Las Presidenciales en Estados Unidos y los espejismos europeos

Miércoles 13 de Abril de 2016
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EEUU Elecciones taza

Las primarias para eligir los candidatos a la Presidencia en Estados Unidos están todavía en curso, pero se empieza a delinear el escenario final. Si Donald Trump está causando el pánico entre las élites del partido republicano, en el lado demócrata, independientemente del inesperado éxito de Bernie Sanders, Hillary Clinton parece ser la candidata con más apoyos. El periodo de elecciones primarias todavía no ha terminado y puede reservar sorpresas, pero eso no impide que todo el mundo esté especulando ya sobre el curso que seguirá la Casa Blanca en los próximos años.

Es perfectamente normal, al fin a cabo se están eligiendo los candidatos para guiar a la mayor potencia del mundo, con todas sus consecuencias y con particular foco de interés en la política internacional. Sin embargo, el proceso de primarias saca a la luz que, en general, tenemos muy poco claro el funcionamiento del sistema de poderes estadounidense y, en particular, el verdadero alcance que tiene la acción de la política exterior del Presidente. La tradicional propaganda occidentalista lo describe como “líder del mundo libre”, pero a los conocedores más atentos no se escapa que no es más que otro actor en un complejo sistema de checks and balances, compuesto por diferentes agentes que no siempre son eligidos de manera democrática.

Además, la tradicional agresividad militar de EEUU ha puesto a la Casa Blanca en el centro de la escena mediática, pero los poderes presidenciales se limitan al control de las fuerzas armadas, la capacidad de actuar rápidamente en situaciones extremas y a la representación internacional de la superpotencia y de sus intereses geopolíticos y estratégicos. La definición de esos intereses, de las amenazas y de los canales de acción política pasan por otros decisores. De hecho, el órgano federal que asume más prerrogativas en la definición de conceptos e intereses políticos es el Congreso.

Congreso de los Estados Unidos - Órgano bicameral: Cámara de Representantes y Senado
Congreso de los Estados Unidos - Órgano bicameral: Cámara de Representantes y Senado

En el Congreso – actualmente de mayoría republicana– se encuentran los intereses de los ciudadanos, de los lobbies y de oligarcas de varios tipos. Un Presidente que no disfruta del apoyo del Congreso es un lame duck (literalmente “pato cojo”), un Presidente paralizado que no puede poner en marcha ninguna estrategia, particularmente a largo plazo. Es una pesadilla política que ha vivido en estos últimos dos años Barack Obama y que también tuvieron que afrontar Bush junior y Bill Clinton y que de facto congela la capacidad del gobierno de actuar de forma autónoma. El único momento en el cual un Presidente podría imponer su estrategia a un Congreso “adversario” sería frente a una situación extrema o catastrófica, una crisis militar o económica, en la cual la opinión pública empuje a tomar decisiones rápidas y que considera contundentes. Algo parecido pasó después de los atentados del 11 de septiembre 2001, cuando el entonces presidente George Bush se apoyó también en sectores democráticos – por ejemplo por parte de Hillary Clinton – para trazar una linea de política securitaria agresiva internacionalmente y represiva a nivel interno.

Otro actor fundamental en la definición de la política exterior estadounidense es el conjunto de agencias federales, públicas y privadas. CIA, Pentágono, NSA, Departamento de Estado, servicios de seguridad privados, agencias de mercenarios y contratistas... Son muchas e interconectadas y operan por cuenta propia o colaborando a través de operaciones conjuntas, según diferentes niveles de clasificación. Para hacerse una idea de cómo ha evolucionado la organización de las agencias de inteligencia y seguridad, sobre todo después de los atentados del 11-S, aconsejo la lectura de Top Secret America, de Dana Priest y William Arkin, lectura compleja y quizás un poco aburrida, pero rigurosa y eficiente a la hora de describir y analizar la proliferación de servicios de inteligencias y la falta de control democrático sobre su trabajo y sus operaciones. En fin, todas estas agencias, muy poco controladas democráticamente y que se desarrollan alrededor de comunidades cerradas, tienen un papel muy importante a la hora de definir los conceptos clave y de procesar la información básica sobre política internacional y de seguridad.

Parece que, a la hora de aproximarnos a las elecciones presidenciales, nos olvidamos de estos elementos y los resultados son francamente tragicómicos, sobre todo en Europa. Los europeos tenemos una relación muy particular con los vecinos del otro lado del Atlántico, una relación muy estrecha, pero no horizontal. Y esto nos lleva en muchos casos a confundir los intereses estadounidenses con los nuestros o también a ilusionarnos sobre algunos políticos con consecuencias decepcionantes, como en el caso de Obama.

Pues en este caso, está pasando algo parecido. El gran miedo mundial, pero sobre todo en Europa, es que Donald Trump llegue al despacho oval. Efectivamente, da miedo que un sujeto como éste disponga de tanto poder militar, incluyendo armas nucleares, y que pueda poner en acción un programa político evidentemente autoritario, xenófobo y populista. Pero, ¿estamos seguros de que la alternativa es mejor? A lo mejor, es el momento, aunque sea por una vez, de hacer un ejercicio de realismo.

Clinton And Trump

Dejemos de lado la correspondencia política o las apreciaciones morales, que son importantes para los electores norteamericanos quizás, pero no para el análisis geoestratégico. Intentemos tener claro que no somos Estados Unidos, sino otro territorio geográfico, en un orden internacional donde la palabra “geopolítica” es tan común como la palabra “conflicto”: el Presidente de la superpotencia hará valer únicamente los intereses de la superpotencia y, desde luego, no podrá cambiar con su voluntad una acción de política exterior tan compleja y condicionada por tantos actores y factores. Si no fuera así, la política exterior de Estados Unidos cambiaría cada cuatro u ocho años, sin solución de continuidad. Repasemos la historia política de Hillary Clinton, los apoyos que recibe de las grandes corporaciones, su sostén a las intervenciones en Oriente Medio...Y, finalmente, echemos un ojo al escenario internacional actual, donde es evidente que el “oso ruso” sigue siendo el gran enemigo de las élites occidentales, en particular de las élites anglosajonas: desde Sir Harold Mackinder hasta Zbigniew Brzezinski la potencia continental es el rival por excelencia de la potencia marítima, y a la potencia marítima le importa muy poco lo que hay en medio. Para quién sigue las relaciones internacionales, está claro que en ningún caso el “imperio sin emperador” va a cambiar sus objetivos geopolíticos para evitar una crisis en Europa, sino todo lo contrario: se busca una crisis y Ucrania es el ejemplo.

Donald Trump, por cuanto parezca tener una opinión diferente cada día, tiene unos puntos fijos, que conforman las bases de su existencia política. Su éxito político es en parte fruto del malestar y del miedo de gran parte de la clase media blanca norteamericana: empobrecida, asustada por años de propaganda racista y alarmista del partido republicano y que sueña, con buena dosis de ingenuidad y retórica típica de la extrema derecha, una vuelta a un supuesto pasado idílico, no condicionado por la globalización de los mercados y más “autárquico” en economía. Por lo tanto, su programa de política exterior se muestra bastante aislacionista. Además el excéntrico multimillonario no parece querer llevarse tan mal con el neo-zar, Vladimir Putin, probablemente por convergencias ideológicas. Ahora bien, su presidencia sería una desgracia para los sectores más indefensos de la sociedad – migrantes, minorías, clases más bajas- y, en general, para el concepto mismo de “Derechos Humanos”, que Trump, un poco como Putin, muestra despreciar abiertamente. Y es cierto, que, por cuanto luche para impedir un conflicto, abierto o menos, con la Federación Rusa, difícilmente podría parar un proceso influenciado por tantos intereses y soportado por los principales aparatos del Estado federal.

Pero el hecho de que Donald Trump sea repugnante, no significa que tengamos que alegrarnos de una victoria de Hillary Clinton. De hecho, esta señora es probablemente una de las más indignas representantes del intervencionismo liberal norteamericano. Fue la principal sostenedora de la desastrosa intervención marca OTAN en Libia y todavía la recordamos regodeándose por la muerte de Gadafi. Ha presionado mucho para una intervención en Siria, que por suerte no se ha realizado. Cuenta con el apoyo de las figuras más belicistas de la administración, como por ejemplo Victoria Nuland. En fin, Clinton tiene las manos bien manchadas de sangre y su programa electoral indica que no tiene problemas en manchárselas aún más. Su llegada a la Casa Blanca aceleraría considerablemente el conflicto con Rusia y para Oriente Medio probablemente significaría más intervenciones humanitarias desastrosas o la vuelta a las hostilidades con Irán.

¿A qué conclusiones llegamos entonces? Pues no hay mucho que hacer, la verdad. Bernie Sanders ha encendido la esperanza de mucha gente y es una señal positiva para la política mundial y el avance democrático y pacifista. Pero, si ya son escasas sus probabilidades de ganar, las de modificar drásticamente la política de la superpotencia lo son aún más. El futuro presidente, sea quién sea, difícilmentepodrá salvar Europa de las crisis globales o dar una vuelta radical al proceso belicista en curso. Pero, todo esto no implica que tengamos que aplaudir nuestra propia condena y aceptar a brazos abiertos lo que la propaganda occidentalista nos impone. Esta podría ser incluso la bendita ocasión para independizarnos políticamente un poco de la OTAN y de sus controladores. Sin embargo, parece que no va a ser así.

Otra vez parece triunfar la idea de que la política internacional es una lucha del “bien” contra el “mal” y no la materialización de los intereses de varios centros de poder. Conviene centrarse menos en personalidades y más en órganos federales y entender que la política exterior de Estados Unidos, está formada por muchos actores, algunos de los cuales no están sujetos a control democrático. En definitiva deberíamos ser más críticos hacia la propaganda de los medios mayoritarios y el discurso dominante, para así ver más allá de la lectura simplista de la realidad que se nos impone.

Giacomo Pevarello

Politólogo, licenciado en Estudios Internacionales en la Alma Mater de Bolonia y Máster en Política Internacional en la Universidad Complutense de Madrid. Especializado en Relaciones Internacionales, Geopolítica, Espacio post-soviético (en particular Cáucaso Norte). También escribo sobre Europa, Oriente Medio y Magreb, terrorismo y crimen organizado. Soy un aficionado del Hip-Hop, de las novelas y del cine negro, género pulp y de las culturas undergound. Coordinador de Extramuros y redactor.