¿Una campaña de perdedores?

Sábado 11 de Febrero de 2017
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Raul Peña
Foto por Mario Monti

En el estudio de la ciencia política la configuración de las campañas electorales es una pieza clave ampliamente estudiada, con extensa literatura al respecto y profundamente conocida por cuantos se dedican o quieren dedicarse a esto de la política en serio. A la hora de encarar la estrategia de una campaña y tras hacer suficientes sondeos previos para saber la posición de partida, se ha de tomar una primera decisión clave sobre la misma: hacer una campaña en positivo o en negativo. La campaña positiva se caracteriza por dar horizontes de esperanza a los votantes, por asumir la victoria desde el minuto uno de la misma como un hecho natural y cierto, no hablar de los contendientes y, si fuera necesario, jamás criticarles. Una campaña en negativo, por contra, se caracteriza por la suciedad, el tono bronco, las acusaciones permanentes y todo cuanto pueda contribuir a generar un clima de enfrentamiento, desavenencias irreconciliables y posturas enconadas.

¿Por qué usar una u otra?

Las campañas negativas se usan cuando tu opción tiene quizá alguna posibilidad de hacerse con la victoria, pero no parte a priori en la pole position en opinión de los votantes. No estás excesivamente lejos de la victoria… pero alguien está por delante. Sin embargo, cuando a priori se tiene todo de cara para salir vencedor del proceso, lo adecuado es hacer campañas en positivo y con buen tono. En general si nada cambia y todo sigue unas dinámicas relativamente normales, no se dan grandes sobresaltos, la opción que tiene los visos de ganar… ganará. Si no hay algo que sacuda a los votantes y les muestra un presente y futuro catastrófico, el normal devenir de las cosas hará que cualquier alteración sea mínima y raramente suficiente para descabalgar al favorito.

¿Cómo funciona una campaña en negativo?

La premisa de una campaña en negativo es embarrar tanto el terreno de juego que sea prácticamente imposible distinguir entre unos y otros. Todos los implicados en una candidatura, y sus seguidores, tensan la cuerda hasta lo indecible. Las líneas de campaña y los relatos son siempre denunciando acciones terribles de quienes parten con ventaja. Es decir, lo que los estrategas piensan que ha de decirse es plasmado en argumentarios que se reparten a cuantos componen y apoyan esa opción para que en cada ámbito posible (tu agrupación, tu barrio, la prensa a la que tengas acceso, las redes sociales) se repita como un mantra. Poco importa que dichas acusaciones sean ciertas o no. Si lo son es obvio que la opción favorita saldrá terriblemente perjudicada. Si no lo son y nadie las rebate queda claro que son ciertas. Hay que salir, pues, a rebatirlo. Entonces el debate se tensa, las acusaciones se cruzan, se reprochan las mentiras y se ejecutan contrargumentarios atacando este proceder. Todo se convierte en una gran masa de fango hediondo donde los contendientes son confundidos, donde todos son malos, todos se pelean, donde ya no hay una opción favorita porque nadie en mitad de semejante lodazal puede ser favorito de nada o de nadie. Es extremadamente difícil –aunque no imposible- no ser arrastrado a esa dinámica. En el momento en que se tenga el más mínimo desliz ya nunca se podrá salir de ella. Una mala respuesta, y ya estás enfangado para algarabía de quien provoca. Se genera entonces una situación de equidistancia entre agresor y agredido porque realmente con razón o sin ella AMBOS están peleando. Poco importa ya a esas alturas quien empezó y quien agredió o quien tiene razón, ya estás de lodo hasta las rodillas. En ese escenario cualquier cosa puede pasar y eso es lo buscado, la desazón es terreno abonado para vuelcos bruscos. La opción que decidió someternos a ese tipo de campaña va a sufrir contrataques, por supuesto, y se va a hablar mal de ella con toda la energía posible. Pero se da por descontado. Y está amortizado. Quien está en una posición inicial de desventaja no tiene ya nada que perder. Las campañas en negativo siempre son un tiro al aire que puede salirte mal... pero empezaste perdiendo, así que ¿qué importa?

¿Realmente no importa?

No importa en el sentido de que las opciones que tenías no pueden empeorar. Pero tratándose del proceso interno de un partido si que importa, y mucho, porque hace daño y debilita a todo el proyecto. Es un axioma, se sabe, se calcula y se asume por quien lo planea. En ese escenario, las filias y las fobias entre partidarios se agudizan, las amistades se rompen, l@s compañer@s pasan a ser el principal enemigo a batir, las posiciones conciliadoras son obliteradas, y quien no se alinea en la defensa a ultranza es un tibio o un traidor. Semejante nivel de tensión es insoportable y suele provocar bajas. Desde la militancia más de base, hasta las personas con mayores responsabilidades. Pero también entre los votantes no militantes, pues los adversarios externos hacen su agosto de situaciones como esta. Dichos interesados usan cuanta influencia puedan tener en la gente y los medios para asegurarse de que esa espiral siga creciendo. El tacticismo y el interés común hace extraños compañeros de cama, pues, momentáneamente al menos, el interés (uno por destruir, otro por ganar) coincide en mostrar el proyecto como algo desastroso, desnortado... desahuciado. Y cuanto más crece esta espiral, más debilitado, triste, solitario y empequeñecido sale del proceso el proyecto de todas. Se sabe, se calcula y se asume por quien lo planea.

¿Una campaña de perdedores?

Es obvio que alguno de los contendientes de un procesos interno se siente o se sabe perdedor, y puede decidir que le conviene una campaña así. Esos escenarios son buscados, preparados, ejecutados, y en la mayoría de los casos conseguidos. Hace falta mucha inteligencia, voluntad y frialdad para hacer esos análisis y ejecutarlos eficazmente, pues las heridas tras esos procesos son terribles. Quien los ejecuta siempre supone que tendrá tiempo de arreglarlo cuando esté al mando, y quizás sea así, pero hay que tener mucho cuajo para jugar con fuego de esa manera, pues estas campañas suelen ser muy eficaces, pero también acarrear efectos desastrosos. Son campañas rematada y doblemente perdedoras, el tono de la campaña lo marcan los perdedores que lo impregnan todo de pesimismo. Y por mor del tacticismo político y de poner el interés propio por encima del global el gran perdedor es siempre el partido entero y las esperanzas que en él se hayan depositado. ¿Es esto lo que está sucediendo en Vistalegre II?

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