La asombrosa historia del hombre que cenaba con Al Capone y que descubrió a Rita Hayworth

Martes 31 de Mayo de 2016
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SEXO, MARACAS Y CHIHUAHUAS - DIEGO MAS TRELLES - 2016 - ESPAÑA
SEXO, MARACAS Y CHIHUAHUAS - DIEGO MAS TRELLES - 2016 - ESPAÑA

¿Qué tienen en común Rita Hayworth, Al Capone, Woody Allen y un chihuahua? La respuesta tiene nombre catalán: Xavier Cugat. El único español con cuatro estrellas en el Paseo de la fama de Hollywood.

Cugat (Gerona, 1900- Barcelona, 1990) fue un personaje irrepetible. Un pionero del cine con una vida que hoy podría dar lugar a una serie de varias temporadas. El biopic ya existe, y es un doocumental: Sexo, maracas y chihuahuas se estrena mañana en la Cineteca del Matadero. Su director, Diego Mas Trelles, buscaba reivindicar tanto la faceta de celebrity de su biografiado como también su importancia para la historia del séptimo arte. "Cugat tenía talento no sólo como músico sino para hacer de su nombre una marca; sobre todo tenía talento para descubrir a otros talentos, aunque no era su trabajo principal", comenta el cineasta en un receso de la pasada edición de Documentamadrid, donde pudo verse la película, fuera de la competición oficial a concurso.

La leyenda del indomable

Xavier Cugat llegó a Hollywood procedente de La Habana, la ciudad a la que emigró con tan sólo cuatro años. A los 12, era ya el primer violín de la orquesta de la capital cubana. El tenor Enrico Caruso, la primera personalidad importante que se cruzó en su vida, le animó a intentar conquistar el mercado estadounidense. Con lo puesto, se embarcó rumbo a Nueva York. Durmió en un banco de Central Park diez días, viviendo de la caridad de un policía puertoriqueño, hasta que logró un contrato en un restaurante, en el que tocaba tres horas diarias a cambio de comida. Con tesón, arrojo y descaro, Cugat logró montar una orquesta modesta con la que cautivó a Rodolfo Valentino.

El galán buscaba una banda que orquestara la música de Los cuatro jinetes del Apocalipsis (1922), la película de Rex Ingram en la que estaba participando. Se fijó en la de Cugat: el propio músico realizará en ella su primera aparición a cámara, con un mostacho y un sombrero de forajido, tocando el instrumento del que era un virtuoso. Tan satisfecho quedó Valentino que le consiguió trabajo en Coconut Grove, un selecto club al que llevaba a todas sus amistades. Y es ahí donde Cugat empieza a forjar su leyenda.

Como cuenta el documental, a partir de los testimonios de varios especialistas (a destacar al historiador Román Gubern, al músico Chucho Valdés y a la directora Isabel Coixet), Cugat supo aprovechar el vacío que deparaba "lo latino", por entonces un filón a explotar. Lo "latino" era sinónimo de exotismo y, para las mujeres, de virilidad. Cugat supo ver la oportunidad. Ensambló una orquesta rutilante (de hecho fue pionero en la orquestación escénica), construyó en torno a ella y a su misma persona una imagen de eficacia, espectaularidad y desenfado, y exportó a Estados Unidos los ritmos del vecino Caribe (e incluso del folclore hispánico). Por ejemplo, cuando Charles Chaplin buscaba tema para Luces de Bohemia (1931), fue Cugat quien le haría escuchar, violín en ristre, el cuplé La violetera (José Padilla, 1914): a Chaplin le encantó y la versionó como banda sonora de la película.

Paso a paso, Cugat empezó a posicionarse dentro de la industria y a ser conocido como el "rey de la rumba". Sus propuestas musicales ponían a pie de pista a lo más granado de la sociedad estadounidense, primero, y mundial después. Dio a conocer la samba y el chachachá. Inmortalizó la canción Tico-Tico. Se codeó con las mejores cantantes: con la excéntrica Carmen Miranda pero también con el colosal talento natural Abbe Lane, su cuarta esposa, y con la que estuvo casado quince años. El corto para la Warner Cugat y sus gigolós acrecentó su leyenda a los 28 años: sería la primera manifestación sonora de la historia del cine, por delante de El cantor de jazz de Al Johnson.

Precisamente, el cine hecho por Cugat -un personaje que llegó a vender a lo largo de su carrera 48 millones de discos-, es la espina clavada del director Mas Trelles: "Descubrí que la segunda película de Cugat no se perdió, como creíamos, sino que se está restaurando y estará lista para el 2018. Dura 11 minutos y forma parte de un lote de una productora que a su vez compró Paramount. Quise incorporar un fragmento en mi película, pero no pudo ser." Es la única mácula de su historia fascinante, en la que se entremezclan lo personal y lo profesional de una manera tan estrecha que difícilmente pueden desligarse. La vida de Cugat discurrió también entre gangsters. Cugat fue empleado de Al Capone durante tres años en Chez Paree, la meca para cualquier artista de la época, y a veces cenaba con el jefe. "No muchas veces" -refiere socarrón a cámara en uno de los muchos fragmentos de entrevista del biopic, un verdadero trabajo de zapado documental- porque uno nunca sabía lo que podía pasar con Al Capone". Fue el favorito de Bugsy Siegel, el hampón que fundó Las Vegas como centro de recreo turístico y despilfarro, y estuvo presente desde el escenario en la rutilante inauguración de los casinos Caesar Palace, Flamingo y Tropicana.

En su afán por buscar nuevos ritmos, y también nuevos talentos, descubrió a una joven bailarina mexicana que cantaba por Tijuana con su padre. Se llamaba Rita Cansino, pero él la convirtió en Rita Hayworth. Dio la primera oportunidad a Dean Martin, Bing Crosby, Jerry Lewis y a un judío lenguaraz llamado Woody Allen. Grabó el primer disco de Frank Sinatra, cuando éste tenía 17 años: le pagó 25 dólares por los servicios. Sus amistades con varios presidentes le llevaron a hacer campaña, primero por Kennedy, más adelante por Nixon. Cugat no entendía de siglas ni políticas. Si acaso de dinero. Lo dio todo por sus cinco esposas; cedió su nombre para cadenas de restaurantes mexicanos y para criaderos de chihuahuas, la raza que difundió en sus intervenciones. Fue tan célebre que compartió títulos de crédito, con las letras de su apellido a tamaño XXL, con Fred Astaire, la propia Hayworth y Alphonse Menjou.

Como tantos otros personajes excéntricos de nuestra historia, yace olvidado. En su España natal sólo empezó a ser reconocido durante su ocaso, en la década de los ochenta, ya mayor y enfermo. Sexo, maracas y chihuahuas pretende reparar esta injusticia y a la vez dar cumplido parte de la también inveterada brevedad memorística hispánica, una de nuestras señas identitarias así como una de nuestras mayores lacras históricas.