Intimidades frías

Miércoles 09 de Diciembre de 2015
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Langosta (The Lobster) de Yorgos Lanthimos (2015)
Langosta (The Lobster) de Yorgos Lanthimos (2015)

Langosta (The Lobster)
Dirección: Yorgos Lanthimos (2015)

Han pasado ya unos cuantos años desde que Lanthimos nos deleitó por primera vez con su película Canino (2009), que fue galardonada con el premio Una Cierta Mirada en el Festival de Cannes 2009 —ese premio que uno imagina que dan los jueces del Festival, con una mezcla de pasmo y admiración, a esa película que les ha hecho fruncir más el entrecejo. Por aquel entonces, el reconocimiento parecía el más adecuado: la película es la obra de un genio, en el buen sentido y en el malo, con un estilo tan inconfundible (léase: original/raro) que nos dejó a todos con cara de una-cierta-mirada. Después de que se le subiera un poco la fama a la cabeza con Alps (2011) —una reformulación de Canino fruto de la reticencia de un director novel a abandonar la zona de confort—, ahora Lanthimos nos obsequia con una película que, por lo menos, compensa la espera.

La trama vuelve a resultar en esa sensación de desconcierto provocada por aquello que no acabamos de reconocer a pesar de sernos extremadamente familiar, aunque esta vez lo hace tomando la forma de una sociedad distópica en la que es obligatorio vivir en pareja. En ella, todo desemparejado es confinado a un hotel de solteros en el que cuenta con 45 días para encontrar pareja o, de lo contrario, será metamorfoseado en un animal de su elección, destinado a ser cazado por futuras generaciones de solteros a cambio de aumentar en un día su estancia en el resort.

La mayoría de reseñas califican (positivamente) la película de surrealista y absurda, pero a mi parecer el director se basa en nuestra realidad más inmediata. Al igual que Canino suponía una crítica a la familia en tanto que institución social que, si bien con distintos nudos, ata a los individuos que forman parte de ella justificándose en unos valores que simplemente se dan por sentados, Langosta hace lo propio con ideas como “matrimonio” o incluso “amor”, conceptos que limitan la diversidad afectiva al establecerse arbitrariamente a si mismas como modelo a seguir. La película ilustra la culminación de la intrusión de ideas procedentes de la esfera económica, como “eficiencia” o “beneficio”, en las relaciones personales: los solteros son obligados a adaptarse a un tipo de relación predeterminada muy concreta (matrimonio monógamo -y heterosexual, a pesar de la corta mención con la que se inicia la película- mas hijos opcionales para ayudar a mitigar sus conflictos) porque así resulta más práctico vivir en la ciudad llena de centros comerciales donde todos visten de traje. Como cuando rellenas el perfil de Tinder o de InfoJobs, los solteros en el hotel tienen que explotar sus cualidades más destacadas para atraer a los demás y empezar una relación con los perfiles con los que sean compatibles.

Langosta juega a poner las normas que rigen el día a día contra las cuerdas a través de una mirada de una complicidad propia del género del reality-show. A partir de una trama intensa e hilarante, marcada por pequeños clímax de inofensiva violencia que recuerdan al estilo de Haneke, el director vuelve a dejarnos con una metáfora excelente que, una vez superado el aturdimiento que sentimos al levantarnos de la butaca del cine, nos servirá para empezar a reflexionar sobre el día a día. A pesar de ello, a mi parecer, no consigue llegar al nivel de genialidad de Canino: a Langosta le falta la domesticidad de las películas de bajo presupuesto, le falta el contraste que surge de unos medios de producción precarios pero pulcrísimos con una historia terriblemente oscura.

Manel Mula Ferrer

Redactor en Cultura y analista en Redes. Se ayuda de la literatura y los estudios culturales para investigar por qué las cosas son como son y cómo podrían ser de otra manera.