Le Pen tropieza con los Insumisos

Miércoles 03 de Mayo de 2017
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Macron/LePen

Crónica de la elección presidencial francesa #6

A Marine Le Pen, ganar la presidencia se le ha puesto muy difícil.

Con 7,7 millones de votos y 21,3% en la primera vuelta, obtiene un resultado impresionante, pero probablemente no será suficiente. Necesitaba un resultado más alto para creer en la victoria. Pero así son las contiendas electorales: los cálculos políticos más finos te salen bien o mal por poca cosa.

Resultados Primera vuelta
Fuente: Le Monde

36 millones de franceses han votado el 23 de abril 2017 – tres de cada cuatro inscritos. Marine Le Pen ha conseguido unos de sus objetivos estratégicos: superar al candidato de la derecha clásica, François Fillon.

El candidato progresista Jean-Luc Mélenchon sobrepasa ampliamente al candidato socialista Benoît Hamon, cuyo resultado es un auténtico desastre.

Seis otros candidatos (algunos realmente folclóricos) se reparten los 3 millones de votos que quedan. Destaca el derechista Dupont-Aignan, que se reivindica del gaullismo y consigue 4,7%.

La comparación con la elección presidencial de 1969 es extraordinaria:

* Candidato socialista 5% en 1969 (+3,6% para otro): 6,4% en 2017.
* Candidato comunista 21,3% en 1969: Mélenchon 19,6%.
* Candidato “centrista” 23,3% en 1969: Macron 24%.
* Candidato gaullista 44,5% en 1969: en 2017 la suma del “gaullista oficial” Fillon, del gaullista disidente Dupont-Aignan y de Marine Le Pen alcanza 46%.

Casi hemos regresado al panorama electoral de hace 48 años. La gran diferencia está en la división del espacio político gaullista entre tres candidatos que lo reivindican.

La caída del bipartidismo

El bipartidismo ha caído. Desde 1981, el candidato socialista y el de derecha siempre competían para la presidencia y la mayoría de gobierno. Esta vez, los dos han sido eliminados en la primera vuelta de la elección fundamental del sistema político francés.

Fillon ha perdido por poco; incluso ha estado mejor que Jacques Chirac en 2002. Chirac, entonces presidente, obtuvo un pésimo 19,9% (y 1,5 millones de votos menos que Fillon); pero en 2002 fue suficiente para llegar a la segunda vuelta y derrotar a Le Pen padre (con un 82%).

Medio millón de votos le ha faltado a Fillon para ser presidente el próximo 7 de mayo; caro le van a costar estos votos perdidos, en su partido donde las escopetas ya están cargadas. A pesar de todo, como se ha podido observar en las recientes elecciones en Europa, la derecha clásica de gobierno pierde votos, pero resiste y se mantiene a un alto nivel. Fillon, a pesar de una campaña desastrosa, ha cosechado el resultado que suele obtener su partido en las horas más bajas.

Fillon ha sufrido una impresionante ofensiva de acoso de los medios y las iniciativas - como mínimo sorprendentes - de la fiscalía anti-corrupción. Esa operación ha sido determinante para su eliminación. Queda por ver lo que significa para la democracia tal manipulación de la prensa y de la fiscalía a la orden del poder político de turno (que ha dejado muy tranquilo a Macron a pesar de que le falten 1,8 millones de euros en sus declaraciones de renta).

El resultado del candidato socialista, sin embargo, es más que estrepitoso. Hamon pierde nada menos que 8 millones de votos y 22 puntos con respecto al resultado cosechado por Hollande en 2012, donde ganaba la elección presidencial y el PS conseguía mayoría absoluta en las generales que seguían. La caída es descomunal: el fenómeno observado en Grecia y en Países Bajos se ha reproducido. El terremoto en la izquierda se ha consumado.

El secretario general del PS, Jean-Christophe Cambadélis, se había adelantado al resultado, declarando unos días antes del voto: “no se van a sacar lecciones políticas de esta elección, porque es demasiado atípica”. Cuando la periodista que lo entrevistaba mostró su sorpresa, “Camba” insistió: “Esta elección no va a tener ninguna consecuencia política”. Así, con un presidente Hollande muy satisfecho y un secretario general socialista diciendo que la presidencial no es nada, se escribe el parto de defunción del partido creado por Mitterrand en 1972.

¿Que pasa con el arco derecha-izquierda?

Si se miran los resultados en clave izquierda o derecha, vemos que la izquierda obtiene su peor resultado en… 48 años: sumando los votos de Mélenchon, de Hamon y de los dos candidatos trotskistas, la izquierda queda en 27,7% de los votos.

Desde que la elección presidencial existe (1965), la suma de los votos “de izquierda” ha sido baja durante el periodo de hegemonía gaullista – 31% – pero después nunca estuvo por debajo del 40% (su suelo en 1988, después de 14 años de presidencia de Mitterrand), con un promedio del 45%.

Interpretar el resultado de la derecha es más difícil. Bien decía el histórico dirigente comunista Georges Marchais: “el centro, es la derecha”. Pero Macron ha sido secretario general de la presidencia del socialista Hollande, luego ministro, y ha contado con el apoyo de dirigentes socialistas desde el inicio de su campaña. Su programa y su discurso pueden permitir ubicarlo a la derecha, pero son las mismas políticas que las de Hollande.

El propio Macron pretende situarse por encima de la izquierda y la derecha. Marine Le Pen dice lo mismo. Los dos candidatos en situación de ganar la elección presidencial se reivindican fuera del tradicional clivaje, el otro gran acontecimiento junto a la caída del bipartidismo.

La corriente populista

Antes del bipartidismo, la corriente gaullista y el partido comunista francés representaban – según que elección – 50% de los votantes de 1946 a 1958 y casi 70% después, hasta 1974.

El movimiento creado por De Gaulle en 1946, en la oposición hasta 1958, boicoteado entonces por los grandes medios y tachado con frecuencia de fascista por las demás fuerzas políticas incluido los comunistas, hoy sería tachado de populista.

También hoy se tildaría de populista al partido comunista, que de 1945 a 1978 conseguía de un 30 a un 20% de los votos.

Los candidatos calificados en 2017 de populistas son:
• Jean-Luc Mélenchon – heredero del espacio político del PCF,
• Marine Le Pen – heredera del “poujadismo” y que busca recuperar el espacio gaullista,
• El disidente gaullista Dupont-Aignan.
• También se pueden contabilizar a los dos trotskistas y a otros dos candidatos (con resultados confidenciales).

Sumando los resultados de estos candidatos, llegamos a un 48% de votos a candidatos populistas.

Este vs oeste, centro-ciudades vs periferias

El voto mayoritario a Marine Le Pen coincide con la repartición territorial de la industria y del empleo obrero en Francia, antes de la terrible ola de cierres de fábricas. Es decir, el voto a Marine Le Pen es más grande allí donde han desaparecido millones de puestos de trabajo, donde el desempleo y la ausencia total de perspectiva social son la norma para el pueblo.

El este de Francia, mayoritariamente a favor de Le Pen, hace frente al oeste, a tierras en donde la clase obrera no formaba la mayoría del pueblo, y a donde Macron ha llegado primero – pero donde Mélenchon ha cosechado buenos resultados.

En el resultado puede leerse la oposición entre ciudades y periferias: las clases populares se ven expulsadas, por el encarecimiento de los pisos, de los centros urbanos, que concentran el trabajo y la riqueza. Los centros urbanos votan más a Macron, las periferias le dan en la mayoría su voto a Le Pen.

Es decir: Marine Le Pen representa al pueblo que sufre las consecuencias de la mundialización, mientras Emmanuel Macron representa la parte de la población urbana de clase media y superior a quien las cosas le han ido bien (o eso cree…) y piensa formar parte del bando dinámico del país. Populismo vs modernismo.

¿Qué pasa con el voto popular?

El voto obrero y el voto de las personas en condiciones precarias de vida ha ido mayoritariamente a Marine Le Pen. Pero, si se compara con lo que predecían las encuestas, Jean-Luc Mélenchon le ha restado muchos votos.

Le Pen gana el voto obrero con un 37%, menos de lo que se le prometía. El voto a Mélenchon es el más intergeneracional y el más interclasista: obtiene 19% del voto de asalariados ejecutivos, 22% de técnicos y profesiones intermedias, 22% de empleados y 24% de obreros. Además es el más votado por los jóvenes - 30% de los menores de 24 años - cuando el FN también contaba con él, y el más votado por los parados – con un 31%. En las ciudades su resultado es muy superior a su promedio nacional: las ciudades oponen Mélenchon a Macron.

Sus resultados en las categorías populares son los que le faltan a Marine Le Pen para coincidir con lo que las encuestas daban por seguro. Marine Le Pen, en su camino al Eliseo, ha tropezado con ‘la Francia insumisa’.

El “espíritu del 11 de enero”

Melenchon
RTL

El resultado de Mélenchon le abre fuertes perspectivas de futuro – mayoría entre los jóvenes y fuerte resultado en las ciudades. Su discurso anticapitalista, ecologista, de solidaridad, pero también con fuerte acento republicano – en ruptura con el desdén a la bandera y al patriotismo que dominaba en la izquierda “radical” desde 1968 - ha conectado con lo que en Francia se ha llamado “el espíritu del 11 de enero”.

El 11 de enero 2015, día de manifestaciones históricas bajo el lema “Je suis Charlie”, ha mostrado el compromiso de pueblo francés con la libertad de expresión, su apoyo a la policía, pero también su compromiso con las libertades republicanas y la fraternidad.

Eso, Marine Le Pen no lo ha medido bien. Quizás se ha creído los “análisis” de esos “intelectuales de izquierdas”, cuya lectura del 11 de enero – difundida a buena parte del mundo militante “progre” - es que ha sido una manifestación reaccionaria y racista (de “católicos zombis” llegó a decir Emmanuel Todd).

La remontada de Mélenchon ha restado credibilidad a Le Pen en su afán de aglutinar el voto en contra de los recortes, la mundialización y las orientaciones de la Unión europea. El anti-atlantismo de Mélenchon también ha caído mejor al electorado.

Así las cosas, Le Pen ha tenido que centrarse en su denuncia del islamismo radical y de la opresión que llega a ejercer sobre parte de las categorías populares, y en la defensa de las normas culturales y de vida que forman parte de la identidad nacional.

Pero lo ha hecho proponiendo medidas xenófobas y de discriminación. También ha insistido (como Fillon) en los rasgos cristianos de la identidad nacional. No ha visto que las concentraciones populares del 11 de enero han plasmado, al contrario, la adhesión al modelo laico y el rechazo a las imposiciones religiosas – sean musulmanas o católicas – en toda la sociedad. Y, a pesar del islamismo, a pesar de la barbaridad de los atentados, a pesar de que todos sabemos que esto va a ocurrir otra y otra vez, las propuestas de discriminación racista encuentran una importante oposición popular.

Y eso se nota: el nivel de violencia racista en Francia es muy bajo, muy por debajo de lo que se puede encontrar en Reino Unido o Estados Unidos (países que han promovido el modelo “multicultural”), y ha ido bajando en 2016 – muy a pesar de los atentados de masas. El proyecto terrorista de instalar un clima de guerra civil en Francia se topa con la resistencia popular.

Quizás Marine Le Pen se haya enterado cuando asistió al homenaje del policía asesinado en el último atentado de los Campos Elíseos: era gay, estaba en pacto civil con su pareja, pareja que tomó la palabra para decir que los terroristas islamistas nunca conseguirán obtener su odio.

El antifaz del antifascismo

Para ganar, Marine Le Pen intenta hacerse con el espacio político y cultural del gaullismo. Acaba de concretar un pacto con Dupont-Aignan, el gaullista disidente que puede aportarle imagen gaullista. Ahora bien, su campaña que pretendía aglutinar amplias partes de la población en torno a la inseguridad cultural, casi ha quedado reducida al rechazo a inmigrantes y extranjeros.

La campaña de Macron se centra ahora en acusar a Marine Le Pen de fascista y hasta compararla con los nazis. Para eso ha ido a Oradour-sur-Glane, pueblo del centro de Francia en donde una división de las SS mató a toda la población en 1944, y al Memorial de la Deportación (se suele ir a tales sitios para homenajear a las víctimas del nazismo, no en actos de campaña electoral… pero Macron muestra en todo momento quien es).

El asunto del peligro fascista es utilizado con el FN desde 1984, cuando este partido empezó a cosechar buenos resultados electorales. Lionel Jospin, entonces secretario general del partido socialista (y eliminado de la segunda vuelta de la presidencial de 2002 por Jean-Marie Le Pen) hizo en 2007 una confesión interesantísima en la emisora France Culture: “Durante todos los años de la presidencia Mitterrand, nunca hemos estado enfrentados a una amenaza fascista, y todo antifascismo no era más que teatro. Hemos estado ante un partido, el FN, que era un partido de extrema derecha, de cierto modo populista a su manera, pero nunca hemos estado en una situación de amenaza fascista, y ni siquiera ante un partido fascista”. Así de claro.

Jorge Verstrynge, en su más reciente trabajo “Populismo, el veto de los pueblos” (El viejo topo, 2017) define el populismo como la rabia de las clases populares frente a la ruptura impuesta por las burguesías. No son las clases populares las que se rebelan, han sido las burguesías que se han lanzado en la ruptura del pacto social y del marco democrático nacional, destruyendo las condiciones de vida, la seguridad y el marco de convivencia de la gran mayoría.

Para Verstrynge, el populismo proclama la exigencia de que el Pueblo sea Dios en su país. No es fascismo, tampoco es extrema-derecha, ni tampoco autoritarismo; no es racismo ni tampoco comunismo, y desde luego no es izquierda ni derecha “de gobierno”.

El geógrafo francés Christophe Guilluy analiza el resultado electoral y piensa que el problema de la gente que se siente la Francia “de arriba” – y que tiene a Macron como ídolo – es que no entiende a la Francia “de abajo”. Consideran ilegitimo y tachan de “populista” (es decir, algo muy feo) el sentir de las clases populares. No se toman en serio al pueblo y, para protegerse de las reivindicaciones de las clases populares, se instalan en un postureo de superioridad moral que permite descalificar todo diagnóstico social.

Dice Guilluy que “la nueva burguesía protege así eficazmente su modelo gracias al postureo antifascista y antirracista. El antifascismo se ha tornado arma de clase, porque permite afirmar que lo que dice la gente no tiene legitimidad, por ser fascista y racista. (…) Es de notar que, en las categorías populares, en la vida real, la gente de todo origen no habla entre si de fascismo o de antifascistas, eso es algo de la burguesía.”

Las huellas del FN

Ahora bien: si es cierto que el populismo no es fascismo o extrema-derecha, el problema de Marine Le Pen, como mínimo, es que su partido sí que tiene una componente central de extrema-derecha. El FN nació en 1972 uniendo a lo que quedaba del populismo francés de derecha – el “poujadisme” – con varios grupos fascistas e incluso algún neo-nazi. Y siguen dentro.

Marine Le Pen lleva años trabajando en “desdiabolizar” su proyecto político.

Pero su propio partido, la verdad, no ayuda mucho... Pone de presidente interino a un hombre que, a los pocos días, tiene que renunciar por haber defendido tesis revisionistas en un pasado reciente. Le Pen padre, fundador del FN y que sigue diciendo lo que le parece, critica el entierro del policía matado en el último atentado, diciendo que se ha homenajeado más al homosexual que al policía… A Marine ya no le da tiempo a borrar las huellas…

Macron triunfador… ¿demasiado pronto?

Macron

Los dos finalistas deben ganarse el voto de los que han elegido otra opción en la primera vuelta y quedan frustrados. Nunca las diferencias y oposiciones entre candidatos han sido tan grandes, así que los electores de Mélenchon, Fillon y Hamon no tienen a una opción “natural” en esa segunda vuelta.

El mismo domingo 23 de abril, nada más conocerse los resultados, Fillon y Hamon han llamado a votar Macron. Mélenchon ha pedido que ni un solo voto vaya a Marine Le Pen; pero se niega a pedir el voto para Macron, y ha organizado una consulta entre los 470000 miembros de “La France Insoumise”.

Entonces toda clase de políticos e “intelectuales”, periodistas y tertulianos de televisión, socialistas y restos del partido comunista, partidarios de Macron y hasta el propio Macron, aparecen, enfurecidos, denunciando la supuesta traición de Mélenchon frente al fascismo (a pesar de haberlo acusado antes de la primera vuelta de ser lo mismo que Marine Le Pen). Ofensiva mediática que, sin duda, recuerda a la campaña desatada en España contra Pablo Iglesias por negarse a acatar el pacto PSOE-Ciudadanos.

Pero, al no arropar a Macron, Mélenchon piensa en el futuro. Porque se trata, ya en las elecciones generales de junio, de aglutinar fuerzas para oponerse a la política extremista que Macron pretende llevar a cabo, acelerando y profundizando los recortes económicos y sociales. Y Mélenchon se posiciona como su mejor opositor.

Marine Le Pen quería a Macron de adversario: joven banquero, miembro engreído de la casta dirigente, cuyo proyecto se resume en más recortes, más precariedad laboral… en trocear al pueblo para explotarlo con facilidad, reduciendo toda cohesión cultural al híper individualismo consumidor, a la búsqueda del placer inmediato y máximo, al narcisismo personal – del que él mismo es una buena muestra.

Pero Le Pen, lastrada por la gran competencia de Jean-Luc Mélenchon, su oponente progresista en el voto populista, se ha quedado estancada en un nivel de votos demasiado bajo como para confiar alzarse con la victoria.

Macron está convencido de que va a ganar. Ni siquiera intenta seducir a los votantes de Fillon, Hamon o Mélenchon, más bien todo lo contrario. Solo emplea la temática “antifascista” como argumento para que se le vote – es decir, no votarlo es apoyar a Le Pen y es favorecer al peligro fascista. Todavía no tilda de fascista todo el que no le vote, veremos cuanto tiempo consigue mantenerse cuerdo en ese aspecto.

Pero ningún resultado está cantado antes de darse. Macron tiene vendida la piel del oso sin haberlo matado aún. Así que atentos al domingo 7 de mayo, 20h (18h TU).

Comentarios

Señor Arricruz, el presente artículo así como el anterior muestran cierta obsesión con Emmanuel Todd, E. Todd nunca ha dicho como decía usted en su crónica anterioro que los humoristas fueran responsables de su propio asesinato, Todd, denunció la obsesión de Charlie Hebdo de burlarse sistemáticamente no ya de la religión musulmana sino del propio Mahoma, todo el mundo sabe que con la llegada de Philippe Val a la dirección de Charlie Hebdo y la expulsión de Sine, la línea de la revista cambió totalmente , no hay que olvidar que la primera caricatura fué la reproducción del danés Kurt Werstergaad del periódico de extrema derecha Jyllands Posten . Yo , no soy Charlie, es más , deje de leer Charlie, pero estuve en la manifestación contra los asesinatos de los miembros de Charlie. Me permito recomendarle la lectura del libro "Qui est Charlie"? . Sociología de una crisis religiosa, y que analiza además el fenómeno de la extrema derecha en Francia. Estoy bastante de acuerdo con el análisis que hace usted de una parte de la situación electoral en Francia, en ningún momento los medios de comunicación y los diferentes partidos apelan la derecha a votar por Macron, tal vez sea porque esta situación será utilizada contra Melenchon en las próximas legislativas. H

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