De capa caída

Martes 12 de Julio de 2016
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Ramón García - El Grand Prix
Ramón García - El Grand Prix

A veces, sin esperarlo, se le llenan las fauces con una bocanada de nostalgia empalagosa. Y ciertamente es cosa triste andar en la mitad de la veintena y no parar de sufrir estos asaltos a traición de la memoria, ese reflujo de imágenes que llegan deformadas quién sabe por qué química gratuita del cerebro. La cosa es que pasando canales en el erial de una tarde de domingo, se le aparece, cual magdalena proustiana, Ramón García. Maestro de ceremonias por décadas, su sentido del humor naíf y familiar aún le suena tan fresco como en los tiempos en que compartía ducha con Ana Obregón, aunque sea bajo el auspicio más modesto de Castilla la Mancha TV. Y es una vergüenza, piensa, que con la mesita de noche hasta arriba de libros, se vaya a tener que pasar las siguientes tres o cuatro horas revisitando fragmentos del ¿Qué apostamos? en YouTube, como quien encuentra la foto de un perdido amor de verano. Una vergüenza, tan vergüenza, que va a tener que contarlo en tercera persona.

Así, de primeras, ¿Qué apostamos? refleja muy bien el zeitgeist de un país en el que todo es burbuja, sobreabundancia y superficialidad. El programa daba comienzo presentando a una élite selecta de la que llegó a formar parte gente como Marcelo Mastroianni o Mia Farrow. La visión de los invitados sentados en ese sofá alargado al fondo del cual se situaba una pecera espectacular, es un impacto estético que le llega ahora como una puñalada de ilusiones muertas. Al fondo de los platós, piensa, ya solo encuentra uno pizarrines para que nos expliquen la hostia que se ha dado el sistema. La mencionada élite, entonces, apostaba muchas o pocas pesetas a que algún individuo de mucha menos clase y con muchos menos collares de plata, lograría (o no) eso que Werner Herzog llamó la conquista de lo inútil: ser capaz de adivinar el nombre de un juego de mesa solo agitando su caja; llenar un globo de aire con los ojos; conocer los nombres de todos los países, de todos los artistas, de todas las canciones que han pasado por Eurovision en todos los tiempos; escalar el Pirulí en menos de lo que tarda en subir el ascensor. Presupuesto ilimitado al servicio de la lucha del hombre contra la lógica. ¿Qué apostamos? es esa ópera desmesurada que Fitzcarraldo quería construir en mitad de la selva amazónica después de ascender por una montaña a bordo de un barco de vapor.

Y por supuesto: Ramontxu. Ramontxu y el regionalismo. Ramontxu y el alcalde de una pedanía recóndita huyendo de Chiquito de La Calzada con una patata caliente a punto de estallar. Ramontxu y el maltrato animal. Ramontxu y la hegemonía sin estrategia socialista. Ramontxu, y todos los pueblos de España unidos en esa otra lágrima-en-la-lluvia que es el Grand Prix (o cómo quedar atrapado en un bucle de caspa noventera en YouTube). Qué insulsos son los veranos sin aquellas olimpiadas berlanguianas, piensa mientras enlaza otro vídeo. Qué nostalgia más tonta de tradicionalismo rancio en forma de carrera de obstáculos.

Por eso se le ocurre que ciertas televisiones autonómicas son como las tiendas de segunda mano del star system español, como una resaca dolorosa de los años en que España estaba de fiesta. Merece la pena, sí, detenerse un minuto en esta pervivencia extraña, en esta estética decadente que se mezcla con los tonos ocres de los western de sobremesa y las retransmisiones de corridas de toros; cuyas audiencias bostezan a la espera de una monja que les lleve a votar. No es desdeñable la cantidad de gente que tiene como única ventana a la realidad externa la programación de estos canales; gente que todavía sueña en baja definición y cuyo Olimpo mediático está formado por las mismas figuras que copaban las parrillas televisivas en 1995. Caer en la cuenta de que esa gente todavía debe imaginar este país resplandeciendo como un vestido de Juncal Rivero; tan pleno y boyante como un ataque de risa de Loreto Valverde.

Cultura visual apoteósica que toca cima en las Noches de Fiesta de José Luis Moreno, verdadero Señor de Las Tinieblas del entertainment patrio. Le imagina ahora resguardado en las sombras de su mansión en el claro de un bosque, practicando la ventriloquia mental de las masas. José Luis Moreno fue, junto con Jesús Gil, el introductor cultural del populismo Marca España. Un populismo en voz-en-off que prometía ordenadores y viajes a la República Dominicana a unos tele-concursantes que no acertaban ni a bajar el volumen de su televisor. Como guinda (y después de esto se jura a sí mismo arrancar el router y lanzarlo por la ventana), aquellos desfiles de maromos y maromas en lencería, que nada tienen que envidiar a las fiestas de cumpleaños de Kim Jong-Un.

Es dura la herencia cultural que deja en nuestras psiques toda esa iconografía inagotable de los años del Milagro. Pero ojo, mucho ojo a la mirada cínica sobre la persistencia de estos tufos. Ojo a la gerontocracia audiovisual practicada por Juan Y Medio en Canal Sur; a los talent-show de tonadilleras en Tele Cospedal; a la candidatura política de Agustín Bravo. Ojo a las relecturas de Bertín de toda la época dorada de la caspa nacional, o al resurgir de Carlos Lozano desde los infiernos nostálgicos de la tele regional al trampolín Mediaset con turbas ciudadanas clamando por su victoria en Gran Hermano. Poder de movilización. Consenso. La Capa de Ramontxu. Gran Coalición. ¿Qué apostamos?

Grupo Fósil

A caballo entre trabajos precarios y prestaciones sociales, el Grupo Fósil surge en un contexto de estancamiento aspiracional y misantropía post-académica. Sus influencias van desde la ebriedad verborreica de Fiodor Pavlovich hasta el análisis de mitos burgueses de Roland Barthes, pasando por los chistes sobre partisanos yugoslavos de Slavoj Zizek. Prestan atención al fenómeno cultural hegemónico de Mediaset y, últimamente, se preguntan por las posibilidades de Internet como herramienta de transformación social. Para regocijo de sus madres, ahora les dejan publicar sus exabruptos en DisparaMag