Cabalgatas sin animales

Jueves 05 de Enero de 2017
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Amanda Romero

En 2015 nos horrorizó ver el estado en el que llegaban los dromedarios a Tenerife, amontonados y con las patas atadas al cuerpo con enormes cuerdas para que ni pudieran ponerse en pie. Los caballos que murieron en 2013 envenenados en Puente Viesco mientras esperaban atados en una ermita antes de la cabalgata, las famosas ocas de Miguelín volviendo a Palencia aplastadas en cajas de fruta o los burros que se desplomaban por agotamiento en la Plaza del Pilar de Zaragoza son algunos ejemplos de por qué desde el animalismo llevamos años denunciando el uso de animales en espectáculos.

Cuentan que una niña entró una mañana en el estudio de un escultor y se quedó asombrada ante un enorme bloque de mármol. Meses después, al regresar, encontró en su lugar una impresionante figura ecuestre. Exclamó entonces sorprendida: “¿cómo sabías que dentro del mármol había un caballo?”

Esta metáfora fue la inauguración de mi primera clase de Magisterio para hacernos reflexionar sobre la esencia de la educación. Educar, como su propio origen etimológico nos indica, significa “sacar de dentro”, ejercer una guía para que el otro sujeto salga por sí mismo de un determinado estado. En definitiva, consiste en proporcionar todos los medios necesarios y generar un contexto que favorezca que cada niña y cada niño pueda encontrar su propio caballo en el mármol.

Hace tiempo que venimos encerrando la educación en las escuelas y delegando toda responsabilidad educativa en las aulas como si el aprendizaje tuviese un botón que las criaturas pudieran desactivar fuera del horario escolar. Pero no podemos no educar.

Hacemos educación cuando son las mujeres quienes se pringan las manos preparando las cenas navideñas, al regalar balones y libros para ellos y cocinitas y kits de maquillaje para ellas, si permitimos a los cuñados de turno asociar terrorismo con personas refugiadas o al continuar nuestro camino sin socorrer a un animal abandonado en la carretera.

La navidad es principalmente de los niños y niñas. Las luces, los colores, los deseos que se cumplen; la navidad es territorio de la infancia. Un pequeño oasis de invierno para jugar con la magia. Pocos momentos son más mágicos a este lado del mundo que la noche de Reyes y los nervios en todas esas barriguitas esperando amanecer con sus regalos concedidos.

Quizás lo más emocionante de todo es ver a los Reyes Magos llegar con sus carrozas cargadas de juguetes, verlos recorrer las calles prometiendo que no se olvidarán de pasar por nuestra casa.

Sin embargo, cuando de esas carrozas tiran camellos agotados que babean por el estrés de la música ensordecedora, o vemos a los pajes abrir paso a sus majestades a lomos de temblorosos elefantes cegados por los flashes o al divertirnos ante un grupo de ocas que corre de un lado a otro intentando huir entre el gentío, también estamos educando.


En un ejercicio de educación en valores unos y por no escuchar las protestas animalistas otros, ya el pasado año asistimos a un nuevo modelo de cabalgatas sin animales promovidas desde distintos Ayuntamientos.

Madrid prohibió la participación de animales en todo el recorrido a pesar de quienes pusieron el grito en el cielo por la ausencia de las ocas que el granjero Miguelín se empeña en vendernos como felices (aunque se dejen las patas corriendo enloquecidas por el asfalto de nuestras ciudades). Esta vez, por suerte, no coló en la capital, y tras demostrar que no es necesario someter a los animales a semejante maltrato para ilusionar a los más pequeños, de nuevo en 2017 podremos disfrutar de un evento mágico y libre de crueldad.

Ocas Miguelín

Valencia decidió por primera vez el pasado año subirse a la vanguardia del respeto a los animales sustituyéndolos por personas disfrazadas. Ciudades como Barcelona, Zaragoza, Valladolid, A Coruña o Cádiz dejaron también a los animales fuera del espectáculo, organizando para la ciudadanía una noche llena de diversión sin que nadie saliera herido.

En cambio, hay quienes siguen sin comprometerse con la evolución de nuestras tradiciones y deciden hacer oídos sordos al llamamiento ciudadano que pide entretenimiento sin perjudicar a los animales. Tal es el caso de ayuntamientos como los de Alicante, Palencia o Zamora, donde ya advierten que este año volverán a utilizar animales en el recorrido pese a la incoherencia que supone hacerlo habiéndose declarado “ciudad libre de circos con animales” y las numerosas críticas recibidas por ello.

Qué peligrosa ceguera padecen las instituciones que eluden su responsabilidad educativa en el diseño de estas celebraciones. ¿Qué mensaje estamos lanzando cuando humillamos públicamente a unos animales que solo desean salir corriendo, huir de las luces, del ruido, de la multitud, y no lo hacen por miedo a recibir una paliza?¿Qué valores estamos transmitiendo cuando utilizamos animales vivos como parte del decorado obviando su naturaleza e ignorando todas sus necesidades?

Rescatando esa idea de “no solo dejar un planeta mejor para nuestros hijos, sino también unos hijos mejores para nuestro planeta” las cabalgatas de Reyes suponen una oportunidad educativa excepcional.

Necesitamos unos hijos y unas hijas mejores, que sepan asomarse a los ojos de un animal que sufre, que mantengan viva su creatividad para entretenerse sin dañar a otros, que entiendan que los animales no son payasos.

Unos hijos, unas hijas, que no toleren las injusticias contra los más débiles ni aunque sea en nombre de la magia.

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