Música entre los muros de sus prisiones

Martes 18 de Abril de 2017
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Charlie Donnelly

Al lado del centro histórico de Ramallah, subiendo unas escaleras en apariencia improvisadas, se llega a La Grotta; un café que durante los últimos cinco años ha sido regentado por Shadi Zaqtan. “Un pub musical” como él lo define, con una bóveda que intercambia caligrafía árabe tradicional y moderna. Ademas de gerente, Shadi es uno de los cantautores que participó en el festival Palestine Music Expo (PMX) que se celebró durante la primera semana de abril en la capital (de facto) palestina. “Fue una gran experiencia, nos dimos cuenta de la cantidad de artistas que tenemos en Palestina” sentencia el músico.

Shadi Zaqtan
PMX Shadi Zaqtan

Shadi Zaqtan es, según cuenta él mismo, refugiado de cuarta generación. Nació en Jordania, se crió en una casa de la OLP (Organización por la Liberación de Palestina) pero la vida le llevó por varios países de la región hasta que, despues de la firma de los Acuerdos de Oslo, volvió a su tierra; o lo que queda de ella. Es un apasionado de la música irlandesa y en el local que regenta guarda un arado estrellado, la bandera socialista de Irlanda. En una ocasión, bien entrada la noche, sonó Come out ye Black & Tans. Una canción rebelde irlandesa que narra algunos sucesos de la Revolución de Pascua de 1916 y la lucha irlandesa contra el ejército de ocupación británico. Tan solo dos décadas después, el pueblo palestino también se alzaría contra el llamado Mandato Británico en 1936. Podría ser una anécdota en cualquier otro sitio, pero es un recuerdo de las luchas centenarias que llevan a cabo ambos pueblos por su liberación; luchas que van acompañadas de banda sonora.

En su faceta musical, describe su arte como quien cumple una misión. “Canto sobre lo que no oigo en el resto de la música palestina”, rellenando esos vacíos con canciones sobre asuntos sociales y políticos. Se confiesa nefasto en lo que a ‘caciones de amor’ se refiere, pero apunta que “cantar sobre tu ciudad, país o una causa también puede ser una declaración de amor”. Habla desde la experiencia pues tiene a sus espaldas dos albumes como solista, está trabajando en el tercero y actualmente colabora en un cuarto album – titulado The City’s Song – junto a un grupo belga. Durante el PMX hizo muchos contactos con los delegados internacionales pero dice que no tuvo suerte en lo que a contratos se refiere. En cualquier caso parece que como gerente del local y cantautor puede ir tirando con los gastos.

La Grotta, el pub que regenta Shadi, es acogedor pero no necesariamente llamativo a primera vista. Y ahí reside su encanto. Como en tantas otras ocasiones hay que rascar la superficie para descubrir su historia y el trasfondo político que rodea la vida cotidiana en la Palestina ocupada.

En el local trabajan dos palestinos que tiempo atrás fueron heridos de gravedad en manifestaciones contra la ocupación israelí. Uno de ellos recibió un disparo con munición de guerra en la pierna. Ésta es una táctica cada vez más empleada por las fuerzas israelíes. Usan municiones de calibre pequeño y rifles con miras telescópicas para disparar a las piernas de manifestantes palestinos. Aparte de ser potencialmente letal, ésta práctica lo que busca es inahbilitar física y psicológicamente a quien se ponga en la mira del soldado de turno que aprieta el gatillo con total impunidad. “Tienen que adaptarse a su nueva condición”, comenta Shadi sobre los heridos por la ocupación, “aquí no se sienten en peligro y en un café no puedes encerrarte en tí mismo”. De hecho es algo casi imposible en un local de dimensiones tan pequeñas como éste, en el que se intercala facilmente la música con las conversaciones de la gente.

Durante el día, La Grotta compra entre 10 y 15 raciones de comida preparadas por la madre de dos prisioneros políticos. Uno de ellos cumple una sentencia de 13 años, el otro lleva dos años en prisión sin que pese una sentencia firme contra él. Ellos son dos de los actuales 6.300 prisioneros políticos encarcelados en prisiones israelíes, según estadísticas de Addameer. “Éste es un barrio muy pequeño pero muy duro. En cada casa encontrarás al menos una persona que fue encarcelada, herida o martirizada [por la ocupación]” comenta Shadi. “No puedes darles dinero a cambio de nada, tienes que empoderarles” y Shadi actúa en consecuencia. Comprando y vendiendo al público la comida casera de ésta familia se les aporta un sustento económico, un acto pequeño y cotidiano que ayuda a mantener a la comunidad cohesionada mientras las familias esperan el retorno de los suyos.

Cada 17 de abril se celebra en Palestina el Día de los Prisioneros Políticos. Un día de acciones en solidaridad con todas las personas encarceladas por el estado israelí, en ocasiones por su lucha política pero otras por estar en el ‘lugar y momento’ inadecuado. “Es una visita, una experencia”; comenta sarcásticamente Shadi sobre el fenómeno que afecta a casi todas las familias de Palestina. Un altísimo porcentaje de personas que rondaban los veinte años durante las Intifadas fueron detenidas o encarceladas en algún momento de sus vidas. “La gente que recibía sentencias largas salía hablando otro idioma, quien no sabía leer o escribir aprendía dentro […] muchos se graduaron desde las prisiones”. No es una oda al sistema penitenciario israelí, es un intento de llevar una vida digna a pesar de todo y en las prisiones se aprovecha el tiempo como mejor se puede.

Shadi Zaqtan
Ilustración Shadi Zaqtan

En aquella época, concluye Shadi, “el peso político estaba en las prisiones y no con el presidente de turno”. Lo que se decidía entre esos muros politizados por la brutalidad acarreaba más peso en las calles que los discursos oficiales. Ya sea como cantautor o como gerente, la historia de Shadi Zaqtan es una de miles que nos enseñan a diario cómo se practica la solidaridad en Palestina. Los prisioneros políticos palestinos que pronto comenzarán una huelga de hambre, coincidiendo con el Día de Solidaridad con los Prisioneros Políticos, estarán en poco tiempo demasiado débiles para alzar la voz. Es entonces cuando la música cumple una función revolucionaria, sonando de entre los muros de sus prisiones para llevar su mensaje. Se convierte en historia contada al ritmo de un compás.

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