Las urnas son las calles, las calles son las urnas

Jueves 07 de Julio de 2016
Comparte y dispara Facebook Twitter
26J

Hemos vivido dos largos años de campaña electoral. Como si de una campaña militar se tratase —y así ha sido pensada, concebida y ejecutada por algunos—, la campaña ha llegado a su fin.

Los contendientes han tenido tiempo, espacio, herramientas y oportunidades para alinearse de una manera u otra, pero el resultado es el que es. Tras tantos años de trabajo en las calles y en los partidos, España aún no expresa en las urnas el cambio que muchos esperamos. Los resultados impiden poner en marcha las políticas que necesitamos para devolver la decencia, la dignidad y las condiciones de vida que este país necesita.

Este es el país que tenemos y no otro. Y por lo que parece, aunque ensayemos nuevas combinaciones, las piezas con las que jugamos son las que son. Las urnas, bloqueos como los denunciados por la marea granate aparte, han reflejado los deseos de la calle. Y la realidad es que, a pesar de los infinitos escándalos de corrupción, del desmantelamiento de los servicios públicos y del creciente talante franquista de nuestro Estado, la mayoría de las personas que votan siguen sin desear un cambio profundo.

Van a escribirse ríos de tinta estos días tratando de ofrecer explicación y consuelo ante los hechos, pero mientras tanto, escándalos como el ocurrido con Fernández Díaz nos ofrecen un grotesco y elocuente ejemplo de aquello a lo que nos enfrentamos. No ha sido suficiente revelar que el partido del gobierno, en su peor versión del posfranquismo, haya utilizado durante los últimos 4 años los mecanismos del Estado para sus propios fines políticos como para que la indignación que cualquier observador neutral podría esperar se exprese en el sentido de los votos. ¿Por qué puede ser eso? Las causas son múltiples, pero dos son muy importantes.

La primera de ellas tiene que ver con el acceso a la información. ¿Qué perfil de personas leen los periódicos que más han cubierto por ejemplo esta noticia (eldiario.es, Público)? ¿Qué medios lee el resto de manera general? La respuesta a estas preguntas es en parte la respuesta a nuestro problema. La mayoría de medios televisivos públicos tiende a silenciar o dar mala cobertura ante este tipo de situaciones. En cuanto a los medios privados, hoy en día es cada vez más sencillo reconocer las líneas editoriales de los grupos mediáticos hostiles al cambio en los argumentos empleados para justificar dicho voto. Los resultados electorales evidencian la crisis del periodismo a la que nos enfrentamos desde hace años.

Pero el escándalo Fernández Díaz también explica la influencia de los medios sobre la política en un sentido más. Mucha gente conoce gran parte de las tramas de corrupción de este país, y sin embargo, no actúa en consecuencia. Mucha gente conoce que existen alternativas a la austeridad, y sin embargo, su voto no lo refleja. El problema sin duda tiene que ver en parte con la censura, pero mucho más tiene que ver con la construcción de opinión. Los hechos no son hechos desnudos, sino que se filtran a través de nuestros análisis, valores, expectativas y afectos.

Un ejemplo muy claro de ello, como señala Naomi Klein en su último libro, son las actitudes hacia el cambio climático, mucho más basadas en creencias que en hechos. Desde hace años, los políticos conocen cada vez mejor esto, y por esa misma razón, muchas de las últimas campañas (Brexit, elecciones en EEUU, 26J…) han levantado duras críticas acerca de la manipulación o el desprecio por los hechos. Empiezan así ya a aparecer análisis de lo que se denomina democracia post-factual.

David Harvey recoge una famosa cita de Margaret Thatcher que ilustra poderosamente esta importancia de las creencias en política: “La economía es el método, pero el objetivo es cambiar el alma”. Palabras parecidas podrían atribuírsele a cualquier otro líder franquista. Posiblemente, la influencia de casi 40 años de franquismo y otros 36 de neoliberalismo tienen mucho más peso en el sentido del voto del 26J que todo lo que se ha trabajado desde 2011. Y tanto más es así, a la luz de los datos, cuanto más se ha vivido bajo la influencia de esos dos periodos. Por eso, independientemente de la brecha generacional, la realidad que nos golpea tras dos años de campaña es la misma: el sentido común de España sigue siendo neocon.

No se trata solo, por tanto, de mejores propuestas, más trabajo, campañas más eficientes o una nueva confluencia. El reto que tenemos por delante tiene que ver con cambiar el corazón de la gente. ¿Cómo podemos hacerlo?

La primera línea que considero importante ya ha sido sugerida. La calidad de una democracia se mide por la calidad de sus medios de comunicación. Después de estas elecciones, y con la serenidad de haber cerrado el ciclo electoral, tenemos que volver a pensar y afinar nuestros análisis y estrategias en este punto. Es bastante probable que tengamos que visibilizar y potenciar la lucha que ya existe por la mejora de nuestros medios de comunicación, sobre todos los públicos. Es probable también que nos toque ensayar nuevas formas de acción política para exigir mayor calidad y pluralidad informativa. Habrá, además, que retomar el esfuerzo pedagógico para seguir introduciendo nuevos análisis en la esfera pública, así como poner en marcha nuevas formas de socialización que fomenten y premien la actitud crítica.

Además de ello, probablemente sea necesario volver a pensar la estrategia de comunicación que ha sido adoptada por las fuerzas del cambio para conseguir mayorías. Como nos enseñó Gramsci, a las instituciones se puede llegar convergiendo con el sentido común o cambiándolo. Probablemente, en la mayoría de los casos, se trata de una combinación de ambas. Sin embargo, la segunda ha perdido mucha fuerza desde las elecciones municipales, y el discurso cada vez se encuentra más osificado, limitándose a repetir viejos lugares comunes creados por los movimientos sociales que florecieron con y tras el 15M.

Es cierto que cada vez se hace más necesario Construir pueblo, como señalan Íñigo Errejón y Chantal Mouffe en su libro conjunto. Sin embargo, probablemente haya que discutirles la forma de hacerlo. En este sentido, el camino seguido por Podemos y los partidos que se han sumado a la confluencia se ha revelado en gran medida insuficiente. Es muy difícil que el mismo representante que tiene que convencer (y sobre todo, mantener apoyos), sea el que construya nuevos discursos y convenza de su valía. En tanto que organizaciones en las que prima la lógica agregativa sobre la disruptiva, los partidos políticos se han demostrado herramientas insuficientes para cambiar el sentido común, y harían bien en buscar formas de relación más recíprocas con aquellos actores que más y mejor han cambiado la opinión pública en estos últimos años.

En tercer lugar, me parece muy importante repensar la propia actitud hacia el votante, sobre todo en cuanto a que responde a tendencias de comunicación política que transcienden nuestras fronteras. Hasta ahora, Podemos y sus confluencias han tratado de seducir a sus votantes. Para ello, se han asumido muchas de las formas y códigos que la nueva política de la seducción ha impuesto. Es cierto que la seducción despierta interés y aviva la ilusión, pero también es cierto que se asienta sobre una relación frágil, a la que además, acechan múltiples competidores.

Por otro lado, el precio a pagar es alto, en la medida en que los códigos de la seducción favorecen una cultura política del tuit, basada en la emoción fácil, el poco respeto a la verdad y la idea de que la comunicación política debe entretener. Y si bien puede entenderse que tiempos de desafección política sean respondidos con una política basada en el entretenimiento, dicha respuesta solo se justifica como una solución simplona que no aborda realmente el problema. La política no interesa a la gente porque no se percibe como solución a los problemas de la vida cotidiana. Y por eso, la incursión de la política en el entretenimiento sólo funciona en tanto que espejismo: se puede entretener a alguien durante un rato, pero solo se le convencerá si se comparten ciertos puntos de vista.

Contra esa actitud de seducir, ya hace años movimientos sociales y algunos partidos vienen hablando de enamorar a la gente. Se trataría, en este sentido, de sustituir el recurso a la pasión por la construcción de afectos comunes.

Los afectos, a diferencia de la seducción y las pasiones, presuponen una mayor sintonía en el discurso. Pero sobre todo, los afectos sólo funcionan cuando el discurso se inscribe en prácticas materiales compartidas, pues son estas prácticas las que atrapan, enamorando a quien las experimenta. La seducción logra espectadores temporalmente atraídos, mientras que el enamoramiento construye comunidades activas y estables. Por ese motivo, son estas prácticas las que, permitiéndonos ser partícipes de ellas, empujan a quienes las viven a querer extenderlas con más fuerza. Así, la estrategia que tracemos a partir de ahora haría bien en conocer e informar mejor sobre experiencias reales y concretas de cambio, así como crear – desde donde podamos – condiciones de posibilidad para que éstas se desarrollen.

Finalmente, frente al riesgo de manipulación implícito en estrategias basadas en la seducción, nuestro mejor recurso sigue siendo el de siempre. La batalla más importante en la construcción de nuevos sujetos capaces de posibilitar el cambio se sigue dando en el campo de la educación. El franquismo y el neoliberalismo nos han dejado una ciudadanía atomizada, desempoderada, conservadora, y con serias dificultades para confiar en el otro. Es esa ciudadanía la que se deja convencer por la xenofobia, por la fatalidad (la crisis) o por el miedo (a Venezuela, a los mercados, a perder lo poco que nos queda). Sustituir esos análisis por otros tiene que ver con reforzar nuestros diagnósticos de la crisis social, ecológica y económica que sufrimos desde hace años, pero también tiene que ver con fomentar nuevas formas de identidad ecológicas y comunitarias que los acompañen. Las vías para lograr esto son múltiples. Todas, sin embargo, nos son necesarias.

Sin seguir estas líneas, me temo, el espejo que aspiran a ser las elecciones (con más o menos distorsiones) no dejará de devolvernos un reflejo monstruoso. Las urnas son las calles, y las calles son las urnas. No podemos olvidarlo.