El delirio circular del régimen

Miércoles 12 de Octubre de 2016
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El delirio circular del régimen

Nos contaba el maestro Jorge Luis Borges en El Milagro Secreto (1943) la historia del ficticio Jaromir Hladik, un oscuro escritor checo arrestado por la Gestapo el 19 de marzo de 1939. En el relato, Jaromir es condenado a muerte y se fija su ejecución para diez días después en virtud del deseo administrativo de obrar pausada e impersonalmente, como los planetas y como los vegetales. Durante los días previos a la fecha fatídica, Jaromir flirtea con la locura; imagina todos y cada uno de los posibles escenarios, imagina una descarga de plomo cercana, otra lejana, imagina patios de ángulos cambiantes y toda serie de pequeñas variaciones. Bajo la creencia de que la realidad no suele coincidir con las previsiones, llegó a la conclusión de que prever un detalle es impedir que suceda; así, inventó, para que no sucedieran, los más atroces pormenores de su pronta ejecución.

En su última noche de vida abandonó esa compulsión ante la imagen de un drama que nunca consiguió concluir: Los enemigos. En la obra, el barón Roemerstadt recibe en su biblioteca una serie de visitas de personajes que resultan ser sus secretos enemigos. Poco a poco la acción se retuerce, se menciona a Julia Weidenau, novia del barón y a un tal Jaroslav Kubin, que alguna vez importunó a aquella con su amor y que ahora, enloquecido, dice ser el mismo barón. En el tercer acto crece el surrealismo, reaparecen personajes descartados o asesinados. También se repite el diálogo que abría el drama sin variación alguna. El espectador entiende. Roemerstadt es Kubin y el drama nunca ha ocurrido: todo se trata del delirio circular que vive el propio Kubin.

El delirio circular del régimen

La obra tenía un carácter métrico en forma de hexámetros que le permitía a Jaromir examinarla continuamente sin la presencia de manuscrito alguno. Pensó que le faltaban dos actos y que apenas le quedaban unas horas de vida. Allí, en la oscuridad de la víspera de su muerte, ante la constatación de que si existía, lo hacía como autor de Los enemigos, Jaromir le habló a Dios y le pidió un año más para acabar su drama. La conclusión del drama podía justificarlos a los dos. La mañana del 29 de marzo, cuando la orden de disparar fue puesta en el cielo y una gota rozó la sien de Jaromir, el universo físico se detuvo. Las armas convergían sobre Jaromir pero todo estaba inmóvil. El humo de los cigarrillos suspendido, las gotas de sudor encaramadas a la piel. Jaromir pensó estar en el infierno, pensó estar loco o muerto. Incluso durmió, inmóvil junto con el resto del universo, antes de entender. Dios le había concedido un año más para acabar su gran obra. El milagro secreto era ese: lo mataría el plomo que estaba destinado a matarlo, a la hora marcada, pero en la mente de Jaromir trancurriría un año entre orden y ejecución.

Es octubre de 2016 y sin saber muy bien cómo, España parece no poder salir de un loop infernal. Cree estar loca y a veces muerta. El –cada vez menos llamado– Régimen del 78 se nos muestra aquí como Jaromir Hladik; en sus anunciadas últimas horas, una imagen lo cautivó: la enésima Restauración. Nunca acabada, siempre inconclusa. Una Restauración siempre parcialmente escrita. En términos generales, una Restauración española propiamente dicha, como el drama de Hladik, siempre presenta enemigos secretos, un régimen que dice ser quien no es, la reaparición de personajes que parecían descartados o muertos. Tá, pá, pá. Todo lo que le acontece al régimen oligárquico español tipo no es más que su propio delirio circular.

El delirio circular del régimen

Siempre en deuda con alguien más, el Régimen le pidió más tiempo a sus dioses para acabar su inconclusa obra, la Restauración, y desde entonces todo parece inmóvil. Los dioses del Régimen son bien distintos al del bueno de Jaromir, pero sabemos que en ocasiones se nos aparecen como letras con dos brechas y tienen el poder de materializar nuestros deseos (en función de la intensidad de su presencia), al menos en este mundo, tan transformado por ellos que aquello que lo crease ya no importa más. La conclusión del drama podía justificarlos a los dos, después de todo. El Régimen del 78, sea lo que sea esto, morirá tarde o temprano, no hay duda de ello. La orden ya está dictada. El plomo llamado a matarlo lo hará finalmente. De alguna manera, es como si ya estuviese muerto. Veremos cuánto tiempo transcurre entre orden y ejecución, y si su gran obra, la enésima Restauración, será finalmente completada. Y de serlo, cómo.

De producirse una Restauración, ténganlo claro, llevará –gatopardianamente– un envoltorio de cambio. Somos testigos directos de la escritura de esa gran obra (¿exclusivamente pasivos?). La cuestión inevitable aquí es la inversa: si un cambio propiamente dicho debe pagar el precio de llevar un envoltorio más parecido al de una Restauración. Quien casi siempre ha mandado sabe cómo mantenerse mandando y no clama al cielo por la pérdida de una autenticidad estéril. Quien casi siempre ha obedecido, sin embargo, suele aferrarse a esa idea de autenticidad como quien no tiene nada más. Tal vez aquello de dejarse el alma, es lo que marca la diferencia y cualquier cosa menos una metáfora. Es en esa dialéctica, en esa tensión, en la que nos hemos solido encontrar con la derrota. Sin embargo, las vicisitudes a las que se enfrenta Jaromir Hladik cuando todo parece divinamente determinado nos enseñan que hay cierto margen, incluso cuando nuestra capacidad de transformación parece nula. Las emociones, los sentimientos, los estados de ánimo –en ocasiones– moldean pensamientos de aspecto pétreo.

Decía Gramsci, de manera un tanto provocadora, que “el elemento popular siente, pero no siempre comprende o sabe” y que, al contrario, “el elemento intelectual sabe, pero no siempre comprende y, especialmente, siente”. De la misma manera, en medio de la parálisis del universo físico, la mente de Jaromir Hladik se cuestiona sobre si sus verdugos comparten su misma angustia, anhela comunicarse con ellos, llega a querer el patio en el que se encuentra e incluso modifica su concepción del carácter del barón Roemerstadt ante uno de los rostros que lo enfrenta. Piensa y siente, en definitiva. O piensa sintiendo. En cualquier caso, nada escapa a la potencia de cambio, aunque esta se filtre por escarpados e insospechados desfiladeros que nunca es sabido dónde desembocarán. Que alguien le pregunte al PSOE, personaje estelar del drama, barón de barones, piedra angular del delirio circular en el que nos hallamos atrapados. El drama sigue escribiéndose...

El delirio circular del régimen

Jon U. Salcedo - Redactor Jefe

Jon U. Salcedo

"Desclasado de barrio obrero en proceso de reeducación voluntaria. Juro que empecé Ciencia Política tres meses antes de que naciera Podemos. Madridista de izquierdas. Fundamentalista ignóstico enganchado al pandeísmo y otras sustancias."

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