Doraemon, el gato posmarxista

Martes 01 de Diciembre de 2015
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Doraemon el gato cósmico
Doraemon, el gato cósmico

Desde no hace mucho, y por alguna razón que desconozco, he entrado en un período de regresión en el que me he puesto a revisar algunas de las series que veía de pequeño (y de no tan pequeño). Mientras las examino desde la “cumbre” de mi carrera estudiantil, no deja de parecerme curioso la poca presencia que este tipo de contenidos tiene en los medios culturales al compararla con la de otros productos audiovisuales de consumo masivo como puedan ser los taquillazos de Hollywood. ¡Y todo esto a pesar de que seguro que más de uno no dudaríamos de su relevancia en el imaginario pop! Parece que, llegada cierta edad, este tipo de cosas quedan relegadas a la categoría de aventurillas infantiles que no tienen la más mínima importancia. Y no la reivindico únicamente por el montón de horas que la mayoría de nosotros habrá pasado delante de la tele, sino especialmente porque es este tipo de contenidos el que supone una primera aproximación a las artes y a todas las horas de adoctrinamiento estético que estaban por venir. No sé, pensad por ejemplo en esos tiempos en los que todo lo que deseabais era tener un gato como Doraemon o en los que Shin-chan os parecía el colmo de la rebeldía antisistema. Y sí, sé que quizás este tema os resulte un poco banal (y muy probablemente lo sea), pero os puedo confirmar que el ejercicio de echar una mirada crítica a vuestras estéticas infantiles acaba por convertirse en un proveedor de pequeñas satisfacciones extrañamente adictivas; dejadme poneros un ejemplo.

Una de las series más presentes en los imaginarios de millones de niños alrededor del mundo es Doraemon. Basada en el manga del equipo de dibujantes Fujito F. Fujio, su versión animada ha ido produciéndose a manos de distintos estudios y casi sin interrupción desde el año 1973, contando actualmente con más de 2000 episodios (¡y siguiendo!) La serie seguramente os resulte conocida a todos, pero entre tantas digresiones y episodios de relleno —al fin y al cabo la mayoría de nosotros consumimos Doraemon en forma de episodios auto-conclusivos y de manera fragmentaria en medio del caos de las reprogramaciones pre-Internet de las televisiones autonómicas— es probable que algunos detalles de la trama principal nos pasen desapercibidos. El protagonista es Nobita Nobi, un niño de clase media un poco pusilánime que vive en un clima de fracaso constante a causa de su mala disposición para los estudios y de su mala suerte para la vida en general. Y no me refiero sólo a las reprimendas que sus padres le dan constantemente debido a su estado generalizado de apatía casi crónica, sino también a su falta de fortuna amorosa con la chica que le gusta —Shizuka Minamoto—, a la que siempre consigue acabar disgustando a pesar de sus mejores esfuerzos; o a la tortuosa relación que mantiene con sus abusivos amigos Takeshi Goda, apodado “Gigante”, y Suneo Honekawa. El sistema de relaciones afectivas establecidas en este grupo de amigos nos proporciona una primera sospecha para un análisis en clave marxista de la historia. En este, detectamos una correlación entre los medios y relaciones de producción de cada familia (sus condiciones laborales, patrimonio, etc.) y su carácter e ideología, que se refleja en el comportamiento de sus hijos y los roles que adoptan. Así pues, tenemos a “Gigante”, un matón de clase baja de temperamento agresivo y poco agradable que vive en una relación de temor-respeto hacia su madre y que ha aprendido cómo funciona la vida “a las malas”, siendo un poco dado a la violencia aunque con un carácter de fidelidad muy marcado para con sus amigos. En el otro extremo tenemos a Suneo, un niño de clase alta de comportamiento arrogante acostumbrado a una vida fácil en la que todo puede comprarse, con un carácter manipulador y muy propenso a la mentira como recurso para cubrir sus faltas. Conectado a este eje está Nobita, cuya familia de clase media está un poco en la cuerda floja (sus padres le insisten en la importancia de una buena educación, su madre está obsesionada con el dinero, etc.), y también Shizuka, cuya situación familiar es bastante neutra (un detalle que sin duda daría para algún comentario desde un punto de vista de género), siendo ella una chica aplicada y modosita con muchos talentos. Hasta aquí, las relaciones establecidas entre este grupo de amigos de alguna manera reflejan los estereotipos sobre las condiciones de clase de las que provienen —la pobreza y una vida dura y falta de afecto, la comodidad burguesa que mira a los demás por encima del hombro, la inseguridad de una familia cuya situación económica va cambiando por momentos, etc.— pero aún nos queda una pieza muy importante que analizar en este puzle socioeconómico: ¿quién es y de dónde proviene Doraemon, el gato-robot del futuro que va a parar a la casa de Nobita?

La historia de Doraemon empieza en el siglo XXII, cuando Sewashi Nobi, uno de los descendientes de Nobita, decide cambiar la fortuna que ha sufrido la familia Nobi desde que la empresa creada por su antepasado empezara a irse a pique. A pesar de ello y debido a su precaria situación económica, sólo puede permitirse comprar un juguete defectuoso (Doraemon, un gato-robot que vive aterrorizado por los ratones desde que se le comieran las orejas en el almacén) como recurso para enviar al pasado a su abuelo Nobita, con la esperanza de poder contribuir a hacer su vida más fácil y a mejorar el futuro de su linaje. Pero en el presente donde nosotros presenciamos la vida de Nobita y sus amigos, su futuro aún sigue en un ambiguo estado de gestación, sin que la balanza acabe por inclinarse hacia la fortuna o la desgracia: entonces, ¿cuándo es que su suerte empieza a torcerse? Más adelante en la serie descubrimos que Nobita no se casará con Shizuka, el amor de su infancia, sino que víctima de su trágico sino acabará con Jaiko Goda, la hermana del violento Gigante, cuya empresa familiar acabará en números rojos a causa de un accidente provocado por la característica mala estrella que acompaña a Nobita. El giro es digno de una tragedia clásica, ¿verdad? La acción de Doraemon se desarrolla alrededor de un intento de cambiar el destino, una fuerza externa más poderosa que la voluntad de los personajes (y, en la mitología clásica, incluso más fuerte que la de los Dioses) que irá hilando sus vidas hasta que, en algún momento, el hilo se corte. Si repasamos la historia de la filosofía continental, es esta idea de fuerza (externa) superior la que se encuentra detrás de muchas teorías sobre la soberanía, la voluntad y los mecanismos de dominación, encarnada en el caso de la filosofía marxista en el condicionamiento ejercido por los medios y mecanismos de producción a los que se tienen acceso y la clase social que asignan.

Pero entonces, ¿qué representa Doraemon? El gato cósmico es un agente del progreso, un objeto que viene del futuro —un futuro supuestamente más desarrollado y entendido, claro está, según los criterios y el sistema del presente— y que permite jugar con ventaja: una fuerza que pretende competir contra el destino. Doraemon es poder, pero también es sueño. Doraemon es la aspiración burguesa, el deseo de Nobita de poder vivir una vida fácil y acomodada, sin esfuerzo, es una pequeña venganza contra la (des)ventaja inicial que sufre con respeto a sus amigos por sus condiciones familiares y económicas. Pero a pesar de esto, al final Doraemon no es una fuerza para nada efectiva: sus inventos del futuro siempre acaban por provocar más mal que bien, ya sea por el uso avaricioso que hacen de ellos Nobita o sus amigos, o simplemente por algún error en su planteamiento, y es precisamente aquí dónde reside su calidad revolucionaria. Doraemon nos advierte de los peligros de una sociedad basada en el sueño de un ideal de progreso que es proyectado sobre el futuro —al fin y al cabo, quizás lo que acabará llevando a Nobita al fracaso es esta confianza ciega en la superioridad de los inventos y los valores del futuro. De esta manera, la serie entra en una dinámica de crítica a la tecnología en la que, a través del contraste de su perfeccionamiento con un tiempo pasado, se hace evidente que el “progreso” no iba a ninguna parte —esto es: no tenía ninguna finalidad más allá de sí mismo, no obedecía a ningún ideal externo que lo justificara, sino que simplemente “era bueno porque era bueno”—, perdiéndose así el sentido de sus logros.

¿Lo veis?, al final vale la pena que invitéis a vuestra madre a un tazón de leche con galletas para ver un par de episodios con vosotros y discutir todo este embrollo.

Manel Mula Ferrer

Redactor en Cultura y analista en Redes. Se ayuda de la literatura y los estudios culturales para investigar por qué las cosas son como son y cómo podrían ser de otra manera.