Hillary Macron

Miércoles 05 de Abril de 2017
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Macron

Crónica de la elección presidencial francesa #3

Casi nacido en una puerta giratoria

Emmanuel Macron, de 40 años de edad, es arropado por los grandes medios como el que más opciones tiene de ganar la elección presidencial en Francia.

Este hombre se presenta como “candidato antisistema” y ha titulado su manifiesto de candidato “Revolución” (sin risas). Pero, por su recorrido profesional y político, es un producto clásico de la élite política francesa. Macron ha sido alumno del súper elitista liceo Henry IV de París, luego se ha matriculado en el Instituto de estudios políticos y de 2002 a 2004 ha sido alumno de la Escuela nacional de administración ENA, cuna de los altos funcionarios, de donde proceden casi todos los dirigentes del partido de derecha y del partido socialista.

Al salir de esa escuela, Macron entró en la inspección de Hacienda, el cuerpo de funcionarios más cotizado y el que abre más rápidamente las puertas giratorias. Durante la presidencia del derechista Sarkozy, formó parte de la “comisión para liberar el crecimiento”. Esa comisión fue dirigida por Jacques Attali, antiguo secretario del presidente socialista Mitterrand e inspirador de parte de las políticas de recortes, privatizaciones y abandono de soberanía nacional llevadas por los gobiernos socialistas y de derechas que han alternado desde 1984.

En 2008, Emmanuel Macron tomó la puerta giratoria para entrar en la banca Rothschild – que solía vigilar como funcionario – y en aquel puesto se hizo millonario, interviniendo en fusiones de empresas.

Cuando Hollande ganó la elección presidencial de mayo 2012, Macron pasó por la puerta giratoria en el otro sentido, al ser nombrado secretario general adjunto de la presidencia – un puesto que le daba más peso en las decisiones que cualquier ministro.

En agosto 2014, es nombrado ministro de economía y fomento, e impulsa la “ley Macron” de desregulación y liberalización, recogiendo las demandas de la patronal. Más tarde se hace principal inspirador de la ley de reforma laboral defendida por la ministra de trabajo Myriam El Khomri, reforma que desencadenó una fuerte ola de protesta social.

La jugada del hombre nuevo

Macron sale del gobierno en agosto 2016, para presentarse a la elección presidencial, encabezando el movimiento político En Marche creado por y para él, afirmando ser a la vez de izquierda y de derecha.

Gran parte de las ideas que componen el programa de Macron salen de la comisión Attali, que propuso a Sarkozy un programa de recortes tan duro que ni el propio Sarkozy se atrevió a aplicarlo.

Hollande, después de haber sido elegido con un discurso de opositor a las políticas de recorte, sí que ha puesto en práctica buena parte de las propuestas de Macron. Esa orientación económica le vale a Hollande un rechazo tan grande que se ha convertido en el primer presidente que renunciara aspirar a un segundo mandato. Su primer ministro, Manuel Valls, ha perdido estrepitosamente la primaria socialista, al ser identificado estrechamente con esa política de recortes – justificada, como siempre, por el TINA (“There Is No Alternative”) y las imposiciones europeas.

Mientras el peso de la herencia del gobierno ha recaído sobre Valls, Macron juega a presentarse como un hombre nuevo, capaz de romper con los viejos partidos para cambiar la política francesa.

Pretende que los franceses se olviden de que es uno de los principales inspiradores de la política de recortes tan rechazada, cuando defiende exactamente la misma política, pero vendiéndola como nueva y joven. Macron es así una suerte de Jano, el dios romano con dos rostros: los medios lo venden como un hombre nuevo con ideas nuevas, rompiendo con los gobiernos pasados y presentes; pero es el auténtico heredero y continuador de François Hollande.

Para realizar tal jugada, cuenta con el apoyo masivo de la oligarquía francesa, de los medios de comunicación en manos de esa oligarquía y también de Hollande y de los barones del partido socialista.

La “trama” se rinde a Macron

En Francia, llevamos dos años con la cara de Macron y de su pareja en las portadas de las revistas de todo tipo, con una fortísima aceleración a partir del verano pasado. Eso coincide con una concentración de los principales medios en manos de unos pocos propietarios de la gran industria, concentración aún mayor estos años.

Los armamentistas Arnaud Lagardère y Serge Dassault, el señor del ladrillo Martin Bouygues, el depredador de la riqueza africana Vincent Bolloré, el especulador Patrick Drahi, la alianza del representante de la industria del lujo Pierre Bergé con el rey del internet Xavier Niel y el banquero Mathieu Pigasse: en las manos de estos ocho multimillonarios están la mayor parte de los periódicos, revistas, radios y televisiones de Francia. Poco queda que no esté bajo el control de esa oligarquía, en donde coinciden los herederos clásicos del capital monopolístico francés (Bouygues, Lagardère, Dassault, Bolloré) con nuevos actores crecidos con la especulación bancaria o las nuevas tecnologías (caso de Niel, fundador de la empresa de telecomunicación Free).

Salvo Dassault, propietario de Le Figaro, que sigue fiel al partido de derechas y apoya la campaña de François Fillon, toda la oligarquía está volcada a favor de Macron. Es que lo reconocen como su hijo y uno de los suyos. En los medios a manos de esa oligarquía – es decir, prácticamente todos – se nos aparece Macron como una estrella de Hollywood, a base de fotos resaltando su juventud, su tipo guapo y su altura de hombre de Estado. Todas imágenes acompañadas de sendos editoriales y artículos ditirámbicos y unánimes: ese bombardeo pretende implantar la candidatura de Emmanuel Macron como la del hombre nuevo, con ideas muy modernas, es decir liberales y europeas, recogiendo lo bueno de la izquierda y lo bueno de la derecha, y borrando todo vínculo con el gobierno saliente.

La radio y la televisión pública siguen siendo muy importantes, y están bajo control férreo de la presidencia de la República – es decir, en manos de Hollande. También durante estos años la presidencia ha reforzado su intervención en los asuntos de Justicia y policía; así lo cuentan dos periodistas en una publicación citada por el candidato derechista François Fillon, que le sirve para denunciar el acoso judicial y mediático del que sufre estos días.

Todo este aparato se vuelca en pro de la candidatura de Macron. Los concejales más importantes de Hollande trabajan para Macron, y algunos de los ministros más importantes de lo que queda de gobierno se han decantado hacia la candidatura Macron, llevando el candidato oficial socialista, Benoît Hamon, a denunciar las traiciones.

Ahora el propio Manuel Valls, vencido por Hamon en la primaria socialista, llama a votar Macron. El problema que tiene Emmanuel Macron ahora es que no se vea su proximidad con Hollande/Valls y todo ese viejo aparato del que pretende ser ajeno, para no quemarse.

También se unen a Macron políticos centristas; siguen el ejemplo de François Bayrou, tres veces candidato centrista y que hace un par de meses denunciaba a Macron como el candidato de la banca y de la oligarquía enemiga de los intereses nacionales: se ha unido a Macron a cambio de algunos sillones de diputados. Se han unido también algunas figuras del partido comunista, incluyendo un antiguo secretario general.

El gatopardismo à la française

“Todo debe cambiar para que nada cambie” dice el personaje de Tancredi en la novela El Gatopardo de Giuseppe de Lampedusa, llevado al cine por Luchino Visconti. Así lo entiende la poderosa trama que impulsa la candidatura de Macron: puesto que los partidos del bipartidismo amenazan con perder su hegemonía, y al ver el grado de desagregación que ha experimentado el partido socialista en estos cinco años de presidencia Hollande, pues mejor sacarse del sombrero una alternativa que se proclamara “antisistema” y por encima de los partidos. Se trata de que Macron gane y lleve la recomposición del panorama de partidos, transformando el partido socialista y otras fuerzas en un movimiento que parezca nuevo.

No es solo oportunismo cínico – al estilo de Hollande: Emmanuel Macron se presenta como siendo al mismo tiempo de izquierda y de derechas – discurso que seduce bastante, pero también enlaza la modernidad con la profundización de la integración europea según el modelo alemán, y con la política atlantista anti-rusa.

Seguimos en el patrón europeísta: toda denuncia del orden liberal europeo es nacionalismo peligroso, toda propuesta de política garantizando los derechos y las vidas de las categorías populares es irrealista y del pasado. Macron no miente cuando pretende llevar una revolución: se trata de la revolución liberal en contra del modelo económico social implantado en Francia al salir de la segunda guerra mundial, y hoy más que nunca enemigo de Los Mercados y de lo que consideran modernidad.

¿Rivera o Clinton?

El guión montado para que Macron acceda al palacio parisino del Elíseo, sede presidencial, es impulsar su candidatura en contra de los candidatos oficiales del partido socialista y del partido de derecha Los Republicanos, hasta conseguir que se califique para la segunda vuelta. Entonces se enfrentaría a la candidata de extrema derecha Marine Le Pen. Bastaría con tener en frente a Marine Le Pen para ganar, ya que consideran sencillamente imposible que Le Pen pueda conseguir más de 50% de los votantes.

Pero ese guión perfecto amenaza con estrellarse de dos formas: a lo Rivera o a lo Clinton.

A lo Rivera: Son innegables las semejanzas entre la operación mediática montada hoy para Macron y la que se llevó en 2015 para promover a Rivera en España.

Dos jóvenes guapos y listos, haciendo campaña diciéndole a todo el que quiera lo que quiera oír, diciendo que recogen lo mejor de la derecha y lo mejor de la izquierda, con una mezcla de discurso de empresario que se pretende moderno y de proclamas patrióticas. Todo eso servido por una campaña masiva de presencia en los medios, hasta el empacho, y – ¿cómo no? – con encuestas que los suben a las nubes.

Macron tiene el mismo problema que Rivera: que se le vea el plumero.

Que se vea cómo se va contradiciendo prometiéndolo todo y lo contrario; que se vea que es corresponsable de la política del gobierno que tanto rechazo provoca; que se vea también que no tiene la autoridad que los franceses asocian a la figura del presidente de la República, auténtico monarca moderno.

Y es que la figura simbólica del presidente, tal como está arraigada en este país y ligada al Grand homme (el Gran hombre), hecha a medida para Charles De Gaulle, no encaja con la imagen de empleado de la finanza y de la banca de la que Macron no logra deshacerse.

Ya, en la recta final de campaña, se le ha visto endeble en el debate televisado el 20 de marzo, frente a cuatro otros candidatos – nunca hasta ahora había tenido que medirse en un debate.

Hemos visto en España como la campaña electoral del 20-D se le ha hecho larga a Rivera, sufriendo un fuerte descalabro final. Macron corre el mismo riesgo, el de desinflarse.

A lo Clinton: En Estados Unidos, el aparato del partido demócrata hizo el cálculo que ahora hacen en Francia las fuerzas que impulsan la promoción de Macron.

Pensaban que tener a Donald Trump en frente le garantizaba a Hillary la presidencia. Porque todos los electores se movilizarían en contra de Trump, aceptando votarle a Clinton por ser el único escudo en pie frente al fascista Trump.

Y fijaos, Trump es presidente.

En Francia, para serenarse, los promotores de la operación Macron miran como Clinton ganó el voto popular, siendo el sistema de elección del presidente el que ha permitido a Trump conseguir la victoria. Y piensan que, en Francia, no puede ocurrir que gane Le Pen. Siguen convencidos de que casi todos los votantes que no hayan escogido Le Pen en la primera vuelta se movilizarán para impedirle la victoria, eligiendo a Macron – según el viejo mecanismo del “voto útil”.

Lo tienen seguro. Como los demócratas americanos lo tenían seguro antes de que la gente vote.

À suivre… (continuará)