Pornopropaganda e hipermachismo

Lunes 25 de Enero de 2016
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Soy machista

“Todo se trata de sexo, excepto el sexo. El sexo se trata de poder”
(Oscar Wilde)

En “Al Diablo con el Diablo” (2000), Elizabeth Hurley le hace una oferta a Brendan Fraser que no va a poder rechazar: su alma intercambiada por siete deseos. Lo crucial, por lo que aquí nos interesa, es que la materialización de esos deseos torna en una suerte de lección que, en última instancia, le dice al pobre Elliot, que no está deseando bien. Por ejemplo, cuando Elliot comienza deseando un Big Mac y una Coca-Cola (¿no es este el verdadero pecado elemental de nuestros tiempos?), acabará teniendo que pagar él, pues lo que no deseó es que fuera gratis; o cuando desea ser rico y estar casado con Allison, su amada compañera de trabajo, este diablo encarnado en Elizabeth Hurley, lo convierte en un traficante colombiano que acabará asesinado por una banda rival. ¿No es esta manera de materializar deseos una maravillosa analogía de lo que la reacción conservadora-neoliberal de la segunda mitad del siglo XX hizo con las principales demandas de mayo del 68? Una de las demandas sociales más repetidas hoy en día es la reivindicación justa, honesta y necesaria por la feminización de la política, vía lo que se suele denominar la ética de los cuidados. Hoy las responsabilidades de esos cuidados recaen mayoritariamente sobre las mujeres, sin la contrapartida de retribución económica o prestigio social que dichas tareas deberían tener asignadas (precisamente por las funciones cruciales que desempeñan en los sistemas económico y social). En ocasiones, por exigencias materialistas lógicas y sensatas, la formulación de esa demanda se centra más en ese reconocimiento económico y social que en la feminización del resto a la que aludía arriba. Pero, los de siempre son maestros en convertir la sensatez general en lucro propio y esta elección puede tener, como ocurrió en mayo del 68, una reinterpretación maligna (lo que, por otro lado, no invalida la licitud de la demanda), como si de Al Diablo con el Diablo se tratase, naturalizando la condición estrictamente femenina de los cuidados —la mujer se define por su responsabilidad y superior capacidad de mantener y asegurar el bienestar de cuanto le rodea—, lo que tendría reflejos aún más malignos en la simultánea naturalización del descuido masculino. Siguiendo esa lógica, si el hombre participa de esa ética de los cuidados es digno de admiración, pero si la mujer la elude se torna en algo inaceptable (más aún con el eventual reconocimiento demandado). El hombre es hombre porque rompe y la mujer porque repara.

Es curioso que este diablo, instancia a través de la cual serán materializados los deseos del personaje de Elliot Richards —estereotipo varón de american loser— tome forma femenina y sexy. Tomando esa cartografía inicial, sería interesante advertir cómo, en bastantes lugares, Slavoj Žižek ha hablado sobre cómo estructuramos los hombres heterosexuales nuestras experiencias sexuales: “la mujer nos excita en la medida en que entra en el marco de nuestra fantasía”. La mujer entra en ella y ocupa un lugar en un reparto ya dado y no siempre —de hecho, casi nunca— plenamente consciente. Los mecanismos y los factores que van conformando esa fantasía pueden ser tremendamente variados. Para el esloveno, en las mujeres la cuestión toma un enfoque radicalmente distinto. Lo crucial en ellas, es la distancia narrativa que toman respecto del acto en sí, y en virtud de la cual, es como si se observasen desde el exterior y fueran construyendo una suerte de relato simultáneo. En resumen, por un lado, tenemos el movimiento descendente desde la idea-fantasía hacia la materialización de la misma, y, por otro, el ascendente desde el acto hasta una especie de registro del mismo en forma de relato. Con todo esto puede estarse de acuerdo o no, naturalmente.

El que escribe cumplió 15 años en 1999. En aquellos tiempos el contacto de los jovenes con el porno en un barrio humilde como el de Orcasitas iba a sufrir una auténtica revolución. Siempre digo que mi generación está llamada a hacer grandes cosas, tanto positivas como negativas; somos, de la mano de Gramsci, hijos de un mundo que no acaba de morir y padres de otro que no acaba de nacer, esto es, monstruos. Supongo que todo el mundo tiene sensaciones similares, pero es cierto que de la misma manera, pasamos de recibir el chivatazo de un amigo de un amigo anunciando el descubrimiento de una vieja y mugrienta revista porno en una escombrera cercana a tener rudimentarias conexiones a internet que nos permitían descargar videos de minuto y medio en un par de horas y, andando en el tiempo, un auténtico catálogo de filias y parafilias para dar alivio a nuestra curiosidad y otro tipo de necesidades menos decorosas.

No voy a profundizar aquí en etiquetas como neoporno o porno 2.0 (aludiendo, de manera análoga a la Web 2.0, al rasgo de generado por el usuario de este nuevo contenido pornográfico), o el denominado posporno, que podría considerarse la maravillosa antítesis de lo aquí tratado. De lo que aquí se habla es del gatopardismo del porno machista de toda la vida. Hacer un análisis de la evolución de los contenidos pornográficos mainstream dirigidos explícitamente a hombres heterosexuales sin demasiados escrúpulos feministas daría para una tesis, en cualquier caso si que es obvia una tendencia: de la mano del resto de parcelas de la vida de una persona, el sexo, o más que el sexo, el haz de condiciones que crean la posibilidad de que una persona desee experimentar algún tipo de actividad sexual; esto es, la excitación, también entró en esa locura compartimentalizadora del capitalismo tardio que pasó de buscar, encontrar y mercantilizar todo aquello que pudiese tener la mínima pinta de nicho de mercado (lo que se define por la existencia de un cierto número de personas deseando eso) a crear de manera generalizada genuinos nichos virtuales y simulados (se conduce a las personas a desear eso que no desearían de no ser conducidas a ello).

De la misma manera que cualquier joven hoy es empujado a la tensión de pertenecer a algún grupo y ser, de alguna manera, único dentro de él, esa misma necesidad simultánea de pertenencia (a las personas que se excitan) y diferenciación (no como todos lo hacen) implica un relato necesario de base: nos excitamos de una forma más confortable cuando ello sucede de maneras singulares y sofisticadas, lo que requiere una mayor narrativa; en terminos de Žižek, una feminización de la excitación sexual. Pero, tras la apariencia de similitud, y de manera distinta a la forma femenina de estructurar el acto sexual según Žižek, este capitalismo tardío (como con esos souvenirs de aire enlatado de las más lejanas latitudes) toma una distancia narrativa respecto a algo que no tiene una existencia real y de esa manera nos hace creer que hay algo allí. Crea algo a partir de nada y, como con los milagros religiosos, nos hace creer. ¿Cómo no creer en la magia hoy en día? El contenido propagandístico y adoctrinador del porno es algo de lo que no se habla mucho (o no muy alto). Esas lógicas se introducen en nuestro universo cultural y lo modifican. A veces, son esas lógicas deslizadas las que directamente producen la excitación sin que haya contenido explícitamente sexual (inferimos supuestos comportamientos sexuales determinados a partir de gestos, gustos, objetos, ropa,...). El sesgo y el carácter que toman los contenidos pornográficos determinan una multitud de pautas culturales y de comportamiento. Desde la implantación de algunos patrones estéticos y de cuidado corporal (depilación, diversos blanqueamientos o tratamientos estéticos, prendas que realzan determinadas partes del cuerpo...) hasta el establecimiento de una suerte de agenda básica en lo que a una relación sexual se refiere, es decir, las etapas obligadas de todo ritual sexual estándar (occidental) y los límites a transgredir sin salir del marco de normalidad de cualquier relación plena. Lo que la mayoría de la gente definiría como una relación sexual plena hoy en día, así como las condiciones necesarias para dar lugar a la misma, no pueden aislarse de los principales cambios que han experimentado los contenidos pornográficos en los últimos años.

El caso es que durante el último año y pico he prestado bastante atención a Tumblr, en general, y a sus contenidos eróticos en particular. Si, ya. Volviendo al inicio con Žižek, el porno clásico mainstream casaba muy bien con el enfoque masculino del acto sexual: hay una fantasía y la excitación se produce en la medida en que la mujer entra en ese marco de fantasía. Un ejemplo perfecto sería la vida sexual de Antonio Recio y su mujer Berta en la popular serie de televisión La que se avecina y su manido gag erótico del guardia civil que ordena a la pobre conductora que realice un control de alcoholemia soplando ahí. En Tumblr, sin embargo, las cosas funcionan de una manera distinta. Dentro del universo Tumblr se puede encontrar de todo. Más allá de las manifestaciones de las más alocadas parafilias o de contenidos posporno más que interesantes, una auténtica legión de blogs ofrecen contenidos que, si bien siguen casando mayoritariamente con ese enfoque masculino žižekiano del que hablaba arriba, se han sofisticado, al mismo tiempo que se han radicalizado exponencialmente y, lo más espeluznante, toman una forma más narrativa, esto es, más adecuada a la mujer, siguiendo lo expuesto por Žižek. Ya no se trata de escenificar a una mujer materializando las fantasías del hombre de una manera burda; ahora vemos, por ejemplo, la imagen de una joven semidesnuda durmiendo en el suelo y a continuación un párrafo que versa sobre el carácter infrahumano de toda mujer, en virtud del cual, debe dormir en el suelo. Lo cierto es que el BDSM siempre tuvo su público, pero mientras aquel podía sacar pecho al reclamarse basado en el consentimiento y el acuerdo de las partes, la existencia de safe words que pueden detener la fantasía en todo momento y cierta prudencia en la intrusión de la fantasía en parcelas vitales no explícitamente sexuales, este neoporno hipermachista precisamente excita porque niega ese consenso, si no lo niega, lo truca y establece un consentimiento por defecto de toda mujer, por el hecho de ser mujer, para que sea vejada, humillada, abusada, violada, comprada, vendida... Así mismo, niega la misma noción de safe word y reclama su dominio sobre todas y cada una de las facetas de la vida. Si en el viejo porno era lo burdamente explícito lo que provocaba la excitación y había, de manera accesoria, una cierta lógica de poder difuminada pero muy tosca, en este porno lo que provoca la excitación es la inflamación, sofisticación y radicalización de esas lógicas, siendo accesorio el material audiovisual explícito.

machismo 2

El cambio realmente da miedo. Un porno idealista en extremo. Mientras en otros tiempos, los comportamientos machistas y vejatorios para la mujer eran enmascarados en narrativas variadas del tipo “la mujer es lo más bonito que hay”, es decir, era el relato lo que escondía la violencia originaria; hoy nos encontramos con un núcleo real no identificado completamente vestido con narrativas machistas y vejatorias. Mi hipótesis descabellada aquí es que nos encontramos ante la estrategia populista del machismo más extremo. El sexo es el soporte; el porno, una suerte de manifiesto. Primero necesita esa narrativa brutal y revolucionaria (pues choca frontalmente con lo establecido, no ya con un feminismo más o menos real, sino con la versión descafeinada y políticamente correcta del feminismo aséptico) para crear la fantasía —masculina, en términos de Žižek— vía eso que tanto leemos y que algunos llaman capacidad performativa de la palabra, al mismo tiempo está dotando de elementos a la mujer para conformar un relato que albergue y dote de significado el acto real brutal que está por suceder, cuando ella tome su habitual distancia narrativa respecto al mismo. Quizás a la inversa se entienda mejor: dota de elementos narrativos suficientes a la mujer para que esta pueda ingresar en ese marco de fantasía masculina, ingreso obligado para que el hombre pueda tener una experiencia sexual satisfactoria. Lo crucial es que el hombre estructurara su fantasía, en anticipo, sobre esos mismos elementos narrativos, los cuales exceden en mucho a sus predecesores, con un carácter casi totalitario (afín a la forma en que este capitalismo tardio contagia todas las facetas de la vida de un ser humano), colonizando facetas de la vida que antes no eran explícitamente sexuales. Este neoporno machista no es unívoco, existen distintos grados y solapamientos. En muchos blogs, por ejemplo, se advierte de que todo es una fantasía, en otros se utiliza la vieja lógica del pacto diabólico, el consensual non-consent, es decir, de consentir el propio abuso a partir de un momento determinado (lo que, de manera fascinante, recuerda a las lógicas espetadas por el bunker de los setentayochistas ante cualquier opción de ruptura); otros son escritos supuestamente por mujeres que deciden abrazar este tipo de lógicas, lo que pone en la mente curiosa unas gotas de cierta legitimidad engañosa; en algún otro he podido leer el glorioso arrepentimiento lacrimógeno de un autor que cuenta cómo la identificación total con estas lógicas lo llevó a arruinar su vida, echando a perder la relación duradera que mantenía con una “bella, respetable y extremadamente inteligente mujer que se definía como feminista”. Sin embargo, en muchos otros, o bien se está jugando a que la fantasía es real sin avisar de ello, o bien se está diciendo lo que de verdad se piensa. Aquí nuestros cerebros procesan ambas situaciones como idénticas y, de hecho, es esta cualidad, ese punto muerto, lo que produce la excitación. Como con la paradoja del gato de Schrödinger (el gato está y muerto y vivo a la vez hasta que se abre la caja), esto implica que la mujer está siendo amada y abusada, liberada y vejada, al mismo tiempo.

Misogino

Hoy en día, una nueva fantasía sexual masculina (y machista) y el tipo (ideal) de mujer que puede materializarla se están construyendo simultáneamente. En este neoporno distópico se anima, en última instancia, a sexualizar todas las facetas de la vida, no libremente, sino de acuerdo a un catálogo de patrones de comportamiento (en todo caso, machistas) que crea una ilusión de libertad. Existen además hechos reveladores en todo este submundo. Uno de ellos es la versión opuesta a esta suerte relación de dominación/sumisión no consensual, o al menos, de apariencia no consensual; es decir, aquella en la que quien domina es la mujer y quien se somete es el hombre. Lo maravilloso aquí es que —¡qué sorpresa!— el núcleo del asunto estriba en la feminización del hombre: lo más vejatorio que puedes hacerle a un hombre es hacer que parezca una mujer, que además, de nuevo, no es cualquiera, es un tipo determinado de mujer. Aquí hay que establecer una divisoria con algunas prácticas queer. Entiendo que la feminización del hombre puede responder a ello, una forma radical de romper esa identidad tan cerrada y estable como es la de un hombre heterosexual hoy en día. Pero, si géneros, orientaciones e identidades sexuales responden a una construcción social engañosa y no están realmente inscritos en nosotros, encuentro una estruendosa ausencia de contenidos en los que el hombre sea humillado y vejado en tanto que hombre según el patrón dominante, sin una feminización previa. Parecería que debe borrarse lo que hace hombre según el patrón heteropatriarcal al varón para humillarlo, o en otras palabras, que lo que ha de ser vejado necesita vestirse de mujer. ¿No hay aquí una inversión absoluta del machismo estándar en la que el hombre hace colapsar su deseo de humillar a la mujer sobre su propio cuerpo? (O una inversión lógica de la pulsión de muerte psicoanalítica: según el diccionario de Laplanche, las pulsiones de muerte se dirigen primero, tendentes a la autodestrucción, hacia el interior y, secundariamente, hacia el exterior, como pulsión agresiva o destructiva).

En cualquier caso, otro hecho muy ilustrativo es la proliferación en este tipo de blogs de intervenciones de supuestas feministas que confiesan a los autores que sus contenidos les excitan sobremanera, todo siempre seguido de preguntas del tipo “¿es esto normal?”, “¿por qué me pasa esto?”, a lo que los autores siempren contestan con un infumable texto que se apoya en distintas religiones o en torticeras interpretaciones de la Naturaleza o la Historia. Sin duda, Hannah Arendt concluiría que nos encontramos ante el germen de una ideología totalitaria. Pero ¿es el sexo tan crucial hoy como para que poco a poco se vaya presentando como el soporte ideal de una suerte de vuelco totalitario? Quién sabe... Lo que está claro es que es una parcela que no ha escapado al mandato —totalitario en sus efectos— de optimización extrema que todo lo permea. ¿A qué se debe si no, la proliferación de distintos tipos y modelos de preservativos? Natural, easy, placer, placer prolongado, feel, climax, sabores, sensitivo... Por no hablar ya de geles, lubricantes o juguetes varios, comercializados por la misma marca de preservativos. Ya no se trata de tener sexo minimizando el riesgo de contraer enfermedades o de embarazo, hoy se necesita algo más. ¿Quién tendría simple sexo seguro cuando podemos tener una increible experiencia mutual climax? Así, andando y profundizando en esa lógica loca de optimización infinita, no sería extraño toparnos con pensamientos masculinos del tipo ¿por qué conformarme con esta chica que, si bien es amable, guapa y divertida, no tiene el deseo de materializar todas mis fantasías sexuales?, nótese que las lógicas que desprende este nuevo tipo de porno conducen a pensar que lo importante no es que la mujer haga lo que yo le digo, sino que exista a priori en ella el deseo y la voluntad de hacerlo (una obediencia originaria, casi estoica); pensamientos que buscan el reflejo femenino que todo proyecto de dominación ha buscado siempre: la constante e ininterrumpida competencia entre subalternos en señalar implícitamente que ellos si son como el amo quiere que sean. Esa creencia rancia tan arraigada según la cual las mujeres son extremadamente competitivas e implacables entre ellas, tiene una lectura mucho más clarificadora: las mujeres son empujadas por un sistema económico, social y cultural a competir a muerte entre ellas para sostenerse. Divide et impera. Quizás no es algo acertado del todo, pero en esta época de cristalización de un feminismo aséptico y de un machismo progre y menos burdo, veo un porno hipermachista pero, de alguna manera, sofisticado en formación y, sin dejar de valorar los cuidados, a mi me sale una sonrisilla cómplice cuando veo mujeres que, más que cuidar de cuanto les rodea, descuidan.

Jon U. Salcedo - Redactor Jefe

Jon U. Salcedo

"Desclasado de barrio obrero en proceso de reeducación voluntaria. Juro que empecé Ciencia Política tres meses antes de que naciera Podemos. Madridista de izquierdas. Fundamentalista ignóstico enganchado al pandeísmo y otras sustancias."

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