En busca del centro perdido

Martes 21 de Febrero de 2017
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MorenoAzqueta

No es novedoso afirmar que, por decirlo suavemente, el debate de Vistalegre II no ha sido todo lo amigable y fructífero que pudiera haber sido, y que puede que un exceso de competitividad y personalización haya enturbiado un debate interno con múltiples matices y asuntos superpuestos. Entre las diversas discusiones que se han (o debieran haberse) dado, una de ellas resulta particularmente interesante: El debate entre moderación o radicalidad.

Este debate es viejo en la izquierda, y ha adoptado múltiples formas. Habitualmente se piensa que existe un conflicto entre la radicalidad en el discurso, que tendría que ver con una cierta sinceridad política (decimos cosas “duras” porque al fin y al cabo son verdad) y una moderación que tendría mayor eficacia (“Si asustamos nunca conseguiremos cambiar nada”). Como en muchos otros casos, hoy en Podemos este es un falso dilema.

La presunción de que la moderación ideológica es prolífera en votos proviene de una visión particularmente “geográfica y unidimensional” de la ideología. Por una parte, entendemos la ideología como un espacio en el cual podemos movernos, avanzar o retroceder. Fruto de ello nuestro vocabulario es casi siempre espacial, referido al movimiento y la posición: “Posición ideológica”, “hacia la derecha”, “extrema izquierda”, “centro” … como si fuéramos figuras desplazándonos por un mapa. Por otra parte, simplificamos esta metáfora reduciéndola a una dimensión, a una simple línea. Pensamos la ideología como una línea de tensión entre dos polos, izquierda y derecha, y asumimos que los individuos se sitúan en algún lugar entre esos dos. Esta imagen está muy presente en nuestro imaginario popular, y es, de hecho, la que utiliza el CIS cuando nos pide que nos situemos en una escala del 0 al 10 entre izquierda y derecha. La conclusión lógica de esta metáfora de la línea es que, si la mayoría del electorado se sitúa, como afirma el CIS, entre el 4 y el 5, el viaje al centro reportará votos.

Me temo, sin embargo, que hemos aceptado demasiado acríticamente esta concepción. La ideología no es una línea ni se puede explicar en dos dimensiones, sino que es un conjunto caótico de posicionamientos, en ocasiones poco definidos. Tanto es así que el modelo del CIS cada vez es más criticado, dado que una parte creciente de la población no se identifica con los conceptos de izquierda y derecha, y la línea puede tender a sobre-representar el centro dándole un valor positivo (¿Quién no se quiere sentir moderado?). Es posible que mucha gente “ni de izquierdas ni de derechas” pero con planteamientos bastante radicales en ciertos aspectos, se posicionen en el 5, pero eso no les convierte en honorables ciudadanos “de centro”. Por ello muchos científicos sociales optan por medir la ideología a través de preguntas sobre temas sensibles, aunque allí el problema se traslade a qué preguntas elegir.

Por otra parte, los politólogos utilizaron tradicionalmente la idea de cleavage, que representaba una fractura estructural que dividía en dos a la población (como la clase o la nacionalidad), pero este concepto cada vez nos es menos útil: Los cleavages tradicionales ya no explican tan bien la realidad, y las propuestas de cleavages emergentes no siempre son convincentes.

El 15-M, con otros muchos movimientos sociales, fueron de los primeros en poner en duda que la división izquierda-derecha fuera a estas alturas realmente útil para explicar el conflicto político, y propusieron por ello nuevas fórmulas tales como el famoso “los de abajo contra los de arriba”, o “somos el 99%” de Ocuppy Wall Street. Las divisiones habituales que partían en dos a la sociedad (con una tendencia en general al equilibrio, aunque una parte pudiera ser ligeramente mayor que la otra) dejaban de tener validez, no sólo porque esas sociedades hubieran sufrido un proceso general de desafección política desde los 70 (aunque el caso español sea algo distinto), sino porque nuevas verdades emergentes eran compartidas por la inmensa mayoría de la población.

Entendíamos de pronto que la crisis tenía culpables en las élites financieras y políticas, que el bipartidismo era un sistema enfermo, herido de muerte, o que no podía ser legítimo que una familia fuera expulsada de su hogar, por muchos derechos de propiedad que el banco tuviera sobre esa casa. No es que las barreras dejasen de existir, pero se estaba construyendo un imaginario compartido de fuerte componente antisistémico que la habitual separación no lograba representar. La gente ya no se separaba ordenadamente en una escala del 1 al 10 con tendencia hacia el centro-izquierda, sino que se amontonaba alrededor de consensos que sin saberlo tenían una enorme capacidad transgresora (como poner en duda el propio concepto de propiedad o el sistema de democracia representativa establecido). De pronto todo el mundo estaba de acuerdo con parar los desahucios, pero esa posición era increíblemente minoritaria en el parlamento. Según una encuesta de metroscopia realizada en octubre de 2012, un 94% de los encuestados estaba de acuerdo en paralizar los desahucios a personas con dificultades económicas, y un 86% con la dación en pago. Eso no impidió que el PSOE acelerase los desahucios y el PP rechazase la ILP de la PAH.

La vitalidad del 15M, que se observaba en su enorme apoyo ciudadano frente a las políticas del PSOE, se mantuvo durante las mareas y en la oposición al gobierno del Partido Popular, que cosechaba desastrosos datos de aprobación y mantenía a la inmensa mayoría de la población en contra de sus reformas (y a veces incluso a la mayoría de su electorado, como en el caso de la reforma del aborto). Las europeas de 2014 fueron un momento crítico para el bipartidismo, con un PP en sus peores momentos y un PSOE aún bajo el liderazgo de Rubalcaba, incapaz de plantear una alternativa seria. En ese escenario Podemos apenas necesitó unos meses para convertirse en primera fuerza política en la gran mayoría de las encuestas (aunque estas puedan errar), incluso la del CIS, con tendencia a la estabilidad política. Y no lo hizo precisamente con un discurso moderado. Sólo más tarde, elementos como la renta básica universal o la nacionalización de las eléctricas fueron moderados en los sucesivos programas electorados, y el plano discursivo también vivió un proceso similar.

En ese sentido, Podemos transgredió totalmente la lógica de la línea ideológica. Teóricamente no existía un espacio electoral suficientemente amplio en el extremo izquierdo de la línea (que es dónde la gente suele situar a Podemos) para alcanzar los votos que las encuestas predecían, pero existía un sobrado espacio en relación a esas verdades comunes, a ese consenso social anti-sistémico que se había construido en torno al 15M. La medición tradicional de la ideología a través de la metáfora de la línea estaba fracasando, creando un falso centro político que no se correspondía con las demandas reales de la gente, y Podemos supo entenderlo en un primer momento.

Así pues, la fuerza que Podemos mostró los primeros meses tras las europeas tenía que ver, principalmente, con dos factores interrelacionados. Primero, logró mostrarse como representante de un conjunto de demandas que el 15M había convertido en hegemónicas y que habían desbordado los límites tradicionales de la ideología. Segundo, había establecido un juego de posicionamientos en el que todas las fuerzas tradicionales se alineaban en su contra, convirtiéndole en alternativa y mostrando en todo su esplendor el manejado concepto del PPSOE (que renombraron casta).

A lo largo de los meses, estos elementos se han ido perdiendo. Podemos ha bajado a la posición de tercera fuerza política, y el fin de la ola de movilización social está enterrando lentamente ese consenso social del que hablamos. Los discursos conquistados en las plazas empiezan a olvidarse, y la lógica institucional empieza a embarrar las ruedas de la maquinaria política de Podemos, cuyos discursos suenan cada vez más repetitivos y menos reales.

Es difícil saber si la oportunidad que nos brindó el 15M para convertir esas verdades comunes en políticas públicas se ha perdido ya. Pero en cualquier caso, poco futuro puede tener un Podemos con un discurso similar al del PSOE, incapaz de diferenciarse y encerrado en una lógica institucional de investiduras, pactos y grupos parlamentarios que le aleja de las problemáticas de la calle. Más aún, resulta dudosa la capacidad por parte de Podemos de poner realmente en marcha políticas rupturistas si agacha la cabeza ante los dictados del todopoderoso e inexistente centro político. Centro no significa centralidad, ni moderación, victoria.

En definitiva, el debate entre moderación y radicalidad parte de una premisa esencialmente falsa, según la cual la moderación del discurso sirve para captar un mayor número de votos. Y si se busca no sólo ganar unas elecciones, sino implementar de verdad políticas para un cambio de modelo, es esencial recuperar un movimiento social rupturista, y que Podemos se convierta en un altavoz y una herramienta de la calle con el discurso más radical que puede existir: El de la verdad de nuestra gente y el verdadero rostro de nuestro sistema.