Bendito problema, pero problema

Miércoles 05 de Julio de 2017
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World Pride 2017

La fiesta del Orgullo se ha mercantilizado, ha sido tomada por asalto por las grandes empresas, tanto en lo publicitario como en la gestión del evento. El capitalismo ha hecho presa de lo que antaño fue una reivindicación, y hoy es una fiesta más.

Pues es un problema si, pero un bendito problema.

El capitalismo es como el agua, que siempre encuentra una rendija por la que colarse. Tiene una inagotable capacidad de fagocitar cualquier cosa -la que sea- transformarla y usarla para sus intereses. No alabo esta condición del mismo, o no más que la capacidad de un tiburón de triturar efectivamente a sus presas merced a su triple hilera de dientes. Es su naturaleza, es lo que hace. Y lo hace con suma eficacia. Pero no de cualquier manera, no sin haber procesado antes el producto.

Para que el consumo generado sea el máximo posible, es necesario normalizar el objeto de consumo y su entorno. No es posible (ni aceptable) de antemano, en una sociedad que abomina de los deportes convertir el deporte en un bien de consumo masivo. Lo mismo sucede con el World Pride. Que dicho producto sea masivo, como lo es ahora, es una buena noticia. Que el capitalismo haya abrazado esta causa para vender y vender y vender, es un bendito problema. Pero a la postre, no lo olvidemos, es un problema.

Porque si algo hace el mercado y la normalización es redondear las aristas de cualquier reivindicación y reducirlas a la mínima incomodidad. Y lo que queda fuera de ese impulso normalizador queda definitivamente fuera, al haberse despojado al movimiento de su vertiente reivindicativa, de sus aspectos más incomodos y de gran parte de su fuerza motriz original. Por ello, el Orgullo es hoy una celebración y no una reivindicación. Una celebración redondeada, suave, festiva, descafeinada, alejada de la politización y aceptable hasta el punto de que el partido más homófobo de nuestro arco parlamentario, acude a la misma alegre y festivo. Hoy en día la diversidad sexual que más y mejor se acepta es esa G de LGTBI. La G de gay, urbano, con recursos y de mediana edad. Se queda fuera mucho más, otras gés, en minúsculas como la de gay mayor, la de gay rural, la de gay menor… Pero incluso en este caso, no olvidemos que esa celebración no siempre fue posible. Que no hay que remontarse muy atrás en el tiempo para encontrar situaciones terribles donde hoy ya no las hay. Y que ese gay, hoy aceptado, hasta hace poco no lo era ni siquiera en estas circunstancias tan concretas que hemos comentado. Todos y todas nos alegramos por ello, claro. Que en nuestro país hayamos pasado de que la homosexualidad se considere una enfermedad que debía tratarse y una aberración contra la moral y los preceptos del señor a una fiesta masiva en la que los representantes del PP cantan y bailan, no puede ser malo. No es malo.

Pero es necesario e imprescindible que sepamos acostumbrarnos a esta nueva situación, analizar sus ventajas y sus peligros, y mutar nuestra acción reivindicativa de forma inteligente y valiente. No es posible mantenerse nostálgico de un Orgullo exclusivamente reivindicativo que ya no volverá. Al igual que ocurre con el mundo sindical o con la política, nuevos tiempos y nuevos paradigmas requieren nuevas soluciones y nuevos enfoques. La fiesta del orgullo no se va a desmercantilizar jamás, pero si se puede y se debe repolitizar. Y ha de repolitizarse precisamente donde más duele, donde más alejado se está y donde más trasgrede. En sus, ahora redondeadas, aristas. Los colectivos y partidos políticos progresistas que no se conforman en absoluto con el actual estatus alcanzado y quieren ir mucho más allá deben de ser la punta de lanza de esa repolitización. Hay que tensar y trasgredir y hay que hacerlo con fuerza y valentía sabiendo que va a ser mucho el rechazo generado en la sociedad normalizada.

World Pride

No suelo ser partidario, en general, de violentar demasiado el sentido común, y suelo defender pequeños avances progresivos en los temas más sensibles. Pero hay que saber reconocer cuando un tema está en un punto de inflexión y ser lo suficientemente flexible, incluso con el propio pensamiento, para adaptarse al momento. Y este es uno de ellos. Una de esas ocasiones en las que hay que dar diez pasos adelante para avanzar un par y no retroceder por inacción. Hay que hablar de parejas de lesbianas de 70 años, y legislar para ellas. Hay que dar charlas a los niños y niñas de lesbianismo y transexualidad. Si, a menores, y si, en la escuela. Y hay que hablar de la homosexualidad en el mundo rural, en los pueblos y en aquellos lugares donde aún incomoda y mucho. Hay que hacerlo por parte de los partidos políticos, en los momentos adecuados. De continuo, por supuesto, ha de estar en la agenda política, pero con especial tensión cerca de la fecha. Justo antes de que los partidos se apresten a rentabilizar la ola y hacerse la foto. ¡Cómo quisiera que Ciudadanos y PP se hubieran tenido que pronunciar, en el Congreso de los Diputados o en la Asamblea de Madrid, sobre una ley transgresora una semana antes de la manifestación del Orgullo! Seguramente no habrían acudido al desfile de este año tan alegremente…

Hay que tensar y forzar. Hay que repolitizar la fecha.

Es posible que este año haya pillado a mucha gente con el pie cambiado y que aún muchas personas hayamos estado alegrándonos despreocupadas de lo logrado, sin darnos cuenta del peligro real de retroceder en lo logrado. Puede ser sí, pero hasta aquí llegamos, hasta este año. Trabajemos desde YA para que el orgullo del 2018, no deje de ser comercial -porque ni creo que lo vayamos a lograr ni creo que sea del todo indeseable- pero que si vuelva a ser reivindicativo. Para muchos y muchas es imprescindible hacerlo.

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