Viva Franco

Miércoles 14 de Diciembre de 2016
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VIVAFRANCO

Llegábamos a bordo de un Renault 7 blanco sin aire acondicionado que, en aquellos tiempos, parecía gigantesco, con sus asientos marrones de un tejido que probablemente resultara de una aleación de nylon con algún material de origen extraterrestre, a juzgar por su extraño tacto y esa peculiar manera de arder que tenía cuando algún amigo de mis padres le aproximaba sin querer su cigarro. El R7 era para nosotros una nave que nos transportaba misteriosamente a un sitio donde olía mucho a sal y a algas. Por supuesto no tenía equipo de música, pero mi padre siempre se las arreglaba para que, pilas mediante, el coche fuera debidamente adaptado a las necesidades musicales que debía tener un viaje hasta el Puerto de Santa María, o hasta Barbate. Siete horas de coche en aquel sur de España sin autovías que duró hasta bien acabados los años ochenta.

Salíamos muy de noche. A una hora que me parecía extraña para viajar, pero que me gustaba. Ver el coche cargado con todo el equipamiento necesario para pasar quince días de playa me generaba un entusiasmo irreprimible, un cosquilleo estomacal que (siempre) se acabaría convirtiendo en mareo, y después en vómitos, pero que adoraba. Porque significaba que íbamos a un sitio nuevo, donde olía a sal y algas, donde la gente hablaba con muchas letras menos que en cualquier otro sitio que yo conociera y donde podría incluso quitarme las gafotas a las que tan buen uso dieron mis estimados abusones del colegio.

Lo importante era todo aquello. El nerviosismo, la intriga, el desconocimiento, la extraña comodidad del R7… pero sobre todo la banda sonora. Mi padre siempre ha tenido esa curiosa habilidad de saber qué música ponerle a cada momento de mi infancia. En esa época le dio por un señor con una nariz muy grande y que cantaba cosas a veces en italiano y a veces en español. Para mi, un niño cabezón y con gafas, de las oscuras provincias del sudoeste y, por lo tanto, ligeramente (gracias al duro trabajo de mis queridos padres) asilvestrado, aquel tipo italiano resultaba extraño. Aun no existía internet, así que era imposible comprobar de qué planeta habría salido para llegar hasta Extremadura metido en treinta centímetros de vinilo circular con surcos. Y eso me generaba cierto desasosiego. Porque después, mi padre apretaba la tecla mágica del ‘play’ y empezaban a pasar cosas que no era capaz de identificar, pero que notaba perfectamente cómo removían partes de mis entrañas que ni tenía consciencia de que existieran y que aun tardaría años en tenerla.

La unión de la música de aquel señor narizón con las tardes de la provincia de Cádiz en Julio es, con toda seguridad, el origen de mis desvelos inquietos pre-adolescentes, la principal causa de mis batallas adolescentes contra (y con) la existencia y el abono con el que me crece el cinismo desde que soy, presuntamente, un adulto. El Atlántico frío se me mezclaba con un Mediterráneo que, sin conocerlo aun, empezaba a percibir como la verdadera raíz de todo lo que acabaría por pasarme.

Battiato fue durante muchos años la banda sonora de las vacaciones, de pequeños viajes y del ritual de limpieza de discos que mi padre llevaba a cabo con cierta periodicidad. Una ceremonia mística donde limpiaba como si fueran bebés de porcelana fina todos y cada uno de sus vinilos surcados. Uno a uno los más de quinientos. Sin prisa. Durante todo el fin de semana. Mientras mi hermano y yo mirábamos alucinados tamaño acto de devoción.

Franco hablaba de cosas que parecían muy difíciles. O igual no, pero yo no lo entendía. O si lo entendía. O creía entenderlo pero no me enteraba de nada…. En cualquier caso, me hacía crecer, eso es seguro, mientras intentaba comprender a qué se debían esos arranques de emoción que se me despertaban de repente. Porque buscaba explicaciones, y porque sin internet y en una ciudad pequeña pegada a Portugal a finales de los ochenta, informarse de algo que no apareciera en una enciclopedia de Larousse, era de verdad imposible. Y sólo tenía claro (significara aquello lo que quisiera significar) que si quería buscar la dimensión insondable, la encontraría, si, fuera de la ciudad. Y yo quería buscarla, obviando eso de ‘al final de tu camino’ de momento...

Pero lo que más me inquietaba era Tozeur. Insisto en la imposibilidad de informarse en aquella época en un sitio como el que me tocó vivir porque era muy difícil resolver ciertas dudas. Así Tozeur se convirtió en mi Atlántida particular. Sabía que había unos trenes que pasaban por allí, que se veían desde las ciudades fronterizas, pero ¿qué fronteras eran esas?,¿por qué eran esos trenes tan importantes que un señor de Italia les cantaba una canción? Sabía que en las iglesias vacías hoy construyen los refugios de las astronaves interplanetarias. ¿¿¿¿¿!!!!!????? ¿Cómo? Pero las iglesias esas tan molonas ¿dónde están? Porque yo había ido a unas cuantas con mis padres y todas apestaban a rancio y estaban llenas de gente muerta en las paredes y había señores disfrazados que no inspiraban nada de confianza. Así que: ¿dónde estaba Tozeur? ¿Por qué tenía unas ganas irrefrenables de estar allí viendo unos trenes pasar? Y sobre todo: ¿por qué cada vez que oía esa historia que no comprendía tenía que ausentarme unos minutos o taparme con disimulo la cara para que nadie viese que me hacía llorar como si no hubiera nunca más un futuro?

Me desquiciaba Battiato. Me llevaba a sitios que necesitaba conocer. Porque no tenía ni idea de quién era el tal Niyinski, aunque de Rusia y sus alrededores en casa siempre se habló bastante más por asuntos que tenían que ver con herramientas amarillas sobre fondo rojo, pero que hubiera un sitio donde con ráfagas heladas de metralla desintegraran cúmulos de nieve, me dejaba perplejo, asustado, emocionado y muchas otras cosas que aun hoy no consigo descifrar y que sigo padeciendo. Sin duda es muy difícil descubrir el alba dentro de las sombras. Eso si me quedó claro.

Fueron infinitos los momentos en que este señor me atacó durante la inmadurez. De los que me quedó cierto poso nómada que cada vez practico menos pero que, años más tarde, me hizo viajar buscando cosas que sabía que no iba a poder encontrar. Eso del centro de gravedad permanente se me grabó a fuego parece ser…. Y cuando no viajaba con el cuerpo, viajaba con todo lo demás, abandonando el sudoeste antes incluso de comenzar a vivirlo, perdiendo mucho el contacto con la tierra a veces.

Pero la infancia se acababa (aunque tarde) y con el antiguo Mediterráneo aprendido de sus canciones pasé a preocuparme, además, por otros asuntos que parecían mucho menos elevados pero infinitamente más divertidos. Así quise conocer los apetitos míticos de cortesanas libias, la posesión, las formas de amor pre-alejandrinas. Porque, aunque tampoco tenía muy claro cuál era ese camino, todo aquello parecía coincidir bastante con el momento en que se encontraban mis hormonas. Y la revolución comenzaba sola a rodar por mi adolescencia, de la mano del sexo y de lo que yo entendí por el amor romántico. Nada más lejos de la realidad…

Descubrí también, propio de cualquier adolescencia supongo, que me podía hacer muchas preguntas a las que no podría responderme nadie. Me pasé millones de noches preguntando a quien amaba el animal que yo llevo dentro. Sin respuesta. Siempre. Aunque estaba muy claro que me volvía esclavo de mis pasiones. En eso anduve durante años: vagando por el amor y la existencia, por el sexo, esperando a que volviera la moda sedentaria de los viajes imaginarios y de la masturbación. Practiqué sin cansancio esa manera de engañar a Sören, creando bloqueos poéticos y estableciendo fronteras en mis cabezas. Como un derviche. Girando incansable hasta caer en… la más desagradable madurez. Muy lejos de la mística mediterránea que le aprehendí.

Y todo culminó hace dieciséis semanas. En la plaza de un pueblo del norte de la Toscana, sentado en una silla de verano, cuando por fin lo tuve cerca, a cinco metros escasos, cantándome sólo a mi una recopilación exacta de la banda sonora de mi vida (la que comenzó mi padre y ya veremos quien se atreve a terminar), con sus 72 desgarbados años, su violencia poética intacta, su filosofía tratando de liberarse para siempre y mi absoluta devoción por todo lo que es, ha sido, y, según sus creencias, será durante miles de vidas.

Franco, a pesar de que ahí fuera haya guerra, sigo sintiendo una extrañeza de amor. Y me temo que todo ha sido culpa tuya.

Comentarios

Emocionante. Sólo diré éso.

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