Millennials ¿dueños de la nada?

Miércoles 14 de Junio de 2017
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Millenials

Antonio Navalón afirma en su artículo, ‘Millennials’: dueños de la nada, que los nacidos entre 1980 y 2000 somos una generación sin aspiraciones, encerrada en las nuevas tecnologías. Nuestra razón de existir parece ser “la nada”. Al contario que generaciones precedentes no hemos crecido con los valores del civismo y la responsabilidad, no nos identificamos con ninguna aspiración política o social, carecemos de ideas propias y ni siquiera contamos con un proyecto de vida. Navalón nos despoja incluso de nuestra condición humana comparándonos con un software de última generación. Las respuestas al artículo no se han hecho esperar, y las redes sociales se han llenado de irónicas y contundentes réplicas.

Estamos acostumbrados a escuchar argumentos que apuntan en la misma dirección, quizá con un tono más moderado y menos hiriente que el de Navalón. Como millenial orgulloso, le respondo a Navalón que no tenemos nada que aportar a su mundo, a su civismo, a sus aspiraciones, a sus obligaciones, a su proyecto de vida, porque sencillamente ya no creemos en ellos. Llama la atención la nostalgia revolucionaria de quien alaba el mayo del 68 para ningunear el potencial de las nuevas generaciones. Quizá ha llegado la hora de que pasen a un segundo plano y escuchen a esa generación que ya hace algún tiempo tomó las riendas de su destino.
Somos una generación atravesada por proyectos de vida, personales y colectivos, que han sido motor de cambio en nuestra historia reciente. En ocasiones, con manifestaciones tan explícitas como el 15-M, o más recientemente al enfrentar con ilusión y generosidad los discursos del odio y del miedo representados por Trump en EEUU, el Brexit en Reino Unido o Le Pen en Francia. Tal y como muestran los resultados electorales, han sido los grupos sociales más jóvenes quienes han rechazado en mayor medida los proyectos xenófobos en EEUU y Reino Unido.

Millenials
Por Nico Ordozgoiti @NicordArts

Estas resistencias en ocasiones han sido más sutiles y quizá no hayan abierto los telediarios pero son igualmente relevantes y no hay que ignorarlas. Nuestras prácticas y expresiones del día a día están cargadas de aspiraciones individuales y generacionales. Somos la generación de la democratización de las celebrities, del háztelo tú misma, la que con una cámara o un blog ha desbancado a aburridos y casposos programas televisivos. Somos la generación que baila con libertad al ritmo del electro-disgusting, la cumbia, el trap, o el reggaeton, y que con cada movimiento en la pista insultamos a los prejuicios de una sociedad clasista, racista y misógina.
Somos la generación del feminismo pop que, en sus revistas de moda y redes sociales, ha encontrado referentes como Beyoncé o Emma Watson que animan a enfrentar con valentía al machismo cotidiano. Somos la generación en las que muchas hemos vivido nuestra sexualidad un poco más libremente, gracias a que crecimos con series como Queer as Folk, vimos a los primeros personajes maricas de la televisión en Aída; asistimos a la boda entre la bloguera Dulceida y su actual esposa, Alba; o disfrutamos de video-tutoriales que rompían con el estereotipo de que el maquillaje es para mujeres, de la mano de Oto Vans o King Jedet. Todo ello sería impensable sin las posibilidades que las nuevas tecnologías nos han brindado, abriendo campos antes desconocidos para representarnos.

Queer

Si eso de la generación existe, diría que somos una generación compleja, diversa y atravesada por el conflicto permanente. No hay que olvidar que parte de nuestra generación también muestra misoginia, racismo o LGTB-fobia. Nos encendemos cada vez que las redes sociales son utilizadas para ello. En cada ocasión que las plataformas digitales aplican censura de edad a vídeos que presentan contenidos de temática LGTBI. Cada vez que censuran un pezón femenino porque contraviene la moral pública.

Si eso de la generación existe, me reconozco en esa generación de generaciones. Aquella que admira y se ve reflejada con complicidad en el grito de la movida madrileña, en las contraculturas rave, punk o skin, en las muchas décadas de lucha feminista, o en los garitos queer del Nueva York de los 70. En ella no solo cabemos quienes nacimos entre 1980 y 2000, sino que caben muchas más.

Si sabes mirar, encontrarás a esta generación de la que hablo, aquella que lejos de no querer nada, lo quiere todo. Quiere un mundo más humano, más libre, más justo. Quiere disfrutar del simple derecho a vivir, sin renunciar a un solo gramo de la frivolidad o impureza que la vida trae consigo. Que tan pronto te montan un 15-M, como gozan del último videoclip que ha salido y de las últimas tendencias. Discursos como el de Navalón, con la pretensión de salvaguardar los valores establecidos frente a la superficialidad de la juventud, están infravalorando a una generación que pisa fuerte y reivindica el derecho a disfrutar de su emancipación cotidiana.

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