¿Cazadores ecologistas?

Jueves 06 de Abril de 2017
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Lince

¿Cazadores ecologistas? Aunque pueda parecer un oxímoron, es habitual encontrar juntos ambos conceptos cuando se trata de debatir sobre la cuestión de la caza. Durante largo tiempo el lobby cinegético se ha ocupado de diseñar en el imaginario colectivo esa figura del cazador como guardián de los espacios naturales y el equilibrio de los ecosistemas, del cazador como defensor del medio ambiente e incluso amante de los animales.

Que la caza mantiene un estrecho vínculo con la naturaleza es innegable. Más discutible sería afirmar que quienes la practican viven en hermandad con el medio natural, sin embargo sí que en buena medida conocen sus dinámicas y sus ritmos. Hasta puede ser razonable aceptar que exista entre los cazadores cierta fascinación por el monte y por los animales que lo habitan. Pero, ¿de verdad son por ello ecologistas?

El amor o la devoción que aseguran profesar hacia la naturaleza no es garante de un comportamiento respetuoso, ni sostenible, ni ético. Mucho menos se puede legitimar la práctica de la caza en base a los sentimientos de quienes la practican. También los toreros dicen amar a los toros que torturan hasta la muerte en una plaza y también los asesinos dicen amar a las mujeres que matan en crímenes machistas.

Basta investigar un poco para encontrar estudios y datos que corroboran que el amor de los cazadores está matando el medio ambiente (porque a los animales ya es evidente que sí).
La caza es uno de los factores clave en cuanto a la contaminación y la destrucción de biodiversidad. Se estima que cada año en España se contaminan los ecosistemas acuáticos y terrestres con unas seis mil toneladas de plomo, uno de los metales pesados más contaminantes; lo que equivaldría a cincuenta millones de perdigones.

También la antropización del medio altera gravemente el entorno. Como apunta Ecologistas en Acción en su informe “El impacto de la caza en España” debemos considerar que los mecanismos de gestión inherentes al modelo actual de caza, caracterizado por generar múltiples impactos (construcción de pistas, vallados cinegéticos y otras infraestructuras asociadas a los cotos de caza, incendios forestales...), intervienen directamente en la pérdida, degradación y fragmentación de los hábitats en los que se desarrolla la actividad cinegética.

Lince

Es necesario saber además que no siempre la caza es selectiva y en temporada se llenan los montes de cebos, trampas y lazos donde caen todo tipo de animales, incluidos aquellos en peligro de extinción. Ejemplo de ello fue el suceso ocurrido en 2011 en Grazalema, cuando un lince ibérico perteneciente a un programa de reintroducción de la especie, cayó en una caja trampa colocada por el gestor de uno de los cotos de lujo de Castilla La Mancha. O el lamentable caso de Llera, el lince hembra que en 2015 fue atrapada en un lazo en alar autorizado para control de zorros en Albacete.

Este tipo de gestión de las poblaciones es una práctica habitual y consiste en eliminar a determinadas especies por el hecho de ser predadoras de aquellas otras que se quieran potenciar cinegéticamente dentro de un coto o un campo determinado.

La actividad cinegética, en su afán comercial y recreativo es también responsable de la introducción de especies exóticas consideradas invasoras en la península. Tal es el caso del arruí y el muflón cuya presencia ha repercutido en nuestros ecosistemas tanto por la ingesta que puedan hacer de plantas protegidas o endémicas, como por competencia por los recursos con otras especies o una expansión descontrolada.

Además del impacto sobre la biodiversidad, durante las cacerías, la presencia de perros y el sonido de los disparos afectan negativamente a la fauna silvestre, sometiéndola a un fuerte estrés, alterando sus rutas de tránsito y sus comportamientos naturales y forzando a los animales a huir de su entorno conocido.

Zorro

La caza, lejos de contribuir al equilibrio de los ecosistemas, necesita alterarlos gravemente para poder llevarse a cabo; dejando a su paso no solo la escalofriante cifra de más de 30 millones de animales muertos cada año sino todo un impacto medioambiental que dista mucho de poder considerarse útil en modo alguno.

¿Cazadores ecologistas? Definitivamente no, la protección del medio natural implica alejar la actividad cinegética de nuestros montes y espacios naturales.

Porque por mucho que los cazadores amen la naturaleza, no dejan de ser sus peores enemigos.