Los tics autoritarios del régimen

Miércoles 12 de Abril de 2017
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Paquito

El pasado 29 de marzo Cassandra Vera fue condenada por la Audiencia Nacional a un año de cárcel y siete de inhabilitación por un delito de humillación a las víctimas y enaltecimiento del terrorismo, a raíz de una serie de chistes sobre el atentado de ETA contra Carrero Blanco. Apenas unas semanas después de que fuese noticia vergonzante la absolución, por parte de la Audiencia Provincial de Palma, de Cristina de Borbón y la decisión de dejar en libertad sin fianza y con posibilidad de seguir viviendo en Suiza a Iñaki Urdangarín, en el contexto del caso Noos. Apenas unos días desde que la Fiscalía General del Estado considerase que no había indicio de delito alguno en las declaraciones de Rafael Hernando (PP), en las que se mofaba de las víctimas de la dictadura franquista: “esto de estar todos los días con los muertos para arriba y para abajo es el entretenimiento de algunos”. En cada uno de esos casos, un órgano competente de nuestro poder judicial decide. Sus decisiones se nos presentan en nuestra realidad como aisladas, como sucesivas y no directamente conectadas o no conectadas en absoluto. Sin embargo, si se pone el foco en la precaria salud de la división de poderes en España, o si se lleva la atención a quién gana y quién pierde con cada decisión judicial, se revela un ároma común. Como en esa especie de regresión a la niñez o la juventud frecuente en edades avanzadas, se advierten tics y ademanes con olor a viejo que, además, se inscriben en una proliferación de erupciones reaccionarias de distinta intensidad alrededor del mundo.

Mucho se ha escrito y hablado estos días sobre el caso, sobre la libertad de expresión, sobre la humillación, sobre el enaltecimiento, sobre el humor, las nuevas tecnologías, la adolescencia, España en los setenta y –mi preferida– sobre lo que podría tener Cassandra en la cabeza cuando tecleó esos tuits, cuestión que en ocasiones deja ver, sobre todo, lo que uno tiene en la cabeza. La sensación que queda es una paradoja en sí misma. Por un lado tenemos una actuación de la Audiencia Nacional que, en mayor o menor medida, se percibe como desproporcionada: se palpa una respuesta demasiado dura, demasiado coercitiva, por parte de una instancia del Estado. Por otro lado, esa aceleración coercitiva, que viene de atrás (recordemos las sentencias de los músicos César Strawberry o, más recientemente, Valtonyc) , pero que tiene en Cassandra a un caso reciente y particularmente sintomático, se ha enfrentado a un aumento en las busquedas de chistes sobre Carrero Blanco en Google. Como si ciertos tics autoritarios fuera de lugar se le saliesen al Régimen por las grietas, sin lograr ninguna o poca disuasión de la conducta castigada; dejando una sensación general, si no de debilidad (porque esos tics tienen consecuencias materiales con toda su fuerza sobre personas) si de cierta pérdida de toque. Como un villano que antes mataba más limpio, sin algaradas. Incluso en los medios más conservadores, y a priori más cercanos a una figura como Carrero Blanco, las reacciones contra Cassandra adquieren un tono de derrumbamiento cómico en el que, por ejemplo, se tilda a Cassandra de ultra y a El País de apoyar a una ultra; o, casi de forma simultánea al anuncio del desarme de ETA, sus siglas nutrieron con compulsión columnas y blogs, recordando que ETA “no estaba derrotada del todo” y que “a la mínima sus simpatizantes salen por todas partes”.

Cassandra

En sus Notas sobre Maquiavelo, Antonio Gramsci nos decía que el “ejercicio 'normal' de la hegemonía (…) se caracteriza por la combinación de la fuerza y el consenso, que se equilibran en formas variadas, sin que la fuerza rebase demasiado al consenso, o mejor tratando que la fuerza aparezca apoyada por el consenso de la mayoría que se expresa a través de los órganos de la opinión pública -periódicos y asociaciones-, los cuales, con ese fin, son multiplicados artificialmente.” A tenor de esto, como mínimo, podría decirse que estamos ante una alteración de ese ejercicio normal. Desde luego –y sin que eso signifique hordas de manifestantes tomando las calles– no parece que la fuerza de la condena a Cassandra aparezca apoyada en el consenso de la mayoría. La absolución de Cristina de Borbón, por su parte, sin duda cabe ser tildada de impopular. Sin embargo, sería pertinente preguntarse qué es lo que provoca esa especie de merma en el consenso que dota de visibilidad a la fuerza. Desde luego que aquí los cambios culturales acaecidos desde el 15 de mayo de 2011 y el efecto del aguijón que ha supuesto Podemos en las instituciones tienen una importancia fundamental. Pero si, siendo reduccionistas y malpensados, Podemos es el problema, o al menos uno de ellos, ¿por qué una reacción que se advierte tan desproporcionada contra Cassandra, que por muy politizada e incómoda para el poder que pudiera ser, no deja de ser un individuo anónimo? Hay algo que no encaja del todo. Si figuras como Guillermo Zapata o Rita Maestre se han enfrentado a la justicia y esos tics autoritarios no se han materializado en condenas y muchos de los intentos velados y desvelados de torpedear Podemos desde las cloacas del Estado no han tenido las consecuencias políticas deseadas, o han visto la luz pública para descrédito de los protagonistas, ¿por qué esa hipersensibilidad y esa descarga coercitiva ahora con un caso como el de Cassandra? Sin que aparentemente tenga mucho que ver, contesta y cierra, Hannah Arendt:

“Los nazis no liquidaron a figuras prominentes, como había sucedido durante la primera oleada de crímenes políticos en Alemania (los asesinatos de Rathenau y de Erzberger); en vez de ello, matando a pequeños funcionarios socialistas o a miembros influyentes de los partidos adversarios, trataron de demostrar a la población los peligros que implicaba la mera afiliación a esos partidos. Este tipo de terror masivo, que todavía operaba en una escala comparativamente pequeña, aumentó firmemente porque ni la Policía ni los tribunales persiguieron seriamente a los delincuentes políticos de la llamada derecha. Resultaba valioso como lo que un autor nazi definió como «propaganda del poder»: advertía a la población en general que resultaba más seguro ser miembro de una organización paramilitar nazi que un republicano leal. Esta impresión se vio considerablemente reforzada por el empleo específico que los nazis hicieron de sus crímenes políticos. Siempre los reconocieron públicamente; jamás los disculparon como «excesos de los escalones inferiores» (semejantes disculpas eran utilizadas solamente por los simpatizantes de los nazis) e impresionaron a la población por mostrarse muy diferentes de los «ociosos parlanchines» de los otros partidos.”

(Los orígenes del totalitarismo).

Jon U. Salcedo - Redactor Jefe

Jon U. Salcedo

"Desclasado de barrio obrero en proceso de reeducación voluntaria. Juro que empecé Ciencia Política tres meses antes de que naciera Podemos. Madridista de izquierdas. Fundamentalista ignóstico enganchado al pandeísmo y otras sustancias."

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