando la espalda: las cocinas de España, allí donde todo se cuece y no hemos querido mirar a sabiendas de que nuestro filete olía raro. No es difícil fantasear con un Chicote de la Hacienda Pública que se paseara por todos los ayuntamientos de España metiendo la mano en mohosas contabilidades y adjudicaciones públicas en mal estado.)

Antes de pasar al momento reformista, el cocinero se encarga de elevar la tensión en el restaurante, llevando a los trabajadores a la desesperación (es ya irrenunciable el gag del cocinero que abandona su puesto de trabajo para fumar un cigarro y calmar el ambiente) y subrayando la inutilidad de los dueños. El punto de no retorno es alcanzado en el momento de hacer sangre con la deuda acumulada de los respectivos negocios. Chicote, pizarrín en mano, se encarga de exponer gráficamente el desastre que se cierne sobre sus cabezas, mientras el hostelero, entre lágrimas, se agarra como un clavo ardiendo a la oportunidad tendida por el chef. Por supuesto, el fantasma de la quiebra futura siempre apela a las condiciones subjetivas concretas del empresario. La culpa siempre es suya y la solución siempre está en su mano. Pesadilla en la cocina refuerza la idea de que lo único que puede interponerse en la promesa neoliberal del éxito es la propia incompetencia, dejando fuera del espacio de representación las posibles y más que probables causas estructurales del decaimiento de los pequeños negocios.

En Pesadilla en la cocina, esa promesa llega con el momento de la reforma. Chicote trae la modernización tecnológica en forma de máquina de comandas, un aparato de brujería que lleva por el camino de la amargura a un personal acostumbrado a otros rudimentos. El interiorismo gentrificador practicado por el equipo de reformas, transforma el tugurio más abyecto en un rincón desauratizado, lleno de colores pastel, estilo pop y elementos como el jardín vertical. La fascinación de los dueños por el nuevo look de su negocio les introduce en una burbuja de euforia que ipso facto les hace olvidar que todavía deben 300.000 euros al banco y que probablemente tengan que recuperar los servilleteros de Coca-cola una vez se agoten las servilletas naranja butano que hacían juego con las nuevas lámparas cónicas de aluminio. Además, el chef se encarga de reconvertir la carta orientalizando los platos y cubriéndolo todo con un barniz de vanguardia. Una vez que todo está a punto y cuatro vecinos del barrio han dado fe a la cámara de que todo estaba buenísimo, PYMErman se despide con la esperanza de que todos hayan aprendido la lección: así es como se juega en la hostelería contemporánea.

«Abandona tu Zona de Confort», nos dice Dabid (sic) Diverxo. El Arte es lo único que importa. El Arte y Londres, el Arte y Nueva York. Qué demonios, llevaremos el Arte —ese Arte de 180 euros el menú— al mismísimo centro de Bombay. Seguro que allí también hay mucho vago que no sabe que hay que salir de la Zona de Confort. Como todos estos que le rodean, piensa Dabid: todos unos vagos que no dejan de interponerse en su camino a la cima y por eso tiene que soltarles el rollo motivacional y darles un par de gritos y algún que otro puñetazo, y de vez en cuando también ridiculizar su trabajo, no vaya a ser que alguien piense que en este biopic de tres capítulos brilla otra estrella que no es Dabid, enfant terrible de la cocina, genio torturado por la incompetencia de los proveedores. Y mientras tanto, en algún oscuro despacho de Mediaset, se comenta que a la gente no le está molando nada la actitud de este Dabid en los dos primeros capítulos. «Nos hemos pasado con la ideología. Mejor metemos aquellos planos de reserva en los que Dabid se hace el guay con un homeless londinense y le suelta diez pavos de limosna».

Grupo Fósil

A caballo entre trabajos precarios y prestaciones sociales, el Grupo Fósil surge en un contexto de estancamiento aspiracional y misantropía post-académica. Sus influencias van desde la ebriedad verborreica de Fiodor Pavlovich hasta el análisis de mitos burgueses de Roland Barthes, pasando por los chistes sobre partisanos yugoslavos de Slavoj Zizek. Prestan atención al fenómeno cultural hegemónico de Mediaset y, últimamente, se preguntan por las posibilidades de Internet como herramienta de transformación social. Para regocijo de sus madres, ahora les dejan publicar sus exabruptos en DisparaMag