¿Cómo vivimos aquel 15 de mayo de 2011?

Miércoles 18 de Mayo de 2016
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Seis redactores de Dispara Mag cuentan, cinco años más tarde, como vivieron ese 15 de mayo de 2011.

Kyan

En 2011 era un novato estudiante de Ingeniería de Minas, igual de desastroso que ahora pero mucho más improductivo para la sociedad, pasábamos los días jugando al póker y a la playstation en casa de un colega que vivía en Goya, se acercaba la campaña electoral, las calles se volvían a llenar de esa gente que para mi existencia era totalmente irrelevante. Por aquel entonces, redactaba en un blog, solíamos poner mierda viral para conseguir visitas y pasta, pero mi jefe, fan absoluto de Rosa Díez, creyó que aquella manifestación del Democracia Real Ya (en la que participó UPyD posicionándose en contra de la Ley D'hont) era importantísima. En cuanto se enteró que había gente acampando me envío para la Puerta del Sol a que me enterara de cosas. Pobre magenta, jamás sabrá que aquel gesto cambiaría toda mi vida (Edu, allá donde estés con tus empresas, eres un buen tipo).

Llegué a las 10:30 de la mañana del 16 de Mayo, un grupo pequeño de gente había construído una caseta con unos palés para guardar las mochilas y los sacos, todo se centraba en eso, unos pocos bártulos alrededor de una farola. Llegué y me presenté, no sabía muy bien que decir ni que hacer, así que vi que estaban haciendo pancartas pidiendo la libertad de los detenidos en la manifestación del día 15 y me puse a pintar, aquel día nos centramos en eso, en difundir la "acampadasolhastael22M" y en informar a la gente, aquella tarde, a las 20:00 se produjo la primera de una serie imparable de concentraciones masivas en la puerta del Sol.

Marché a casa, con la firme intención de volver al día siguiente por la mañana, no tenía ni internet en casa, ni móvil chulo ni esas cosas que hay ahora, por lo que estaba bastante alejado de todos aquellos "trending topics". A la mañana siguiente, 17 de Mayo, me levanté pletórico, cogí cosas que tenía en casa, unos zumos, cintas adhesivas, tijeras, todo lo que pensé que haría falta, me bajé del metro en Callao y bajé corriendo la calle Preciados, pero al llegar, todo se vino abajo, solo había furgones policiales y rastros de una trágica noche, fue la primera vez que sentí la rabia, esa que desde entonces brota en cada injusticia. Me acercé con mucho cuidado a la parte central de la plaza. Allí, un Asturiano ( Segundo) daba declaraciones a la prensa "La Asamblea de Sol en el Exilio se ha reunido y no va a consentir que se silencie nuestra voz, a las 12:00 estaremos en plaza de Castilla con los detenidos, y a las 20:00 volvemos a convocar en Sol" Segundo se fue a dormir, y por allí apareció un destartalado chaval de larga estatura, con unas zapatillas blancas, un pantalón corto y una sudadera azul, era la primera vez que veía a Miguel Diéguez. Tomó el relevo de Segundo y se erigió como portavoz de las atrocidades que aquella noche se cometieron, yo, anonadado ante tantas cosas desconocidas busqué un rostro amable con el que empatizar. y fue allí, donde girando la mirada encontre a Carlos Loz Garrido un pequeño estudiante de instituto aguerrido y valiente como todos los allí presente, al grupito se nos unió Daniel Zettel, un fotógrafo murciano un poco raro, y una estudiante de enfermería. Partimos hacia Plaza de Castilla a exigir la libertad de los detenidos, ahí fuimos al menos 100 personas, y es de donde salen aquellas fotos de Diéguez declarando ante la CNN, pasaba todo muy rápido.

Al día siguiente, lo habíamos logrado, la acampada tomó forma, se empezaron a erigir pilares hechos con tableros, con rollos de cartón, con hierros de algún contenedor de escombros, lonas azules nos protegían de las lluvias primaverales que en aquel Mayo de cambio, no fueron pocas, aterricé en una mesa, cerca de uno de los quioscos de prensa, les pregunté "¿Qué hacéis aquí?" A lo que Borja y Patri, dos hippies inolvidables respondieron "Esto es la comisión de coordinación interna, nos encargamos de que todas las comisiones funcionen correctamente y de gestionar el reparto de tareas" y ahí me quedé, hasta el 8 de Junio. Estudiando informática y programación en el mostrador (asignatura que aprobé, por cierto, de manera magistral).

Muchas las historias, la emoción, la ilusión, el "mamá, déjame, que con esto vamos a cambiar el mundo", mucho lo que aprendimos, y maldito sea el tiempo que nos borra poco a poco las emociones que grabamos en la piel.

Soñamos, porque nuestros abrazos y nuestras sonrisas no se pueden comprar, y luchamos, porque en la resignación, nunca nos van a encontrar.

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Daniel

Hace cuatro años leí por twitter la convocatoria a una manifestación. Por aquél entonces tenía 17 años, y si bien ya había visto otras convocatorias (huelgas, manifestaciones por la vivienda...) de algún modo me sentí partícipe de la llamada al 15M. En ese momento empezó un proceso que duró una semana, en el cual tuve que convencer a mis padres de que me dejaran ir. Ellos no querían, tenían miedo, asociaban las manifestaciones con radicalidad, pero la discusión del mismo día 15, durante la comida, terminó con un "¡Pues haz lo que quieras!".

Esa frase me bastó: fui a mi habitación, cogí la mochila, una botella de agua, tres rotuladores gordos, y cinta aislante. Salí de casa diciendo: "¡Chao, nos vemos esta noche!". Por el camino cogí un cartón y un palo y la pancarta ya estaba hecha. Quedé con Diego Jiménez y andamos Alcalá con cientos de miles de personas pidiendo el cambio. A eso de las 9, cuando la manifestación había terminado, alguien lanzó una litrona a los antidisturbios y cargaron. Nos escondimos en el Rodilla, pero el dueño nos echó. Corrimos a la cúpula de cristal de Sol, porque a las puertas había todavía un grupo de manifestantes arrodillados, con las manos en alto, gritando "¡Estas son nuestras armas!" a un grupo de 20 antidisturbios. Tras media hora, se fueron. Entre vítores y gritos de alegría mi amigo y yo nos despedimos, cogí el tren a casa; al llegar, mis padres veían contenedores ardiendo en Antena3. Les conté todo lo que había sucedido, pero en sus ojos veía más simpatía por lo que contaba Antena3.

Los días siguientes no fui a clase, madrugaba para ir a la plaza y hablar con la gente. Ayudé a hacer varios carteles y participé cuando podía en Infraestructuras. Me tosté bajo decenas de asambleas. Conocí anarquistas roncos que decían estar detrás del 15M, hippies que hablaban de control mental, jubiladas que nos decían que ya era hora y que hiciéramos lo que ellas no habían podido hacer. Después llegaron las asambleas a los pueblos, y durante un año construí con vecinos y vecinas lo que ahora se presenta al Ayuntamiento como GANEMOS Valdemoro.

Dos años después, mi madre, celadora del hospital Clínico, participa en todas las mareas blancas, lee Revista piKara, dice que cuando tenga tiempo se meterá en una asamblea feminista. Mi padre (arrastrado por ella) vino a las Marchas de la Dignidad y mi madre dijo que se le cayeron las lágrimas. En las últimas elecciones europeas, toda mi familia (abuelas, tíos, primos) votaron a Podemos.

El 15M ha cambiado el país, sí, pero porque nos ha cambiado a nosotros. Nos sentimos más cómodos en el suelo de las plazas, en la horizontalidad del turno de palabra, hemos ganado desconfianza respecto a los grandes medios del régimen, conocemos mejor a nuestrxs vecinxs, y el sentido común ha cambiado y sigue cambiando poco a poco. Por la victoria de la gente en las urnas y por lo orgullosxs que tenemos que estar de lo que hemos construido estos últimos 4 años, #‎Feliz15M.

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Jaime

Hace cuatro años hoy, vivía mi último mes de erasmus en Bologna, Italia. La primavera había llegado definitivamente y pasábamos los días entre los jardines y plazas, preparando despreocupados los últimos exámenes de Junio. De vez en cuando veíamos a nuestros compañeros del colectivo Bartleby con los que tanto tiempo habíamos pasado de Octubre a Febrero luchando contra la brutal subida de tasas de la Universidad. Recuerdo mi llegada a Bologna como un bautismo de militancia a la italiana. Manifestaciones que duraban horas, días enteros, que recorrían toda la ciudad por todos sus puntos críticos (plaza mayor, la estación de trenes, las facultades, la autopista de circunvalación...), enfrentamientos muy tensos con la policía, manteniendo siempre la no violencia pero intentando no retroceder nunca hasta que llegaran los gases lacrimógenos, largas asambleas en la facultad de letras okupada, siempre una asistencia de unos dos centenares de personas. Habíamos llegado a Bologna en un año potente desde luego. Nada similar habíamos visto en España. El punto álgido de las movilizaciones en Italia llegó en Diciembre. El gobierno de Berlusconi, necesitado de apoyos, se enfrentaba a una moción de censura por parte del Parlamento. Desde todas partes de Italia llegaron autobuses cargados de indignación para manifestarse a las puertas del Parlamento y acabar con la corrupción de Berlusconi. El 14 de Diciembre del 2010 en Roma viví la manifestación más violenta de mi vida. Berlusconi ganó la moción de censura sobornando a dos diputados rivales. La policía había acordonado una zona de un kilómetro cuadrado para esconder el Parlamento a la ciudadanía. Los enfrentamientos con la policía tras meses de huelgas en las Universidades fueron durísimos. La gente respondio con rabia e indignación, con indiferencia hacia los destrozos. Se había organizado una campaña a varios niveles,todo el movimiento en Italia parecía estar unido, Berlusconi pasaba sus horas más bajas, acusado de prostitución de menores, el auge del movimiento 5 stelle....sin embargo el ciclo de lucha acabó aquel mismo 14 de Diciembre en Roma. Los muros parecían infranqueables, con lo cual la militancia volvió a nivel local, a pequeñas campañas por parte de pequeños colectivos, cada uno a lo suyo, esperando otra oportunidad crítica.

Pasaron los meses y llegó Mayo. Una tarde más nos dedicamos a ver cómo iba esa loca quedada que llevaba fraguándose desde hacía meses por las redes para el 15 de mayo en favor de "una democracia real ya". Era curioso ver la diferencia de reclamos; en Italia todos hablaban de casos de corrupción, de partidos, de la situación de estudiantes y profesores en la universidad, de movimientos y de estrategias.....en España sencillamente se pedía "una democracia real YA". Ea.

Todo iba normal hasta que de veras sentimos, también en la distancia, en nuestro pequeño zulo de Bologna en piazza San Francesco, un espíritu inconfundible a "evento" (aquel año me dediqué a leer mucho a Zizek). Al parecer , todo esto lo veíamos por Facebook, se había expulsado por la fuerza a unos poquísimos manifestantes que querían quedarse sentados en la Puerta del Sol a modo de protesta una vez acabada la manifestación de democracia real ya.

Y las redes ardieron. Por todos lados se compartían vídeos de cuatro chavales con cuatro esterillas siendo arrastrados por los antidisturbios.

Comparado con la organización y la disposición para la violencia controlada por parte de los manifestantes italianos, la represión sufrida por cuatro "ingenuos que piden democracia real" me hacía hervir la sangre, en un país, España, que además sufría el bochorno de no haber tenido ningún ciclo de luchas reconocible, que sufría incrédula la entrada fulgurante en una crisis y el derrumbe de todo un modelo productivo y económico.

Que parecía resignada a la reforma laboral de Zapatero del 11 de mayo del 2011, a pesar de que se nos había jurado y perjurado que dicha reforma nunca llegaría. Las redes sociales como digo hervían. Parecía que se convocaba una manifestación de repulsa en Sol ante la represión sufrida. De repente me llegó un evento titulado "15M Bologna". Lo comenté con mi compañero de piso y aventuras Alberto Maurice, también él enfrascado buscando información, vídeos, contactando con nuestros amigos en Madrid. "¿Qué te parece esto que locura no? Desde luego. Voy a contactar al organizador de este evento, no me lo puedo creer, lee bien, 15M Bologna, joder, hay un 15M para cada ciudad, para cada barrio. Redios mira este comunicado, "asamblea 15M de Tetuan a todas las asambleas de Madrid", FLIPA, mira que título, hasta ahora era un sueño leer algo así, joder joder joder. Tú Alberto, esto del 15M Bologna lo ha organizado otra erasmus española, literalmente me ha dicho que le ha parecido importante lo que estaba pasando en España y que porqué no ibamos a hacerlo aquí también. Hemos quedado a las siete de mañana para organizarnos." Aquello era auténtico amor colectivo, no había más que chispazos de conexión entre miles y miles de personas.

Desde entonces la noche fue una locura y el día siguiente también. Asamblea 15M Bologna con unos 20 participantes, estudiantes de muchos lados que no compartíamos más que la necesidad de sentirnos partícipes, de ayudar a crear. Esa fue la gran lección. Aprendimos que lo que sería dependía exclusivamente de nosotros. Todos teníamos algún contacto que podía ayudarnos a montar algún evento, alguna conexión con Sol, ayudarnos a organizar la quedada nocturna en la plaza. Alberto y yo llamamos a nuestros amigos de Bartleby, que vinieron con nosotros a Plaza Mayor, donde los españoles y los carteles eramos cada vez más.

Nuestros compas italianos sencillamente alucinaban con nosotros. Los eslóganes les parecían de lo menos radical del mundo. "Democracia real" "no hay pan para tanto chorizo" (explicar esto fue ligeramente complicado) "Pan Casa y dignidad" en definitiva. Pero la potencia expresiva, la ilusión palpable..españoles tomando la plaza mayor de Bologna en protesta por la corrupción de su país. Pidiendo a los italianos que se les unieran. Hicimos asambleas conjuntas.

Algo que impactó a los militantes más veteranos de allí fue que asistieron muchos italianos muy despolitizados, que no habían participado de las protestas de tan sólo unos meses atrás, pero con la misma sensación de estafa día tras día. En los esloganes ingenuos del 15M sí que se sentían identificados.

En Bologna la cosa no fue mucho más allá, los exámenes estaban a la vuelta de la esquina y después de dos noches y tres días ocupando la plaza mayor y haciendo presentaciones y asambleas, bastante habíamos hecho. Intentamos que con el paso de los días cogieran las riendas y siguieran con el impulso los italianos pero era complicado, situaciones distintas, culturas políticas distintas.

La tecla que habíamos conseguido pulsar en España no valía tal cual para Italia. Pero todos sentimos la sensación de que en España habíamos dado con la tecla. Las emociones viajan a través de kilómetros de distancia de manera inmediata. Nunca había visto una efervescencia tan natural e ilusionante. No estuvimos en Madrid, pero sí que estuvimos en el 15 de Mayo. Se fraguó poco a poco,, en un proceso capilar y difuso de argumentos, de razones contrarias a las que diariamente se vierten por televisión, el cambio se produjo en unas pocas horas de aprendizaje colectivo, fue una auténtica singularidad a nivel social. Una singularidad es aquello que cuando se produce cambia de tal forma las cosas que sin ello no puede verse la relación entre lo viejo y lo nuevo. No olvidemos que el PSOE está donde está no sólo por su gestión de la crisis económica, sino por su gestión de aquellos días cruciales que fueron del 15 de mayo hasta bien entrado Junio, desenmascarándose, incapacitado totalmente para reaccionar a la altura de la ciudadanía. Sencillamente ellos mismos se pusieron entre la espada y la pared.

Cuatro años después nada es igual y se han creado nuevas maneras de canalizar la indignación colectiva pero el cambio necesario, el de las personas, fue la primavera del 15M.
Quiero resaltar algo que me parece muy importante y que creo que es un síntoma de la potencia extrema que tuvo el 15M; de las protestas del 2011 que surgieron en todo el mundo, sólo en España las protestas continuaron evolucionando, asumiendo la violencia para momentos puntuales de auténtica represión y falta de democracia (Gamonal y lucha de los mineros) aumentando sus argumentos. su intersolidaridad, profundizando, tejiendo las distintas luchas en algo común, sólo aquí seguimos manteniendo una cierta narrativa propia. Las primaveras árabes han sido arrasadas por las ingerencias militares de Occidente y Arabia. En el resto de Europa y Estados Unidos, ninguna otra movilización ha repercutido tanto en los cimientos de sus sistemas políticos (véase Occupy Wall Street o los disturbios en Londres 2012).
Hay razones de sobra para seguir ilusionados, para ser optimistas, para querer, para no caer en el desánimo.
Cuando queremos somos mejores que príncipes.

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Lilith

Hace cuatro años yo estaba en Francia. El 2011 fue mi primer año en el extranjero, estudiando políticas. En casa, siempre se ha hecho política: mi padre como profesor, mi madre con compromiso y activismo. Y la condición indispensable para apoyar y ayudarme a subvencionar mis estudios era firme : tenía que ir al extranjero a hacerlo. «No es una carrera que debas estudiar en España» me decían, «aquí tardarás años en poder dedicarte a ello». En aquel momento, esto era algo que me costaba entender. Con 17 años, no tenía ganas de aventuras, tenía ganas de Madrid, de mis amigos, de mi familia, de mis calles y plazas y, cómo no, del sol. No quedaba otra, y en el fondo entendía que era por mi bien. Pedí una beca y empecé a estudiar en Sorbona. Así pasaron los meses, poco a poco iba convenciéndome de que, efectivamente, la política no se estudia igual en Francia que en España. Pero este es otro tema.

Mi militancia en política hasta entonces había sido simbólica, partido comunista por aquí, pequeñas asociaciones estudiantiles por allá y colaboraciones en algún que otro periódico, nada relevante. Creo que, en aquel momento, la política para mi (por absurdo que pueda sonar) era independiente de la militancia. Yo empecé los estudios con la idea de leer, conocer e investigar. La militancia y la política activa eran cosas que veía aún muy lejos.

Así seguí mi curso universitario, lejos de Madrid, lejos de lo que allí se estaba cocinando. El 15M me pilló con la cabeza en otra parte, como decía, pero coincidió con un viaje a Madrid para ver a la familia. Llegué unos días antes de que empezase la acampada de Sol. Esos días, en la comida, escuchaba a mi padre repetir «esto va a explotar» y yo, he de reconocerlo, tenía muy poca fe en que de verdad aquello explotase. Llevaba años sin ir a una manifestación en España en la que tuviera ese cosquilleo que te avisa cuando estás formando parte de algo importante, de un trocito de la historia. Lo más parecido a una «explosión» que yo había visto, habían sido las manifestaciones de 2003 contra la guerra de Irak y era demasiado pequeña como para poder recordarlo con exactitud. Pero lo que iba a ser un fin de semana normal, de reencontrarse con amigos, estar con la familia y tomarse unas cañas, no lo fue. El mismo día 15, mi madre me llamó, en una llamada llena de ilusión, avisándome de que algo estaba pasando en Sol, ella tenía que trabajar pero me pidió que me pasase. Yo, sorprendida pero también muy emocionada, salí corriendo de casa. No llamé a nadie, ¿a quien iba a llamar? Ni mis amigos de Madrid por aquel entonces hablaban de política, ni yo hablaba de política con ellos.

Bajando Gran Vía recuerdo que pensé que todo parecía muy tranquilo, poca gente en la calle, menos tráfico de lo habitual… Pero llegué a Sol y allí estaban todos: jóvenes, viejos, familias, todo tipo de tribus urbanas, gente de todas las edades. Pensé que no me cruzaría con nadie… pero en menos de 20 minutos pude contar a una decena de conocidos: amigos del instituto, de la calle, de la noche, gente con la que había trabajado… Así pasaron los días, entre personas que estaban en la calle por muchos motivos y, al final, por uno solo: la indignación. El ambiente me recordó a cómo describía yo Madrid cuando algún amigo francés me preguntaba: «Es fácil hablar con la gente en la calle, aunque no los conozcas; los españoles son cercanos y acogedores».

No hace falta contar nada más, todo el mundo sabe como se desarrollo la acampada del 15M. Tampoco sé hasta que punto el 15M significó algo para todos nosotros, puede que simplemente fuese eso, que necesitábamos explotar, que la situación ya no se sostenía, que las cosas tenían que cambiar. Durante mucho tiempo, dejamos de hacer referencia al 15M, que quedó casi como algo insignificante. Ahora, cuatro años después, si tengo que marcar la fecha en que, para mi y mi familia y amigos, cambió algo, seguramente fue ese 15 de mayo.

Por mi parte (algo que hasta entonces no había sido tan evidente) entendí que la política es indisociable del activismo, que la política, empieza y termina en las calles. Entendí que esa era la manera que me gustaba de hacer política. Mi madre, desde ese momento, volvió a disfrutar con ella, ahora, cuatro años más tarde, es activista de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca y para mi, un ejemplo de lucha y agallas. Mi padre, cansado de repetir que en este país nunca pasaría nada, ahora se emociona y se enfada como cuando tenía 20 años y ha cambiado el pesimismo por un leve atisbo de confianza, especialmente en los jóvenes.

¿Quien cruza hoy la puerta del Sol y no levanta la vista buscando alguna bandera o pancarta?

Una de las muchas virtudes del 15M fue volver a acercar la política a la gente, conseguir que tu amigo de la infancia o el panadero de tu barrio se pregunten por cómo están las cosas… y que las discutan, que no se traguen todo lo que desde los medios nos quieren hacer tragar.

En una nación libre, poco importa que las personas razonen bien o mal : basta con que razonen, de ahí nace la libertad que garantiza los efectos de estos razonamientos, o eso decía Montesquieu. Y le duela o le canse a mi gente cercana, yo no pienso dejar de razonar, pensar y hablar la política, porque aun estamos a tiempo de conseguir que el 15 de mayo signifique mucho más de lo que ya ha significado.

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Carlos

Si hemos perdido la vida, el tiempo, todo
lo que tiramos, como un anillo, al agua,
si hemos perdido la voz en la maleza,
nos queda la palabra.
Si hemos sufrido la sed, el hambre, todo
lo que era nuestro y resultó ser nada,
si hemos segado las sombras en silencio,
nos queda la palabra.
Si abrimos los labios para ver el rostro
puro y terrible de nuestra patria,
si abrimos los labios hasta desgarrárnoslos,
nos queda la palabra.
En el principio, (mod). Blas de Otero.

Recuerdo que llegué a Cibeles en autobús. La manifestación había sido convocada a las seis de la tarde y llegaba con retraso. “No importa”, pensé. Había dejado de creer en las manifestaciones, cada vez las veía más como rituales para convencidos. Algo parecido al sermón del domingo en el que el cura se lamenta de la pérdida de los valores católicos. Una especie de calmante ideológico para sentir que cumplíamos con nuestra responsabilidad. La situación política y económica del país iba en picado hacia el desastre y no pasaba nada. Al final iban a tener razón los no creyentes y teníamos justo aquello que nos merecíamos. ¿Para qué intentar cambiar algo si todo iba a seguir igual? ¿Qué más daba llegar tarde a la enésima misa?

Entonces me bajé del autobús, giré la cabeza y miré hacia la calle Alcalá. Y en ese momento lloré por dentro, lloré de alegría y de estupefacción. No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Mi sorpresa no hacía más que crecer según me adentraba en la multitud. “No conozco a nadie y va a ser imposible encontrar a mis amigos”. Aquel pensamiento me hizo sonreír como un niño pequeño el Día de Reyes y entonces me di cuenta de que algo estaba cambiando. Algo importante y que resulta prácticamente imposible de percibir cuando te ves envuelto en ese proceso de cambio. Uno de esos elementos inmateriales que los analistas sociales sólo pueden identificar y reconstruir cuando ya ha pasado el tema. Uno de esos factores sin los que no puedes entender nada.

Recorrer la calle Alcalá era adentrarse en el crisol social que es Madrid. Afinando la vista uno podía encontrarse con gentes de muy distintas procedencias. Estudiantes, funcionarios, precarios, profesionales liberales, empresarios y hasta algún que otro miembro de las capas más altas de la sociedad. ¿Qué demonios hacían todos juntos en la calle? ¿Qué hacía Madrid en Alcalá? Esta era la pregunta más inocente que uno podía hacerse y la que con más dificultad podría responder. Y, sin embargo, la respuesta no estaba en el viento, sino en un lugar bastante más mundano: «No somos mercancías».

Tendrían que pasar unos días para que esa respuesta cobrase sentido y pudiera desarrollarse. La Acampada de Sol fue ese elemento casual que dio rienda suelta a lo que estaba pasando aquel 15 de Mayo. Si no somos mercancías, entonces, ¿qué somos? Nada más y nada menos que personas, ciudadanos, que estaban llevando su condición de ciudadanos a donde le correspondía: la plaza pública. Resulta muy difícil describir lo que ocurrió durante los días siguientes pero creo que hay una anécdota que nos puede servir para pensarlo: Me había encontrado con un grupo de compañeros de la Facultad junto a la Plaza de las Descalzas, muy cerca de donde cada Navidad se realiza el Cortylandia. Estábamos charlando y discutiendo sobre lo que estaba pasando, intentado dar sentido a lo que allí ocurría y pensando conjuntamente qué era lo que había que hacer. Alguien tocó mi hombro y cuando me di la vuelta me di cuenta de que estábamos rodeados de gente escuchando. “Por favor, abrid el círculo y sentémonos, así todos podremos participar”. Hicimos caso a ese señor y nos pusimos a discutir: empezamos a hacer política.

Cualquiera que recorriese los alrededores de Sol aquellos días se encontraría con la misma situación repetida en cada esquina que diese la sombra. Personas, ciudadanos, discutiendo sobre qué necesitaba el país sin importarle quién tenía delante. Daba igual que fueras de uno u otro partido, o si jamás te había interesado lo más mínimo la política. Lo importante, lo fundamental, era encontrase en la calle y discutir sobre qué había que hacer. Habíamos dejado de ser mercancías políticas para convertirnos en ciudadanos, y eso era un cambio imparable.

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Jon

“No es un problema personal” decía estos días el número 3 de la lista de Podemos a la Comunidad de Madrid, don Ramón Espinar. La indignación no mediada por representación alguna tomó las plazas hace hoy 4 años. Los gritos eran muchos, pero el eco resonaba en la dirección señalada por Espinar: no es un problema personal. No es un problema cuya solución pudiese encontrarse en las ya entonces crecientes secciones de autoayuda de las librerías. Lo dice alguien que fue relativamente habitual de esas secciones, alguien que sufría porque estaba haciendo algo mal, alguien que declaró orgulloso ser apolítico durante 27 años, alguien al que le contaron de mil maneras distintas que el sistema funcionaba, alguien a quien enseñaron a desconfiar de los perdedores —no eran buen ejemplo— y a idolatrar a los ganadores, o mejor dicho, idolatrar la idea de ganar. De gozar, al fin y al cabo. Alguien tan obsesionado con gozar que, paradojicamente, sufría casi todo el tiempo. Alguien que hacía sufrir, como reflejo inevitable de su propio sufrimiento, a sus seres queridos, cuando estos no adoraban a sus mismos dioses: el mandato del goce. Un fundamentalista. El escenario era demencial: por un lado, los demás eran la causa de su sufrimiento; y, por otro, el sufrimiento propio era la causa del sufrimiento en el resto. En algún lugar leí que en el altar del diablo, arriba es abajo, el placer es dolor, la oscuridad es luz, la esclavitud libertad y la locura cordura; de la misma manera, todo mi sufrimiento estaba ordenado por un ideal: gozar. Todo al revés. Yo mismo era ese altar del diablo. Yo mismo era fuente y distribuidor de sufrimiento. ¿Algo más satánico que eso?. Y un 16 de mayo los gritos de la multitud me despertaron. Tardaron un día en despertarme. Quién no se aferra a la almohada como símbolo de una pesadilla a la que se ha acostumbrado. Hoy nuestras televisiones y nuestros barrios todavía se llenan de personas aferradas a almohadas.

Y ahí estaba yo: atrofiado pero lúcido. Por eso el 15M ocupó mi cabeza más de lo que yo ocupé las plazas, a las que, a duras penas por la severa atrofia, temeroso, también me asomé. Conecté mi sufrimiento con otros muchos sufrimientos. Comencé a leer con ansia, con el ansia que bebe quien lleva vagando años por un desierto, alucinando con estar rodeado de oasis, con la boca llena de arena, obsesionado con disfrutar de esa experiencia. Y cuánto más bebía letras, con menos nitidez veía aquellos falsos oasis. Aún los veo de vez en cuando y necesito frotarme los ojos. A veces, caigo y me decido a beber de ellos. Como un adicto, siempre lo seré, supongo. Son los días en los que a uno se le llena la boca de tierra y por un momento es posible gozar imaginando que las cortantes aristas de esos diabólicos granos de arena a través de la laringe son las caricias que un finísimo elixir deja en la garganta. Pero ya nada es igual después del 15M. En el fondo todo el rato sé que es arena. Simplemente juego a que no. Por eso, desde el 15M, prefiero rezar a mis demonios antes que a mis dioses. El sistema me adiestró como demonio, después de todo. Prefiero no perder de vista el maltratador, el micromachista de guante blanco, el yo-no-soy-racista-pero, el homófobo a tiempo parcial, el sociópata desalmado, el capitalista depredador, en definitiva, le rezo a mis demonios, a todos los que me habitan. Esos demonios siempre resurgentes. El sistema es despiadado porque genera individuos despiadados. Como poco, genera individuos con un modo despiadado listo para activarse. ¿Qué hacer si llevamos dentro lo que queremos desterrar?. La única solución que yo atisbo, como individuo relativamente consciente de su modo despiadado, es no esconder ese modo, entrevistarme con él, estudiarlo, manosearlo. No en vano, aquel florentino que tanto se cuestionó sobre lo despiadado lo dejó muy claro: "si puedes matar a tu enemigo, hazlo; si no, hazte amigo suyo" . Nos dijeron que habíamos caído, que habíamos pecado y por eso sufriríamos. El 15M es el opuesto del ángel caído, si el 15M es de alguien es de los demonios beatificados. No por casualidad se habló años después de asaltar los cielos.

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