¡Viva Pedro Ximenez!

Jueves 28 de Enero de 2016
Comparte y dispara Facebook Twitter
Master Chef Pedro Ximenez

¡Viva Pedro Ximenez! Crónica sentimental del cooking show en España

Primera parte: Menos humos, Torquemada

En España somos muy de Inquisición. La gloriosa institución destinada a la quema de brujas, blasfemos y sodomitas pervive en nuestro ADN como una peste cultural de la que difícilmente nos libraremos nunca. Nos gusta el formato. La bula papal que permitió a la monarquía castellana librar la batalla contra los falsos conversos permitió a su vez expandir un estado de paranoia colectiva en el cual cualquiera podía ser acusado, juzgado y quemado públicamente por obra y gracia del Espíritu Santo; un sistema que todavía goza de buena salud entre los colaboradores de Sálvame Deluxe, las turbas tuiteras y Eduardo Inda. La Inquisición como piedra angular del cainismo y de ese gusto por el escarnio ajeno que los españoles tan alegremente se profesan entre sí.

Los concursantes de Supervivientes no parecen dispuestos a abjurar de Lucifer ni de una vida entregada al desideratum.
Los concursantes de Supervivientes no parecen dispuestos a abjurar de Lucifer ni de una vida entregada al desideratum.

Desde hace varios años, venimos siguiendo esa nueva modalidad de autos de fe que se desarrollan, ya no alrededor de una hoguera, sino entre los fogones y el equipamiento high-tech de las cocinas de Masterchef. La tríada implacable formada por Pepe Rodríguez, Samanta Vallejo-Nagera y Jordi Cruz es la encargada de pulir, humillación mediante, el amateurismo culinario de una gama de concursantes que va desde la prepotencia hecha soufflé, hasta la pusilanimidad más descarnada.

Allí, el concursante proyecta su dignidad sobre el alimento que, de manera ritual, es puesto en manos del jurado para ser viviseccionado. Por un juego de plano-contraplano, nos apercibimos de las reacciones del concursante mientras su obra es trinchada, desmenuzada, o simplemente desperdigada con desdén. Texturas y espesores poco conseguidos revelan la incompetencia del aspirante, que trata de mantener la serenidad frente a la inquina con que los jueces acometen el plato, pronosticando ya la herejía culinaria. Su capacidad para convertir un filete ligeramente pasado de cocción en una zapatilla incomestible a fuerza de golpearlo humillantemente contra la vajilla, dejaría en mantillas al mismísimo Torquemada.

La moral castrense que los chefs tratan de imponer a sus pupilos se hace manifiesta en las frecuentes reprimendas que se marcan con los concursantes cuando estos se dirigen a ellos de tú a tú en lugar de utilizar la más servil y acatadora fórmula “¡Sí, Chef!”. Es solo el primer eslabón de una cadena de torturas psicológicas que va desde la palmadita en la espalda con amenaza sutil, hasta el chiste de mal gusto; convirtiendo a estos adalides de la cocina en aquel profesor de matemáticas cabrón que tuviste en el instituto.

Esta escalada de humillación, muy en la línea de algunos de los trabajadores de nuestra televisión pública, alcanzó su punto álgido —muchos lo recordarán— en el sonado episodio del León come gamba. El gesto insolente perpetrado por Alberto Sempere, concursante de la pasada edición, vino a convertirse en el primer artefacto duchamptiano de este nuevo arte que pretende ser la cocina de vanguardia. Alberto, un joven e inexperto aprendiz que había sido instado por el jurado a sacar su garra y mostrar más fiereza en sus platos, decidió apelar a un recurso de literalidad y mandar a sus maestros un mensaje que caería como un plomo en las sacrosantas cocinas de Masterchef. La satánica pieza, denominada León come gamba, consistía en «una patata dura con dos pimientas por ojos y unos bigotes de gamba»; un burdo concepto que hacía saltar por los aires los estándares de calidad que se le suponen a este programa. Fue en ese momento de máximo dramatismo, tras un plano detalle de una salsa correosa regando embarazosamente la pieza y el tenedor de Pepe Rodríguez desvelando inmisericorde la crudeza de la patata, cuando el tricéfalo jurado arremetió con una serie de acusaciones que sobrepasaban con creces la responsabilidad del joven Alberto: desde haber pretendido hacer pasar «una marranada» por alta cocina, hasta haber insultado a los millares de aspirantes que habían quedado fuera en las pruebas de selección. Una sentencia contundente que, además de olvidar que el verdadero responsable de seleccionar a los concursantes por sus capacidades es el propio jurado; al instante hizo al aspirante abjurar de la cocina para siempre y desear «meterme en un pozo oscuro por los próximos dos años».

León Come Gamba

La recepción de León come gamba por parte de los espectadores fue distinta. La pieza se viralizó en las redes ya desde su momento conceptual, es decir, antes incluso de que el autor la hubiera pertrechado, y fue celebrada con humor por un público que, aun siendo consciente de la chapuza, castigó duramente al jurado por el trato inhumano ofrecido al concursante: un desconsolado Alberto que ni siquiera dejó de llorar y culparse a sí mismo mientras la hueca presentadora trataba de calmarle asediándole con el merchandising del programa. Tal es así, que el jurado tuvo que dar explicaciones a posteriori tras recibir una queja por parte del defensor del espectador, escudándose en que Masterchef recrea «todo lo que sucede en un restaurante» y, sobre todo, la exigencia de clientes que «quieren ver cubiertas sus expectativas».

Aquella situación vino a satisfacer nuestra fantasía subliminal de que alguien, finalmente, diera de comer mierda a la troika inquisitorial que preside cada programa; pero a su vez, hacía emerger por fin el aura de pedantería y elitismo que envuelve a la cocina contemporánea. León come gamba, aquel incomestible busto felino que ya ha pasado al olvido de las memetecas, sirve para ponernos en guardia con respecto a otro fenómeno de mayor calado que viene atravesando a todas las televisiones: ¿Quiénes son estos nuevos rock-stars de la gastronomía que gozan de esa autoridad prepotente, antaño solo reservada a ciertos pseudo-intelectuales mediáticos? ¿Cuándo se hizo con este poder el cocinero de la tele, relegado hasta hace poco a posiciones de guarnición televisiva, más cercanas a las del hombre del tiempo o el sorteo de la ONCE? ¿En qué momento estos nuevos ídolos del fogón se convirtieron en el plato principal del prime time español?

(Otra pregunta que nos hacíamos a lo largo de las sucesivas ediciones de Masterchef era la siguiente: ¿A qué élite pestilente de la sociedad española darán de comer esta semana con el dinero de mis impuestos? Lo de la presencia permanente de según qué sectores de la sociedad —léase: Ejército, mundo del toreo, Iglesia o burguesía catalana— en cada programa, es caso de estudio. De hecho, ese estudio ya existe. Gracias, Álvar Peris.)

Continuará.

Grupo Fósil

A caballo entre trabajos precarios y prestaciones sociales, el Grupo Fósil surge en un contexto de estancamiento aspiracional y misantropía post-académica. Sus influencias van desde la ebriedad verborreica de Fiodor Pavlovich hasta el análisis de mitos burgueses de Roland Barthes, pasando por los chistes sobre partisanos yugoslavos de Slavoj Zizek. Prestan atención al fenómeno cultural hegemónico de Mediaset y, últimamente, se preguntan por las posibilidades de Internet como herramienta de transformación social. Para regocijo de sus madres, ahora les dejan publicar sus exabruptos en DisparaMag