La nueva dimensión del conflicto entre OTAN y Rusia

Miércoles 02 de Noviembre de 2016
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La nueva dimensión del conflicto entre OTAN y Rusia

En los últimos años, hemos asistido a la evolución y al crecimiento de un conflicto entre la Rusia de Vladimir Putin y la OTAN, impulsada principalmente por la potencia estadounidense. Este conflicto ha tenido su principal foco de tensión en Ucrania, pero se desarrolla a nivel global y, el último ejemplo, ha sido el caso sirio, donde las dos potencias se están enfrentando según intereses divergentes y a través de ejércitos interpuestos. Este enfrentamiento asume completamente los rasgos de una Guerra de Cuarta Generación: los dos países no se enfrentan directamente (por ahora), sino que luchan en diferentes escenarios, a todos los niveles y, sobre todo, a nivel mediático.

Esta rivalidad geopolítica se materializa a raíz de la recuperación de relevancia y de actividad internacional por parte del Kremlin, que después de la crisis que vivió el país en los años 90 ha vuelto a ser un actor de peso en el escenario internacional, preocupando a los halcones de Washington y también a los Estados de las viejas esferas de poder de la URSS. La correspondencia geográfica y el carácter indirecto de este conflicto han llevado a varios analistas a considerarlo una “nueva Guerra Fría”, en la cual la Rusia de Putin habría asumido la antigua posición de la Unión Soviética. Sin embargo, analizando la construcción de la política exterior y el mutado escenario internacional, esta comparación parece ser más bien un peligroso ejercicio de simplismo.

El fin de la época bipolar

Es cierto que el fin de la URSS es visto por la actual administración rusa y por Vladimir Putin en particular como la “mayor catástrofe geopolítica de la historia”, un momento de enorme crisis por Moscú y también por buena parte de su población. Y también es cierto que este evento llevó consigo una serie de traumas y problemas de diversa índole. Probablemente, el principal trauma fue que gran parte de la población rusa (casi 17 millones) se quedó fuera de las fronteras de Rusia, pero mantuvo su pasaporte. Si a esto se suma el hecho de que en muchos de los nuevos Estados han llegado al poder élites oligárquicas y nacionalistas, que utilizan mucho una retórica antirrusa, se entiende la dimensión de este trauma.

Además, el cambio de separaciones administrativas a fronteras nacionales y el absoluto descontrol de las instituciones del Estados, facilitaron el enorme “saqueo de Rusia” en los 90 y la crisis económica causada por la transición radical de una economía planificada a una de libre mercado.

Finalmente, el conflicto en Kosovo y la avanzada de la OTAN ejemplificaron la pérdida de relevancia internacional del Kremlin y marcaron un punto de inflexión en la aceptación rusa del orden internacional post soviético.
Las autoridades rusas consideraban que el fin de la Guerra Fría, la no injerencia en la política de los Estados satélites de la URSS y en general la apertura liberal-democrática no dependían de una victoria occidental en contra del comunismo, sino de un proceso interno, avivado por la sociedad y la clase dirigente del país.

Sin embargo, la administración estadounidense vio el fin de la Guerra Fría como una derrota del comunismo soviético y una victoria del sistema de libre mercado y de la cultura occidental y, por lo tanto, consideró coherente y legal el avance del telón de acero, que hoy ha pasado de Alemania a Ucrania, hasta las mismas fronteras de Rusia. Desde el punto de vista norteamericano (sobre todo en ambientes neocon, pero también liberal) no hay mucha diferencia entre la Rusia actual y la URSS y, de hecho, aunque el principal rival económico de Estados Unidos sea China, las fuerzas de la OTAN siguen apuntando a Rusia, que todavía, por razones de voluntad política, se considera el principal rival estratégico.

Es importante considerar que un elemento fundamental de la geopolítica anglosajona ha sido históricamente impedir la formación de un eje euroasiático, fundado en una alianza estratégica entre Alemania y Rusia. De aquí es posible entender el gran trabajo de Estados Unidos y Reino Unido para la recomposición militar de la “cortina de hierro” y para mantener y expandir la OTAN hacia el Este. El principal resultado de este proyecto político ha sido la conformación de un eje geoestratégico norte-sur en el territorio, denominado por estudiosos polacos Intermarium (Mar Báltico-Mar Negro), en el que Suecia, repúblicas bálticas, Polonia y Rumania representan las principales puntas de lanza. Estos países, con la excepción de Suecia, forman parte de la OTAN, son gobernados por élites nacionalistas y hostiles a Moscú y tienden a considerar la población rusa en su territorio como una especie de “Quinta Columna”. Sienten preocupación hacia la política de Putin de reconstrucción del imperio ruso y efectivamente tienen sus razones históricas y políticas. Por lo tanto, piden a la OTAN, sobre todo Polonia y países bálticos, la instalación de fuerzas de intervención rápida y hasta de armas nucleares tácticas para responder con contundencia ante un posible (desde su punto de vista probable) ataque ruso.

Para una Federación Rusa históricamente atacada desde oeste y obsesionada con preservar su seguridad interna y en las fronteras, esta situación es potencialmente explosiva. El avance de la “cortina de hierro”, la expansión de la OTAN, el terrorismo yihadista y las luchas separatistas internas, las provocaciones de países occidentales que recientemente han invitado Montenegro a formar parte de la Alianza Atlántica: son todos ingredientes que fomentan la obsesión securitaria y el revanchismo internacional de Rusia.

La Rusia de Putin

Vladimir Putin llegó al poder en 1999, en un momento en el que la Federación Rusa se encontraba en una situación muy dura. El ejecutivo contaba con escasos instrumentos para paliar la crisis económica, para bloquear el saqueo de riquezas nacionales y sobre todo limitar el poder de los oligarcas que, en la época de Yeltsin, se habían hecho con enormes recursos. Pero el ex-espía del KGB, procedente de San Petersburgo, no tenía solo un plan para salvar al ex-Presidente y sus riquezas de la justicia internacional, también tenía un plan estratégico de reconstrucción de la potencia rusa. Este plan fue llevado a cabo, basándose en dos pilares: el conflicto en Chechenia (epicentro del separatismo y sucesivamente del yihadismo) y en la exportación de hidrocarburos.

El conflicto checheno, conducido por parte del Kremlin con un masivo uso de la fuerza militar y con desprecio hacia los derechos de la población civil, permitió la normalización del territorio: se implementó un sistema de indirect rule, fundamentado en la figura de Ramzan Kadyrov, líder ex-separatista checheno, que pacificó la república gracias al terror, a la corrupción y al uso de la violencia política. Sin embargo, el principal resultado de la Segunda Guerra Chechena fue su funcionalidad al proceso de reconstitución nacional, puesto que favoreció el crecimiento del apoyo popular nacionalista al gobierno, del poder y de la fuerza de los servicios de inteligencia y militares (es decir la recuperación del monopolio de la violencia por parte del Estado, considerando la situación interna) y de la centralización del poder ejecutivo, gracias a cambios constitucionales en la organización territorial. Finalmente la normalización del Cáucaso Norte fue necesaria para asegurar un canal de tránsito de recursos naturales.

La exportación de hidrocarburos jugó un papel fundamental en la recuperación económica rusa de principio de los 2000 y se realizó a través de monopolios estatales. Los principales destinatarios de los gasoductos rusos fueron los países europeos y se fue conformando en Rusia un sistema rentista cuya estabilidad estaba, y sigue estando, sujeta a las fluctuaciones de los mercados internacionales de recursos. En la actualidad, la exportación de hidrocarburos representa una columna vertebral estratégica (y por lo tanto vital) del sistema ruso, y al mismo tiempo, su estabilidad peligra por la caída de los precios del petróleo, por las sanciones y por las malas relaciones con los países occidentales.

En la etapa inicial de Putin, la estrategia del Kremlin se focalizó mayormente en un nexo energético-militar, que puso en conexión la política de seguridad con la política energética. Al trabajo conjunto de control del territorio, se sumó la creación de grandes monopolios estatales, que permitieron la avanzada de los siloviki (literalmente “hombres del poder”, en concreto hombres cercanos a Putin procedentes del área militar de San Petersburgo). Y estos monopolios favorecieron la centralización del poder ejecutivo y un control más rígido sobre los aparatos estatales.

Desde el punto de vista internacional, Putin intenta recuperar la posición de potencia de Rusia, actuando según criterios materialistas, como psicológicos y culturales. Los elementos principales del imaginario colectivo ruso, como la sensación de estar rodeados de enemigos o el revanchismo nacionalista, se suman a criterios estrictamente realistas, tanto en términos de seguridad, como de política exterior. Con sus acciones más recientes, el gobierno de Putin se ha mostrado activo, rápido y contundente, pero a la vez frío y calculador. Además, ha mostrado al mundo que Rusia quiere ser una potencia relevante, que no tiene rémoras a la hora de usar la fuerza y de proteger a sus aliados con tenacidad. Es importante considerar que la población rusa tiende a aceptar y apoyar el recurso a la fuerza militar y en su mayoría apoya a Putin y su actuación en el escenario internacional.
Sin embargo, en tiempos recientes ha aumentado mucho la relevancia del sector diplomático en el sistema de poder del Estado ruso y se hace un gran uso de soft power por parte del Kremlin, centrado en la figura de Putin como “hombre fuerte”, en el apoyo a la extrema derecha europea y en la proyección del eje geopolítico euroasiático.

En definitiva, la Rusia de Putin es una superpotencia militar que se ha conformado sobre criterios estratégicos de extremo realismo y mantiene una proyección imperial internacional, apoyada en un fuerte sentimiento nacionalista, en el sector energético y en la fuerza del Estado. Y al mismo tiempo, proyecta el sentimiento cultural del imaginario colectivo ruso, promoviendo el eje euroasiático y un desafío cultural a la sociedad occidental, hacia la cual no siente complejos, pero sí una fuerte obsesión securitaria motivada históricamente. Considera la fuerza como instrumento eficaz en política exterior, pero también muestra saber utilizar las nuevas tecnologías y los conceptos de soft power, actuando con rapidez e inteligencia. Está claro, su principal finalidad en política exterior es la recuperación de una posición elevada en la comunidad internacional y de hegemonía en el espacio post soviético, que según criterios imperiales considera su “patio trasero”.

La nueva dimensión del conflicto entre OTAN y Rusia

Guerra en Ucrania

El reciente conflicto en Ucrania, entre las fuerzas golpistas de Kiev (apoyadas por los países occidentales) y las fuerzas separatistas del Donbass (apoyadas e integradas militarmente por fuerzas militares rusas), representa otra pieza más de este conflicto. Inicialmente, el golpe en Kiev ha pillado por sorpresa al gobierno ruso (empeñado en los Juegos Olímpicos de Sochi) y parece que este hecho haya provocado divisiones el entorno de Vladimir Putin. Sin embargo, la sorpresa ha durado poco: con una rápida operación política y militar (cuya legalidad y legitimidad es objeto de discusión) Rusia ha anexionado la península de Crimea, línea roja estratégica de la Federación, en cuanto salida al Mar Negro. En las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk el gobierno ruso ha preferido mantener una política de desestabilización, ya utilizada en los “conflictos congelados” en el espacio post soviético. Han apoyado a los insurgentes con envío de tropas y armas, pero también han actuado para que el territorio siga siendo un polo desestabilizador interno para el frente adversario, antes que anexionarlo como territorio de la Federación. La estrategia tiene sentido si se considera que el Donbass es más funcional a la seguridad rusa como “Estado colchón” que aleje los misiles occidentales de las fronteras. Con su política exterior en relación a Ucrania, el Kremlin ha querido demostrar que no acepta más la política exterior de la OTAN y que no tiene problemas a la hora de utilizar la fuerza militar para proteger sus interés de potencia y la población rusa residente en el exterior. Un último efecto de este conflicto ha sido acercar a los rusos al gigante chino (tradicionalmente no un aliado propiamente dicho sino un adversario) con la propuesta de un contrato de exportación de hidrocarburos, aceptada por Pekín. En realidad, el conflicto no ha interrumpido de manera significativa el flujo de recursos hacia Europa pasando por Ucrania, pero aquí es posible observar la dependencia rusa en el sector de los hidrocarburos y su necesidad geopolítica de reafirmarse como potencia euroasiática en un mundo multipolar.

Estados Unidos y los países europeos (en particular Polonia y Alemania) han apoyado las protestas del Maidán y el gobierno de Kiev es considerado un partner estratégico de Occidente, con presiones conjuntas para que Ucrania entre a formar parte de la OTAN. Evidentemente esta estrategia ha de insertarse en el proceso de recomposición militar del Intermarium y de oposición a las pretensiones internacionales de Rusia. Con esta última, la administración norteamericana parece haber encontrado su enemigo ideal y ha sacado músculo; es célebre la frase de Obama, en la relación a la anexión de Crimea, calificando la Federación rusa de “potencia regional”, algo que obviamente ha ofendido y enfurecido Putin.

Esta guerra parece dirigida a convertirse en otro “conflicto congelado”, pero el riesgo de que un incidente provoque una peligrosa escalada militar es real y casos como el abatimiento del avión malasio MH17 o la masacre de Odessa podrían haber tenido consecuencias inesperadas. Es posible que en los próximos meses se asista a una nueva explosión de violencia, sobre todo después de la anulación de la visita de Putin a París (otra señal de discordia con los países occidentales).

No es una nueva guerra fría, es bastante peor

La nueva dimensión del conflicto entre OTAN y Rusia

El enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética era concreto y también potencialmente peligroso. Sin embargo, en su influencia global proporcionaba un orden internacional, relativamente controlado. Es cierto que los dos enemigos se enfrentaron a todos los niveles de manera indirecta en muchos y dolorosos conflictos en otros territorios. Pero también es cierto que se entendían, se conocían, utilizaban los mismos códigos para leer la política exterior y eran capaces de prever las maniobras del adversario. Además, la centralidad geopolítica de Europa occidental permitía a los europeos mantener una posición más autónoma y una estrategia “a largo plazo” y más fría en las relaciones entre los dos bloques.

Hoy, las dos superpotencias vuelven a presentar intereses divergentes a nivel global, pero no se entienden o no quieren hacerlo. El Kremlin entiende que vivimos en una sociedad internacional multipolar y quiere ser una presencia relevante en este escenario. Estados Unidos puede parecer más confuso y menos unilateral (también por la construcción misma de su política exterior, más condicionada por actores diferentes) y muestra dificultades en aceptar la nueva dimensión multipolar. El establishment estadounidense parece haber encontrado en el “oso ruso” un nuevo elemento de compactación interior y un adversario internacional que mantiene con vida la industria bélica y un sistema de inteligencia y militar sobredimensionado.

Sin embargo, las razones materiales son una mínima parte de este conflicto. Si Rusia busca la construcción de ejes estratégicos de corte euroasiático (y la última intervención en Oriente Medio va en esta dirección), Estados Unidos busca mantener fragmentado este territorio, para evitar la emergencia de una potencia continental, “inevitablemente” adversaria de la potencia marítima. Es decir, se enfrentan dos concepciones culturales e históricas completamente divergentes. De un lado, el imaginario colectivo ruso, con su concepción sentimental de la política, la importancia del “honor” y de la fuerza imperial, en una óptica que mira a elevar al “patrimonio cultural y político euroasiático”. Por el otro, las concepciones fundantes del imperio estadounidense: la idea puritana de ser “nación elegida”, la concepción universalista y racionalista de la política y el dominio marítimo como expresión de la potencia imperial.

En este contexto, los prejuicios y las obsesiones más profundas vuelven a emerger y el movimiento del telón de acero con relativo aumento de la sensación de acercamiento ruso es un ejemplo claro de algo dictado por criterios psicológicos.

Ahora bien, un enfrentamiento tan radical entre actores diferentes, en el actual escenario internacional, puede tener consecuencias globales e imprevisibles. No han cambiado solo los protagonistas respecto a la época bipolar: también ha cambiado el mundo. Las nuevas formas de construir la propaganda, la inestabilidad económica, la aparición de actores regionales siempre más autónomos, la destrucción de regímenes seculares. Son todos factores que aumentan la inestabilidad y los riesgos y un ejemplo claro se puede ver en Siria: aquí se encuentran muchas posiciones enfrentadas (la principal entre Irán y Arabia Saudí) que escapan al control de las grandes potencias, las cuales operan según intereses divergentes y no consiguen ponerse de acuerdo para solucionar el conflicto.

No sabemos cómo podría evolucionar este conflicto, pero es cierto que las perspectivas no son nada alegres, sobre todo en vista de unas elecciones en Estados Unidos que van a tener consecuencias directas sobre esta situación y en concreto para los europeos. Lo que sí sabemos es que este foco de tensión, entre los muchos que hay a nivel global, es probablemente el más peligroso, porque es un enfrentamiento entre superpotencias nucleares, basado más bien en criterios psicológicos o culturales que materiales y, por lo tanto, más difícil de negociar.

Giacomo Pevarello

Politólogo, licenciado en Estudios Internacionales en la Alma Mater de Bolonia y Máster en Política Internacional en la Universidad Complutense de Madrid. Especializado en Relaciones Internacionales, Geopolítica, Espacio post-soviético (en particular Cáucaso Norte). También escribo sobre Europa, Oriente Medio y Magreb, terrorismo y crimen organizado. Soy un aficionado del Hip-Hop, de las novelas y del cine negro, género pulp y de las culturas undergound. Coordinador de Extramuros y redactor.