El Jefe Infiltrado, el safari obrero de La Sexta

Martes 17 de Noviembre de 2015
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Jefe Infiltrado - infografía

Los pocos minutos que he pasado viendo El Jefe Infiltrado —la bilis generada siempre desemboca en zapping— me suelen traer a la mente líneas de un himno, en mi opinión el mayor himno de los de abajo jamás escrito; me refiero a Common People de Pulp. En la canción una niña pija conoce a un chico y le pide que le lleve a hacer cosas normales. La ruptura es radical, cosas normales que son excepcionales para esa niña pija. El momento glorioso de la canción llega cuando tras unos minutos de una especie de tutorial de cómo ser pobre, Jarvis Cocker llega a la conclusión de que ella nunca podrá vivir como gente normal, por la sencilla de razón de que siempre tendrá un botón del pánico —su papi— que le sacará de ese infierno automáticamente. La oda llega a su clímax con el epítome de esa nación inconsciente, innombrable, heterogénea y dispersa: "nunca vivirás como gente normal, nunca harás lo que la gente normal hace, nunca fracasarás como la gente normal, nunca verás tu vida desvanecerse, ni bailarás, beberás y follarás porque no hay nada más que hacer". La verdadera esencia de la vida de los de abajo, de los pobres, de los oprimidos y, tal vez, lo único genuinamente común, es la no elección del horizonte de posibilidades reales: nada de lo que podemos hacer en tanto que dominados es algo realmente elegido. Mientras va cristalizando una nueva sociedad en la que el viejo cuento del ascenso social cada vez tiene un aspecto más falaz —insto al lector a que haga un ejercicio y piense de cuántos ascensos laborales ha sido, no ya protagonista, sino testigo—, bailar, beber y follar no es una opción más entre muchas, es probablemente lo único que le queda a uno, siendo de abajo, para saborear unas finas trazas de eso que llaman vida.

Volviendo al programa, parece claro que la lógica subyacente va dirigida a rejuvenecer el viejo cuento del que hablaba. El relato presenta a un jefe practicando una especie de entrismo en su propia empresa, para después tener una serie de entrevistas con algunos de sus empleados, los cuáles le han confiado temores, secretos o ilusiones, que en ocasiones toman la forma de trascendentales y catárticos en la dirección empleado-jefe, pero que son siempre huérfanos de reciprocidad real: existe un trasvase de verdad desnuda en una dirección y de farsa premeditada en la opuesta. De hecho, es esa asimetría la única razón de ser de todo el asunto sin importar demasiado hasta qué punto las situaciones que se muestran son más o menos espontáneas. En las mencionadas entrevistas, el jefe, se dispondrá a anunciar medidas y acciones relacionadas con el trabajo que cada uno de ellos desempeña. Pero no sólo, también anunciará acciones destinadas a aliviar cada uno de los temblores de la cotidianidad de los empleados. Estas acciones consisten en inyecciones económicas, ascensos laborales, ayuda y asistencia frente a problemas familiares, etcétera.

En definitiva supone una subversión del Estado del bienestar revestida de espectáculo. Como en esa otra hez llamada Cámbiame Premium en la que se acometen obras públicas por gracia del Imperio, antes catódico y hoy digital: hasta el liviano Estado de Adam Smith queda parcialmente despojado en este caso. El Estado ni está ni se le espera, es el jefe superestrella quien, descendiendo heroicamente desde el cielo del producto hasta el infierno de la producción, alivia la dureza de dicho trabajo o de las condiciones que lo rodean. Es, de hecho, la venida del dios creador y ordenador de ese mundo en el mundo que es una empresa. Cuando los trabajadores se dan cuenta del engaño, se sienten desnudos: víctimas de una cierta violencia que les alecciona para sentirse, paradójicamente, inseguros de no vivir a través de dicha violencia. El patrón es calcado al del maltrato machista: te pego para protegerte. Después, con el empleado despojado, a la intemperie de lo real, llegan las caricias.

Existe una lógica subyacente en la que el jefe está dando más de lo que se le exige. El truco es muy sencillo pero es costoso de percibir en un mundo que sanciona como simétricas relaciones que no podían estar más lejos de serlo. No hace falta ponerse demasiado marxista para llegar a un mínimo consenso en torno a que existe cierta tensión entre las posiciones del jefe y del empleado. Todos estaríamos de acuerdo en que el empleado es un individuo subordinado al jefe, es decir, el jefe tiene una posición de poder sobre el empleado. Esa posición de poder le confiere unos privilegios de uso potencial. Cuando el jefe hace uso de esos privilegios habitualmente escuchamos el clásico “bueno, es el jefe...”, como si hubiese una normalización y naturalización de esa relación asimétrica. Si se impone la percepción de lo inclinado como llano, todo esfuerzo de quien está abajo por situarse un poco más arriba o cualquier petición a quien está elevado de que descienda parcialmente será visto como injusto, excesivo y carente de sentido. Esto se ve muy claro en los periodos de huelga: tendemos a interpretar el momento anterior a la huelga como de equilibrio armónico, convirtiendo a la huelga en una perturbación externa e incómoda. Por otro lado todo gesto, por pequeño que sea, de quien ocupa la posición elevada será visto como una obra de misericordia y bondad extrema, pues nadie le obliga y ha alterado a nuestro favor ese equilibrio ilusorio.

El sencillo truco excita nuestras lógicas más básicas y acríticas: “¿ves? Ha engañado a sus empleados pero para conocer sus problemas de primera mano y poder ayudarlos”. El Jefe Infiltrado es muchas cosas y una de ellas es sin duda el esfuerzo por legitimar la dominación presente y creciente en nuestras relaciones laborales. Esto es algo —evitemos la ingenuidad— razonable a tenor del modelo productivo al que nos encontramos adscritos; el manoseado keynesianismo también lo era parcialmente. El problema es que es un esfuerzo de legitimación demasiado tosco, vacío y simulado. Da la sensación de que, en este punto de desarrollo del capitalismo, bastase con sacar por televisión a cuatro o cinco empleados que se benefician de una suerte de actos de gracia de su jefe para que millones de espectadores interioricen ese mensaje incorporándolo al marco interpretativo de sus relaciones laborales personales. Sólo por eso ya se merecería un boicot toda empresa que accediese a participar de ese circo triste y distópico.

Para terminar, y volviendo a Pulp, la pregunta aquí sería ¿habrá podido el jefe entender de verdad a sus empleados? Para hacerlo, Cocker nos recuerda, debería sentir en sus carnes aquel temblor; el de la irrevocabilidad de su situación. Para que un jefe pudiese acometer medidas desde un genuino entendimiento de los temores y fantasías de sus empleados, este debería ser víctima de otra farsa superpuesta, por ejemplo, que le relegasen a empleado a fin de que temblase cual empleado y después lo volviesen a ascender, tras el suficiente tiempo temblando. Tal vez así, como el prototipo de carnívoro que abraza el veganismo no tras presenciar lo que acontece en un matadero sino tras ser confundido con un ternero, podría el de arriba entender la verdadera naturaleza de su posición.

Jon U. Salcedo - Redactor Jefe

Jon U. Salcedo

"Desclasado de barrio obrero en proceso de reeducación voluntaria. Juro que empecé Ciencia Política tres meses antes de que naciera Podemos. Madridista de izquierdas. Fundamentalista ignóstico enganchado al pandeísmo y otras sustancias."