La Era Trump: ¿riesgo u oportunidad?

Lunes 14 de Noviembre de 2016
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La Era Trump
Mariano Montesinos

La elección de Trump, el voto del Brexit, el ascenso de partidos xenófobos en Europa, nos señala un momento político sobre qué está pasando en el mundo occidental: la gente pide seguridad, certidumbre y proteccionismo, es decir, más Estado frente a la globalización.

Vuelta al Estado-nación

Al igual que sucedió con el Brexit, las primeras reacciones a la elección de Donald Trump responden al reflejo liberal de miedo a la democracia y a las masas irracionales.Hace unos días el director de El País, escribía: "Repasen la Constitución estadounidense y no encontrarán en ella la palabra democracia: si algo temían los padres fundadores era a las pasiones irracionales de la opinión pública". Y hoy, en efecto, se confirma que los americanos o bien han votado mal, o bien son unos locos o bien unos racistas paletos.

La tragedia, de fondo, es ésta: el pueblo no siempre vota lo que se espera de él. Frente a este crudo descubrimiento, nuestras élites cosmopolitas, para las que el Estado-nación es una antigualla y los tratados de "libre comercio" un destino universal, se lamentan por el nuevo fantasma del populismo que, al final, sólo era el fantasma de la política.

Nuestras élites cosmopolitas se presentan como la última barrera de un populismo al que, sintomáticamente, definen como "prometer lo que el pueblo quiere", y, en su lugar, parecen reclamar un nuevo pueblo (ilustrado, sofisticado y sin patria). En este punto, sería necesario, recoger aquella sentencia de Bertolt Brecht: después de la sublevación de 17 de junio, el Secretario de la Unión de Escritores mandó distribuir panfletos en el Stalinallee, afirmando que la gente había perdido la confianza del gobierno y sólo podría ganarse de nuevo con esfuerzos redoblados. ¿No sería más fácil en ese caso para el gobierno disolver el pueblo y elegir otro?"

Definitivamente, y como sostiene el maestro Manolo Monereo, los centros de mando están perdiendo la capacidad de interpretar a sus pueblos y de plantear proyectos colectivos, que den sentido a las vidas de millones. Esto es, precisamente, lo que ha hecho Trump. Plantear un nuevo proyecto de país, un proyecto colectivo que genera pertenencia e identidad, aunque sea en un sentido excluyente y racista. Millones y millones de personas querían que ser americano volviera a significar algo e implicara algunos derechos/privilegios. Definitivamente, la promesa del neoliberalismo por la cual para que a las empresas de tu país les vaya bien contra China, tienes que trabajar más horas y cobrar mucho menos, no es lo suficientemente atractiva para millones de trabajadores. Otra cosa, evidentemente, es que Trump vaya a desviarse un centímetro de estas políticas económicas.

En definitiva, y con excepción, quizá, de los conservadores británicos, son pocos los que están leyendo, o quieren leer, lo que se presenta ya como un cambio de época, esto es: el agotamiento de la segunda globalización y el regreso del Estado-nación.

Regresa la soberanía. Y dentro de unos años veremos como todos los partidos comienzan a hablar más de soberanía y menos de los consensos europeos. El debate es cómo se cifra esa soberanía: si en clave nacional, excluyente y "guerrera", o en una clave popular, democrática e inclusiva.

Trump y la Política Internacional

¿Qué estará pensando Putin, los monarcas saudíes y la población de Alepo tras la victoria de Donald Trump? ¿Es el momento para una mayor autonomía europea frente a un EE.UU. más nacionalista y replegado y más ahora que Reino Unido, el caballo de Troya de EE.UU. en Europa, saldrá de la UE? El nuevo panorama que se conforma nos lleva a pensar a que la UE, sus élites transnacionales, pueden verse animada a tomar sus propias riendas en materia de defensa y política exterior ahora que parece ser que Trump y Putin van a ser aliados. ¿Qué pasará con Ucrania si EEUU reconoce finalmente la Crimea rusa cuando la UE está haciendo esfuerzos extras para ayudar al gobierno pro-europeo de Kiev?

Es indudable, si atendemos a las declaraciones que Trump ha lanzado durante su campaña, que la política exterior de EE.UU. tiene visos de cambiar de rumbo: repliegue nacional, mayor proteccionismo y mejora de la relaciones con Rusia (Putin y Trump parecen tener buena sintonía). Esto podrá afectar sobre todo a la política en Oriente Medio, a las relaciones estadounidenses con Arabia Saudí y Siria. Quizá la población de Alepo deje de ser bombardeada a cambio de que Rusia y sus aliados en Siria (Al Assad y los alauitas apoyados por Irán y Hezbollah) retomen el control de esta ciudad suní. Esto no gustaría a Arabia Saudí, histórico aliado de EE.UU. en la zona y cuya monarquía apoya a las fuerzas del ISIS (sunitas extremistas, comparten fé con los saudíes). De ahí que Trump acusara a Clinton de haber creado el ISIS. Esto puede suponer una reconfiguración de los poderes en la región donde países como Israel, Turquía e Irán tendrán mucho que decir en esta posible nueva reconfiguración.

Dar la espalda a Arabia Saudí, por otro lado, tendría repercusiones en la economía global al ser este país uno de los mayores exportadores de crudo. EE.UU. va hacia la autosuficiencia energética, y los precios bajos pactados entre EE.UU. y los saudíes han afectados considerablemente a las economías de países “no amigos” como Rusia y Venezuela, quienes han visto mermados sus ingresos por la bajada del precio del petróleo. Todo está por ver y cualquier movimiento puede generar un efecto dominó.

Resultados electorales sorprendentes en occidente

Cultura junk y el “homo posmoderno” de los realities

Respecto a las últimas sorpresas electorales (Brexit, el NO en Colombia, Trump, ascenso de partidos xenófobos en Europa), ¿es todo esto resultado de la “cultura junk”? ¿Son los realities del tipo “Hombres, mujeres y viceversa” donde se ensalzan valores individualistas y totalmente alejados de un mínimo rigor intelectual que copan las parrillas de los mass media los responsables de generar un caldo de cultivo proclive a que la gente vote opciones “sorprendentes"?

Es decir, nos gusta la explicación de que los perdedores de la globalización en occidente (clases medias y trabajadoras cuya inseguridad laboral y económica es su día a día) tienden a votar a opciones anti-establishment. Bien, es una explicación racional. Pero el granjero de Kansas que apenas sabrá lo que supone la globalización (aunque se vean afectados directamente por la globalización económica), ¿puede ser que vote motivado más por votar a gente que más se parece a él, como diría Lackoff? Es decir, estos votan a candidatos que hablan como él, que sienten y expresan el mundo como ellos lo perciben. Es el producto de la cultura junk, de la generación del "homo posmoderno neoliberal", heteropatriarcal y xenófobo, consumidor de realities, información xenófoba de telediarios como los de la FOX que incitan un miedo exacerbado a la inmigración, metiendo en el mismo saco a inmigrantes y amenaza yihadista.

Brecha generacional-digital ¿los últimos latigazos de un pasado que agoniza?

Los medios de comunicación tradicionales (prensa escrita, televisión y radio) controlados por grandes corporaciones mediáticas, oligopolios estrechamente vinculados a los poderes políticos, han perdido terreno en la configuración y modelaje de la opinión pública. Vemos cada vez más cómo las redes sociales sumado a la aparición de nuevos medios de información en internet más pequeños, llegan a un nuevo espectro de gente que podemos llamar “los hijos de la generación digital”. Gente joven, con acceso a internet nacidos en la era digital, cuya lectura de lo que pasa en el mundo es a través de nuevo medios, es decir, que se informan de la política fuera de los medios tradicionales. Esto ha cambiado el comportamiento de voto hacia los partidos tradicionales fuertemente ligados estas grandes corporaciones mediáticas. El ejemplo más evidente es el papel de PRISA en desbancar a Pedro Sánchez del PSOE. No es casualidad que un partido como Podemos, anti-establishment, su principal grueso de votantes provenga de las grandes urbes (los primeros en tener buenos accesos a internet) y sean principalmente jóvenes, usuarios nativos de las redes sociales y de los nuevos medios de información online. Los procesos de conformación de opinión pública siguen siendo fundamentales, la información es poder.

Las últimas sorpresas electorales ‒NO a la paz en Colombia, el triunfo de Trump, Brexit‒ quizá sean el resultado de los últimos latigazos de esa generación pre-digital, asustada ante los nuevos cambios transformadores en economía y en la sociedad, (revolución tecnológica-digital). Éstos han votado por volver a un pasado de seguridad y certidumbre, que no volverá. Los jóvenes en Reino Unido votaron por el Brex-IN, los mayores por volver al pasado y salirse de Europa. Quizá, por mero transcurso del tiempo, aún quedan muchos cambios por venir que romperán definitivamente con este pasado que ya agoniza.

¿Parecerse a una sociedad heteropatriarcal y xenófoba asustada por el caos, o ser fuerza de cambio transformadora?

Si fuésemos los directores de campaña de cualquier partido político en occidente, nos plantearíamos la siguiente duda: si en la opinión pública parece instaurarse la percepción de caos y que el mundo se va al garete (amenaza del terrorismo yihadista, oleadas de refugiados, recesión económica, ascenso de China y más), ¿qué campaña habría que desarrollar? Nos viene a la cabeza la “teoría del shock” de Naomi Klein. Es una pregunta complicada, y no habrá ni una ni dos ni tres respuestas una más certera que otra. Últimamente escuchamos que hay que parecerse a la gente, a la sociedad, tenemos que ser reflejo de sus miedos y deseos. En un contexto, construido mediáticamente, de miedo y caos, ¿tenemos que ser una fuerza paternalista que ofrezca seguridad frente al caos (repito, construido por medios xenófobos y por una “cultura junk” occidental) que atemoriza a nuestras clases medias y trabajadoras? ¿O bien por otro lado, debemos ser una fuerza transformadora que destape los miedos falsamente generados y ponga encima de la mesa una política en defensa de los derechos humanos? Está bien la crítica de que no nos vale con conformarnos con el 10% del voto y decir que la gente es estúpida por no votarnos, tienen razón ¿pero qué va antes, el huevo o la gallina? Es decir, ¿debemos parecernos a la sociedad o transformarla?

Los ejemplos de Trump, del Brexit, del NO al tratado de paz de Colombia, el ascenso de fuerzas xenófobas en Francia, Reino Unido y buena parte de la Europa central y septentrional, nos dicen que la gente quiere certidumbre y seguridad ante el caos que supuestamente vivimos. No nos vayamos tan lejos, aquí en España, ¿por qué PNV y PP ganaron en País Vasco y Galicia tras un año donde los partidos de gobierno se habían visto fuertemente castigados por las urnas? ¿Tiene algo que ver la sensación generada en España de caos e incertidumbre que ha ocasionado tener al país un año sin gobierno e inmerso en una situación económica con muchas dudas?

No hay respuesta única, solo respuestas que satisfagan los objetivos políticos que queramos conseguir.

Javier Sánchez Serna

Lcdo.en Filosofía y master en Sociología Aplicada. Diputado de Unidos Podemos en el Congreso de los Diputados.

Gabriel Vegara

Licenciado en Ciencias Políticas y Master en Política Internacional. Doctorándome por la UCM en Relaciones Internacionales, Unión Europea y Estados frágiles. Trabajando por el cambio en España.