El último pícaro: viaje en lancha con Ignacio Oberlander

Miércoles 18 de Noviembre de 2015
Comparte y dispara Facebook Twitter
Pawn Shop

1. Dos hombres están sentados en los asientos traseros de una lancha motora. El día está algo nublado pero eso no desdibuja su sonrisa juvenil, el éxtasis del oro en sus rostros mientras la hélice traza un sendero de espuma a sus espaldas. El traje del uno, más bien enjuto, ondea en sus pliegues, y un botón en la chaqueta evita que la corbata se vuele como un banderín. El otro traje a duras penas mantiene juntas las costuras y estrangula, con ayuda de una corbata mas sólida, un cuello como de becerro. Entre los dos se abigarra un entrañable apretón de manos, la tierna expresión de una amistad varonil, que hace asomar la esfera de un enorme y plateado reloj de muñeca. A Ignacio Oberlander le gusta todo lo que brilla. Su propio apellido, Oberlander, es como una carcasa brillante, bisutería fonética que pierde lustre al pronunciarla. Oro de bajo quilataje. El otro —al que a partir de ahora nos referiremos como El Otro—, se ha recostado en el asiento y la mano que queda libre cae espontáneamente sobre su entrepierna; tiene un aire de despreocupado bon vivant.

2. Oberlander y El Otro son socios. Decidieron montar un pawn shop inspirados por canales como Mega o Discovery, cuya programación representa en loop aquello que Baudrillard llamaba el sistema de los objetos: programas de subastas, talleres de restauración y, sobre todo, casas de empeños en las que freaks de todos los colores dan rienda suelta a su perversa pasión por el gadget desfasado. Ese fue el nicho de mercado por el que Oberlander y El Otro decidieron apostar. Plantaron su tienda en el Paseo de la Castellana y después solo tuvieron que esperar a que algún iluminado productor de Atresmedia decidiera lanzarse a traducir el éxito de programas como La casa de empeños o Empeños a lo bestia, a las fisonomías y costumbres españolas.

3. Oberlander se va a comprar esa lancha. Lo hará como lo hizo con unas botas de Messi por las que pagó 1.150 euros; no tanto por su posible rentabilidad económica —ahora se venden por 3.000—, mucho menos por su funcionalidad, sino por la relación que el objeto místicamente establece con él. Tocar el sudor de los dioses, abrazar la omnipotencia surcando un pantano de esos que antes tanto se inauguraban. Una curva a traición activará todos sus receptores económico-emocionales y le hará subir su oferta en un salario mínimo español más, a pesar de las ensayadas reticencias de su socio. Las negociaciones a dos bandas tienden a enfrentar el hedonismo dionisíaco de Oberlander con la aristotélica prudencia de El Otro, que suele cruzarse de brazos y simular indiferencia ante los productos que sus clientes tratan de vender o empeñar en su tienda. Pero Oberlander es el verdadero genio. Sus cejas bien perfiladas le hacen parecer un faquir a punto de encandilar a la serpiente. Contra todo pronóstico, su técnica consiste en desear fervientemente el objeto y confesar su filia a un cliente que, para su sorpresa y frustración, termina recibiendo una oferta de salida ridícula. A partir de aquí, Oberlander tiende su mano decisiva con cada nueva oferta hasta que la otra parte la estrecha un tanto disconforme, presionado por la promesa de cash inmediato.

4. La versión española del pawn show introduce ciertos elementos que no venían de fábrica en los formatos originales. Por ejemplo, en La casa de empeños (Pawn stars), Rick Harrison suele tasar por sí mismo casi todos los productos que llegan a su tienda, conoce bien sus características, su precio en el mercado, e incluso suele alumbrar a sus clientes con alguna curiosidad que desconocían de su propio objeto; Oberlander y El Otro, en línea con el resto del empresariado ibérico, tienen a un chaval que se encarga de comparar precios en Ebay. Los Reyes del empeño—santa manía la de este país de otorgarle carácter monárquico a las cosas— desconocen además los vericuetos de la historia, hasta el punto de clasificar unas sillas con la esvástica nazi como producto de la PRIMERA Guerra Mundial. Pero nada de eso empaña la genialidad empresarial de Oberlander. Los productores saben que lo interesante del formato para el público español no reside tanto en la curiosidad histórica o el fetichismo, como en la posibilidad de reinventar el mito de la spanish picaresca, orgullo y satisfacción de nuestro humilde pueblo que Oberlander trata de elevar a sus más altas cotas. Se trata de ver quién engaña a quién, aplicando su inteligencia negociadora en un regateo que puede llegar a ser hilarante cuando la distancia entre ofertas es de diez euros y Oberlander todavía insiste en racanear cinco eurillos más a un producto que ronda los 1.000. Oberlander es a Rick Harrison lo que Don Quijote a Amadís de Gaula.

5. El éxtasis en lancha de Ignacio Oberlander es, en realidad, el desmantelamiento de una impostura. Todo su imaginario neoliberal se desborda cuando se sueña a sí mismo como protagonista de un Corrupción en Miami a la española. Se da de bruces con la parodia. Y como suele suceder, lo paródico revela lo esencial: allí donde Oberlander quiere narrarse como un rock star emprendedor que con habilidad y desparpajo se colocará algún día en Forbes, nosotros solo vemos a un patán con pretensiones tan hipócrita y vanidoso que llega a enternecernos. Su personalidad queda más cerca del antiguo vendedor de enciclopedias que del joven empresario New Age cuya idea environmentally-friendly le ha hecho nadar en oro. Tampoco cuesta imaginar a la verdadera versión de Corrupción en Miami dando un par de palmaditas en la espalda al cándido Oberlander. Puestos a buscar un modelo anglosajón, nos quedamos con David Brent, el mítico personaje de The Office cuyo talante repulsivo y bromas de mal gusto solo terminaban salvándole porque descubríamos en él la infantilidad de un loser. Oberlander es el último pícaro, el que llega ya en la resaca de la ola, cuando tras haber sido arrastrados por décadas de picaresca orgánica e institucionalizada, ya solo cabe representarla bajo el signo de lo patético.

Igual de lamentable, aunque menos esperpéntico, es el perfil de El Otro: habiendo aspirado, quizá, a recorrer las discotecas de España con un carnet oficial de tronista, debió naufragar en las costas del empresariado español de la mano del amigo Oberlander. Allí, al menos, goza de la presencia de una chica florero que parece haber llegado al Pawn Shop en el mismo plástico de embalar de algunos de los objetos que allí se negocian (su única aportación en Los reyes del empeño consiste en haber hecho la primera escena de edredoning en el almacén polvoriento de una tienda con uno de sus jefes). El caso de Oberlander es distinto, porque en él vemos el infantil anhelo de ascenso social de un paria; una criatura mostrenca pulida por la literatura del coaching personal y el elitismo kitsch de quien contempla a la élite como un olimpo al que definitivamente no pertenece.

Grupo Fósil

A caballo entre trabajos precarios y prestaciones sociales, el Grupo Fósil surge en un contexto de estancamiento aspiracional y misantropía post-académica. Sus influencias van desde la ebriedad verborreica de Fiodor Pavlovich hasta el análisis de mitos burgueses de Roland Barthes, pasando por los chistes sobre partisanos yugoslavos de Slavoj Zizek. Prestan atención al fenómeno cultural hegemónico de Mediaset y, últimamente, se preguntan por las posibilidades de Internet como herramienta de transformación social. Para regocijo de sus madres, ahora les dejan publicar sus exabruptos en DisparaMag