No a la caza, con o sin galgos

Viernes 19 de Febrero de 2016
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Galgos Laura

Coincidiendo con el mes de febrero, un total de 14 ciudades se han echado a la calle para reclamar que se prohíba el uso de perros en las distintas modalidades de caza. Unas manifestaciones que se realizan también en octubre y a las que cada vez acuden más personas. ¿Por qué octubre y febrero? Se trata del inicio y el final de la temporada de caza. Donde unos empiezan a ser perseguidos, otros a ser hostigados y finalmente muchos asesinados. Ya sea por una bala, por las heridas de un cepo o ahorcados por una cuerda. Por este motivo cabe destacar que muchas personas que exigían en Madrid, Toledo o Santander el fin del uso de perros en la caza, reclamaban a su vez el final de esta práctica «lúdica» indefendible en el siglo XXI.

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Cientos de galgos acompañaron a los manifestantes en esta gran cita, que se llevaba fraguando desde hacía meses. Ellos, los galgos, son la punta más visible del iceberg de dolor y sufrimiento que constituye la caza. El documental Febrero ya sacó a la luz la verdad sobre lo que los galgueros «quieren» y respetan a estos animales. Ya sea para atrapar una liebre o para carreras, estos animales están sometidos a entrenamientos tortuosos donde el que se lesiona o magulla puede que no siga con vida al día siguiente. Yodo en las patas para calmar el ardor del asfalto por el que los hacen correr, cal viva para cerrar las heridas y mucho temor ante los gritos de sus «entrenadores». Y llega el día clave: la carrera. Pueden ser héroes o villanos. Si corren mucho y ganan la carrera, podrán contarlo y volver a correr otro día; si no, si pierden o ya tienen más de tres (cuatro o cinco años a lo sumo), están viejos y ya no valen. No sirven. Y a diferencia de cualquier herramienta, no se molestan ni en arreglarlos. En el mejor de los casos los abandonan en perreras, en otros casos en cunetas. Y todavía hay algo peor: que el galgo haga trampa. Así es como los galgueros llaman a cuando un galgo persigue en línea recta a la presa en lugar de hacer todo el recorrido que hace la liebre. Están sucios y ya no valen. No valen ni para ser abandonados, y son colgados de árboles o puentes como castigo.

Los demás perros considerados por algunos como «de caza» no tienen mejor suerte. Podencos, sabuesos o rastreadores son abandonados a su suerte, maltratados y cruelmente castigados cuando no cumplen las expectativas de sus dueños. Por ello, no es nada raro encontrar a estos perros con graves problemas de confianza hacia las personas, así como secuelas físicas. Marcas, cicatrices, orejas o rabos amputados, patas magulladas, entre otras lesiones. Según las protectoras, la recuperación de estos animales es más larga y difícil que la de otros canes maltratados, ya que, además de a los gritos y los golpes, los podencos y sabuesos se enfrentan a la falta de sociabilización. Desde que son cachorros, están en recintos cerrados, en casas o barracones aislados y lejos de los núcleos urbanos. Solo salen para la caza y no tienen trato con otras personas más que con los propios cazadores. Esta falta de oportunidad en las primeras etapas de vida de relacionarse con otros olores, otros ruidos y otros individuos hace que desarrollen miedos que arrastrarán siempre, incluso cuando tengan la suerte de acabar siendo adoptados por una familia de verdad.

Foto Santi Ochoa
Foto Santi Ochoa

Lo miremos por donde lo miremos, tratar a estos perros como herramientas no trae nada bueno para ellos. Pero ¿qué hay de los demás animales? Ellos no tienen opción: o capturan al conejo o la perdiz, o los «cazan» a ellos. El castigo por perdonar la vida a la pieza va desde los golpes hasta el ahorcamiento, sin embargo los demás animales no tienen opción. Para ellos es la muerte. Por eso, por lo innecesario de esta actividad para la supervivencia humana y por la cantidad de atrocidades que la rodean, muchas de las personas que acudieron a esta manifestación no sólo gritaban contra el uso de perros si no que pedían de formar abierta el fin de la caza.

Según AnimaNaturalis, se trata de 30 millones de víctimas cada año solo en España. Aunque el número de licencias de caza se ha reducido en un 61% en los últimos 25 años, siguen saliendo a cazar en nuestro país 850 000 licenciados, que, junto a los furtivos y personas sin licencia, fácilmente doblan esta cifra. Prácticamente cada mes asistimos a noticias de sucesos donde un disparo accidental hiere o mata a una persona, ya sea de un cazador a otro o de un cazador a una persona ajena a esta actividad. Son decenas las asociaciones y colectivos que denuncian la restricción de acceso que suponen las monterías al monte, más allá de los cotos de caza. Desde senderistas hasta recolector de setas, ciclistas, aficionados a las aves, agentes forestales y un sin fin de perfiles diferentes. Desde los grupos ecologistas se denuncia cómo esta práctica ocasiona graves alteraciones en el ecosistema, al no estar controlada ni la cantidad ni muchas de las especies que se atrapan. Por no hablar del efecto de los perdigones y demás munición con metales pesados que acaban en la tierra o en el agua de los espacios naturales durante décadas.

Foto Daniel López García
Foto Daniel López García

Sin embargo lo que rodea a la práctica de la caza va más allá. La mayoría de las veces ni siquiera se trata de animales con que donde el cazador mide, de alguna manera, su habilidad con la escopeta frente a la del animal para huir, ya que en muchas modalidades son animales criados en cautividad. Como en el caso del tiro al pichón, donde las aves crecen en jaulas y son lanzadas al aire con máquinas eléctricas. En estos casos, las palomas o codornices no llegan ni a volar por primera vez antes de ser alcanzadas por la bala. Muchas otras veces, los cepos hacen que los zorros o jabalíes agonicen durante horas antes de que los perros de caza señalen su posición y puedan ser «rematados» por los cazadores. En este caso, recolectores más bien. Y a esta larga lista habría que añadir lo que suponen las turbias y deplorables maniobras de los cazadores llamados furtivos.

Pero al margen de la legalidad de estas acciones, muchos de los manifestantes de las protestas hablan de la legitimidad de las mismas hoy día. En pleno siglo XXI, reclaman que no son ni necesarias ni prioritarias para la subsistencia del ser humano. Se trata de un acto muchas veces social, donde un domingo se reúnen amigos o conocidos para probar sus armas, medir a sus perros y disfrutar de la gastronomía. Tampoco pasa desapercibido para los detractores de la caza que muchos de estos encuentros esconden detrás un escenario de contactos sociales para cerrar acuerdos económicos o políticos. También una reivindicación de poderío económico, sin tener que ver con el amor a la Naturaleza o a los propios animales como algunos se atreven a argumentar.