Los que faltan y el espejo mágico

Lunes 24 de Octubre de 2016
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“Sabemos que el camino hacia la libertad siempre ha sido acechado por la muerte”
(Angela Davis)
“Si estás atravesando un infierno, sigue caminando”
(Winston Churchill)

LOS QUE FALTAN Y EL ESPEJO MÁGICO

Dónde están, cómo son, de qué manera tenemos que hablarles, qué les asusta, qué les atrae... Así, día tras día, parece que todas y cada una de las personas que participan en el debate –difuso y fragmentado– en torno a la noción de “los que faltan” fuesen científicos debatiendo sobre cómo acercarse a una recién descubierta civilización alienígena. “A veces veo a los que faltan” se leía el otro día por las redes sociales, como si de un ente fantasmagórico o espiritual se tratase. La paradoja aquí es que la puesta en el centro del debate de ese grupo heterogéneo que son “los que faltan”, antes que suponer la mera posibilidad de un proceso de cierta inclusión termina cristalizando como un alejamiento. Es la distancia propia y necesaria del analista o el científico.

Pero ¿cómo definir “los que faltan”? Para contestar, primero sería necesario tener cierto acuerdo sobre muchas cuestiones previas, por ejemplo, ¿”los que faltan” son algo singular de todo este proceso o podría decirse que otros “han faltado” en otros momentos históricos? ¿podría decirse que alguna vez “los que faltan” han existido al margen de que se haya tenido conciencia de ellos, o al menos de que faltaron, con la perspectiva del tiempo? Respecto a la primera pregunta deberíamos movernos, no tanto a los momentos de ruptura, de cambio de las formas de organización social, política y económica, sino más bien a sus vísperas, al momento inmediatamente anterior, para comprobar si algún grupo, por heterogéneo que fuese, de alguna manera, decantó la balanza del lado del cambio social. También deberíamos prestar atención a los momentos de regresión social y política que han sido propiciados por cierto factor popular, tratando de encontrar ejemplos en los que las porciones de población perjudicadas por un orden de cosas previo, en ausencia de otros horizontes de esperanza que conectasen con ellas, constituyeron el empujón necesario –que faltaba– para que un momento de cierta ruptura tomase esos caminos regresivos. La segunda pregunta se relaciona en gran medida con esto. Si encontrásemos esos ejemplos descritos anteriormente, esa ausencia de otros horizontes de esperanza bien podría ser resultado de no haber tenido conciencia de que faltaba alguien a quien ofrecer dichos horizontes.

Resolver de forma rigurosa todos esos interrogantes es tarea ardua y que desborda estos moldes. En cualquier caso, y de forma muy vaga, podríamos comenzar esbozando lo que hay detras de la expresión “los que faltan” diciendo que es un grupo heterogéneo de gente que se define como grupo en tanto que son necesitados por otra instancia. En concreto y por cómo se ha venido utilizando, por una instancia que tiene como fin materializar cambios en las estructuras sociales, políticas y/o económicas que necesita (electoralmente, pero no exclusivamente) a ese conjunto para alcanzar dicho fin. En ese sentido laxo, “los que faltan” efectivamente son un ente fantasmagórico que cabría ver en un lugar o en otro; ¡incluso en muchos al mismo tiempo! En un siguiente paso, la lógica nos podría llevar a pensar que los contenidos concretos de los cambios que buscan realizarse nos dan un retrato robot de quiénes son esos que faltan. Si de lo que se trata es de aliviar las condiciones de existencia de aquellos golpeados por la crisis, es legítimo pensar que tal vez allí están los que faltan, si es que aún no están, o estaban y se fueron. Eso, a su vez, nos llevaría a plantearnos por qué nunca estuvieron o por qué se han ido. Sin embargo, esa lógica no siempre tiene un correlato tan directo con la realidad, como muestra la constatación sólida de que las políticas que han conducido a una situación de crisis no quedan borradas del mapa, precisamente por el apoyo (decreciente pero todavía persistente) con el que aún cuentan en capas de población objetivamente perjudicadas por dichas políticas.

Como se ha puesto de manifiesto, el debate es tremendamente complejo y en cierta medida, paralizante. Otros momentos históricos en los que faltaba alguien han demostrado, sin embargo, que de dichas parálisis han surgido monstruos, barbarie; o lo que podríamos llamar “lo que faltaba”. La expresión alude a un colmo, a algo que empeora lo ya deteriorado (o mejora lo que ya es bueno, depende para quién). También lleva implícito un lamento de que en un momento pasado faltó alguien. Lo que literalmente faltaba y no llegó hizo surgir “lo que faltaba” como frase hecha. En otras palabras, la Historia y el propio momento actual en Europa nos enseñan que el impasse producido por la reflexión en torno a “los que faltan” corre el peligro de hacer surgir “lo que faltaba”, tornando a “los que faltan” en “los que faltaron”. ¿Cómo salir de este galimatías?

Tal vez los que faltan siempre llegan. El ascenso del fascismo en los años treinta y la revigorización de discursos racistas en la Europa actual ofrecen muestras de cómo, quien necesita desesperadamente certezas y protección, siempre llega. “Los que faltaban” llegaron, pero precisamente lo hicieron en forma de “lo que faltaba”, por la sencilla razón de que alguien supo poner la vela donde soplaba el viento. En la ecuación, esbozada de manera muy vana, “Los que faltan son necesitados por X para cambio social”, X es un simple catalizador y la cuestión debe poner el foco en ser el catalizador adecuado. Algo va a terminar siéndolo, sin duda. Para serlo, da la impresión de que hay que ser una especie de espejo mágico en el que la mayor parte de la gente que se mira en él, se ve reflejada por primera vez –o como la primera vez– como necesitada y necesaria, al tiempo que se reconoce a sí misma. Sea como sea esa gente. Militante, hipster o choni. Un espejo en el que todas son una especie de sans culottes de un jacobinismo posmoderno. Un artilugio imposible que por una cara refleje a “los que faltan” y por la otra el “cambio social”, que refleje al mismo tiempo el país realmente existente y un país futuro mejor. Todo en medio de una estancia a oscuras dónde es imposible apreciar exactamente cómo son esos que faltan y cómo es ese cambio social. La ecuación parece imposible, pero –aquí y ahora– “impossible is nothing”.

Jon U. Salcedo - Redactor Jefe

Jon U. Salcedo

"Desclasado de barrio obrero en proceso de reeducación voluntaria. Juro que empecé Ciencia Política tres meses antes de que naciera Podemos. Madridista de izquierdas. Fundamentalista ignóstico enganchado al pandeísmo y otras sustancias."