Recuerdos desde plató: Cu de Quintana

Martes 29 de Diciembre de 2015
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No está bien. Se le nota. Tiene la cabeza en otra parte. Se distrae y pierde el hilo. A veces nadie sabe dónde mira o de qué habla. No sé qué es. Debe de hacer calor allí, pienso, mientras la veo en la tele, mucho calor en ese plató del demonio, sí, generando a diario toneladas de audiencia, parece un cohete soviético, así es como lleva toda la vida, es una de las buenas, Ana Rosa, de siempre, pero le cuesta, ahora le cuesta trabajo mantener el tipo, terminar las frases, juntar tres palabras seguidas, tiene un mal día, no sé qué es, le cuesta, aunque sigue tirando.

Me acuerdo de ella, de Ana Rosa, de cuando salía en un programa de sobremesa. No la conocía nadie. Se sentaba al lado de otra, que también se llamaba Rosa, pero no como ella, no, era otro tipo de Rosa, no sé cuál, pero desde luego que no era el Rosa de Ana Rosa. Allí, hablando de la vida ocre, la veía yo comiéndome una pera. Al programa le pusieron Las dos Rosas o Tarde de Rosas o La tele es Rosa, ni Dios se acuerda, hace un siglo de esto. Y solo quedó una. ¿Quién fue? Ella. Cualquiera podría venir ahora a decir que es la otra y no pasaría nada: «Hola, soy la otra, soy yo», escucha esto, tía, le diríamos: «Buenos días. Soy Ana Rosa Q. y la cosa está muy mal ahí fuera», ella es la estrella, entérate.

Ahora, tiene su propio programa, un ala entera de la parrilla televisiva. Hay otras personas que aparecen por allí, de vez en cuando, pero ella es la estrella, es ella quien manda, les dice: «Te doy paso», o dice: «Oye, que hemos terminado, ¿a quién le toca ahora?», y Ana Rosa descansa, se toma un respiro. A nadie le importan los otros, están allí y a veces salen y dicen algo, solo eso, no hay más. Un tal J., que lleva los sucesos, habla de la mierda, de asesinatos de niños, cosas así. O P., que sale en una pantalla, seis horas antes, porque vive en Nueva York y allí son las tres de la mañana si aquí son las nueve, detrás de Ana Rosa, parece puesta siempre de diazepam, riéndose de lo que dice, dice lo que le da la gana, y nunca viene a cuento, lo que dice, por culpa del desfase entre sonido e imagen, porque AR es ritmo. Pero ellos no hacen falta. Todo el mundo quiere verla, a ella, a AR, por eso el programa lleva su nombre, así es como se llaman las mañanas en Tele5 y así es como se llaman, en todas partes, todas las mañanas: Ana Rosa, El Programa, en cualquier franja horaria, AR, en Dakota: «What time is it?», dice uno, «Ana Rosa», responde otro. Es la M-30 de la sensatez, Ana Rosa, el resto es la periferia y nadie quiere estar ahí, pero se atreve, se atreve con todo.

―¿Qué cojones pasa con esta gente? ―dice AR. El territorio catalán coloreado con cuatro franjas rojas sobre un fondo amarillo sale en una esquina de la pantalla, estamos en medio de todo este ajetreo, está en todas partes, el desafío, la ruptura, el averno, esto es lo que importa, y AR es un programa top de actualidad, tienen a la élite de la tertulia allí sentados, de la mejor televisión. Recién salido de la ducha, Antonio M. Carmona, a su derecha, con gemelos carmesís en los puños de la camisa, dice:

―Mira, yo soy fan de la Quinta República Francesa ―después de Ana Rosa, allí no hay nadie más grande que este tipo, ¿por qué?, por cosas como esta: «Porque si la Bretaña intentase independizarse, o cualquier otro territorio, de la France, el Estado los machacaría como a una mosca, plaf, plaf, plaf ―dice Carmona, y Dios sabe que es verdad. También Carmona es profesor, como otros que a veces salen allí, mal vestidos, sentados en esa mesa, y también él sabe hablar de la hostia―. Nadie se salta a la torera en Francia las leyes de la Quinta República: plaf», dice, y luego cambian de tema:

―Oye, vamos a otra cosa, venga, que me aburro y se me nubla la vista, de qué queréis hablar ―dice Ana Rosa. Hay algo marrón en el aire esta mañana, en el cielo, la famosa boina de gases altamente contaminantes cubre la atmósfera de Madrid. Ana Rosa grita: «Ah, ya, Madrid, no han hecho más que improvisar, en Madrid, carajo, vaya ayuntamiento que habéis montado, Carmona, ¿dónde cojones aparca la gente sus carros esta mañana?, ¿qué dices ahora de tu Quinta República?», y Arcadi E., a su izquierda, dice que lo que ella diga, sí, a este tipo se le ve holgado en ese plató, se pasa la mano y se peina, se le ve en los ojos que se siente O. K., dice lo que quiere, en todas partes, también aquí, y hay que hacerle caso también a Arcadi, a lo que él diga.

―¿De quién hablas, Ana? ―la interrumpe.

―De Manuela Carmena ―responde ella.

―Ah ―dice Arcadi―. No lo habías dicho.

―Porque está cansada ―le digo yo.

Antonio M. Carmona le llama autor de libros: «Tú que eres autor de libros, Arcadi, sabes de qué va esto», le dice, porque ya se huele por dónde van a ir los tiros.

―Si aparece una palabra mal puesta, una frase chunga, una errata en uno de tus libros, querido Arcadi, ¿es culpa tuya? No, todos sabemos que no ―dice Carmona, y Ana Rosa no entiende nada y dice: «¿De qué cojones hablas, tío?».

―Si el ayuntamiento de Madrid huele a sobaco, es por culpa tuya ―le recrimina Arcadi―. Dime, ¿apoyas o no apoyas a los hippies? ―insiste.

Y Carmona dice: «Gobiernan ellos, no nosotros» y luego «Bueno, "GOBIERNAN"» y se forma un guirigay histérico.

―Arcadi, amigo, sé bueno conmigo ―le pide Carmona―, que me he leído todo lo tuyo.

Ana Rosa tiene mala cara, dice azarosamente: «Contaminación», y luego: «Eso es lo que hay», y después dice: «Atascos», y no acaba una frase. Ella también ha escrito libros, todo el mundo sabe esto.

―Ayer me quedé dormida, como siempre, con Àngels Barceló, con el pinganillo en la oreja, y dijeron que hoy todo esto iba a ser el jodido Amazonas, ni gota de porquería en el aire, todo clorofila, y mira ―dice Ana Rosa con los dedos en la cara―, mira cómo tengo los ojos de hinchados.

Y eso es lo que parece, que va a quedarse dormida encima de la mesa, y qué dolor da verla así. A veces se queda callada y qué dolor da. No se entera de nada. Una veterana, como tú, Ana Rosa, comprometida con las cosas bien hechas; dices: «¿Cómo van a llegar hasta aquí los nenes que entran a trabajar a las cinco de la mañana, si no pueden traerse el carro?», y nos emocionas. La vida ha sido dura y se te nota. Igual que a María Teresa Campos, que a veces me dan ganas de pedir una ambulancia: «¿Es que no la veis?, que se muere ahora mismo». Son muchos años en la brecha.

Hay otros dos tipos, dos tertulianos de verdad, que podrían parecer filisteos, pero no, no lo son, son buenos, si están ahí sentados, son buenos. El que está al lado de Carmona se parece a Oriol Junqueras y también un poco al ciego de Intereconomía. Lleva una camisa de cuello Mao, la gente buena puede ir como le dé la gana, no es solo cosa de extremistas, ponerse cualquier cosa para salir por la tele. Al lado de Arcadi hay un joven que sí guarda las formas, sano, siempre con la media sonrisa preparada, regalándonos un puñado, nos bendice, lleva un reloj de enorme, de acero, brillante. Ana Rosa les dice:

―Hemos terminado, gracias, chicos ―y parece que los fuera a interpelar, a cada uno de ellos, pero no hace falta, y dice: «Fuera de aquí todo Dios». Carmona le hace un chiste a Arcadi, pero no logro enterarme de qué va, seguro que es algo acerca de lo cabrón que se pone, mientras se levantan, y Ana Rosa interviene:

―Todos discrepamos alguna vez con Arcadi, porque es un cerdo, pero le queremos ―se ríen y añade: «Sobre todo en algunos temas, ¿verdad hijoputa?».

Hay más risas y luego dice:

―En el artículo de ayer, dices eso de la violencia de género, qué mamarracho, Arcadi, te metía una hostia, pero ya hemos hablado, off the record, ya le he dicho yo antes algunas cosas, no vamos a seguir con eso ―y se muerde los nudillos.

―A mí, lo que queráis ―dice Arcadi.

―Cállate, nene, de verdad ―dice AR―. Ahora hablas tú ―dice, refiriéndose a J.―. Joder, voy a cerrar los ojos un rato, los tengo como cuando fumaba goma.