El infierno será bello

Martes 23 de Mayo de 2017
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turkey

“«Fiat ars, pereat mundus», dice el fascismo, y espera de la guerra, tal y como lo confiesa Marinetti, la satisfacción artística de la percepción sensorial modificada por la técnica. Resulta patente que esto es la realización acabada del «arte pour l'art». La humanidad, que antaño, con Homero, fue objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, ahora ya lo es para sí misma. Su alienación autoinducida alcanza así aquel grado en que vive su propia destrucción cual goce estético de primera clase. Así sucede con la estetización de la política que propugna el fascismo”. Así concluía Walter Benjamin en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936). Hoy, en 2017, unos días después del 72º aniversario de la derrota del nazismo, sin embargo, nos encontramos tentados a pensar que tal vez el fascismo fue una singular y concreta manera en la que una serie de elementos (fenómenos, símbolos, valores, pulsiones, coyunturas,...) fueron movilizados, pero puede que sea aventurado tomarse la licencia de creer que la mayor o menor desarticulación de ese singular modo llamado fascismo imposibilita para siempre la movilización de esos (u otros) elementos; un vistazo a Europa basta hoy para eso. Benjamin sitúa esta estetización de la política en el intento fascista de operar sobre la experiencia de las masas, movilizándolas sin modificar las relaciones de propiedad; es más, haciendo que expresen su deseo de mantenimiento de las relaciones de propiedad. Para ello el fascismo se sirve, a juicio de Benjamin, de mecanismos y tecnologías de exhibición y reproducción masiva, así como de los conceptos tradicionales y usuales de la teoría del arte para pensar la experiencia estética, culminando en el "bello" éxtasis de la autoaniquilación: "la guerra, y sólo ella, hace posible dar una meta a movimientos de masas de gran escala, conservando a la vez las condiciones heredadas de la propiedad".

Si bien aquel fascismo que propugnaba una particular estetización de la política fue derrotado, esa concepción estética de (destrucción de) la vida misma no se ha ido a ningún lado y sigue aquí, inmanente, como un mandato que no viene de ningún lugar específico y de todos al mismo tiempo, vehiculándose de cientos de maneras. De todas las que puede, quizás. Estos días, por citar un ejemplo, nuestros informativos se llenan del morbo de “Ballena Azul” un supuesto juego de internet en el que un “guardián” capta adolescentes depresivos para llevarles a través de decenas de pruebas (en las cuales algunos jóvenes declaran encontrarse “en medio de un infierno”), que incluyen autolesiones o interrupciones sistemáticas del sueño, culminando en el suicidio: el bello goce de la autoaniquilación. Parafraseando la anterior cita de Benjamin, tal vez lo que dice el fascismo realmente es “hágase arte, aunque muera el mundo –especialmente si muere– y aunque muera el fascismo”. Hace unos días, Brian Williams, presentador de MSNBC y cercano al votante demócrata, declaraba que había algo bello en las imágenes de los primeros bombardeos de Trump en territorio sirio, permitiéndose incluso el lujo de citar una línea del First We Take Manhattan de Cohen –“I'm guided by the beauty of our weapons”– para ilustrar su embelesamiento. Decía Benjamin que “todos los esfuerzos por un esteticismo político culminan en un solo punto” y que “dicho punto es la guerra”. Se pregunta uno qué parte del horror manifestado de forma generalizada ante las sucesivas guerras responde a cuestiones éticas y cuánto a una especie de desavenencia estética. Como si las guerras presentadas en formato televisivo al mundo fuesen una suerte de exposición de "arte degenerado": una exhibición propagandística (aunque muera el mundo). Meses atrás, por ejemplo, presenciábamos el asesinato de un embajador ruso en Turquía por un pistolero trajeado en una galería de arte. Por un lado, el asesinato fue reivindicado por su autor en nombre de los inocentes que mueren en Alepo. Pero, de alguna manera, siendo ese el primer plano y la cuestión de la que se hablaba, había algo más inmanente en todo ello. Algo en cierta medida de fondo pero excesivamente presente: la dimensión estética del acto. Desde los atuendos hasta el escenario y el acting. Un "arte" que descansa sobre una infraestructura y una industria, de alguna forma caótica, que automáticamente y en tiempo casi real produce, corta, empaqueta, categoriza, distribuye y promociona la obra. En un sentido similar podrían considerarse los vídeos propagandísticos de Daesh. Miles de personas participan de esta industria sin intencionalidad manifiesta o conciencia sobre ello. Es un gigantesco mercado de likes, shares y clicks a cambio de, en cierto sentido, un material audiovisual propagandístico que, por decirlo en términos benjaminianos, cala en la percepción y la experiencia de las masas. Esa característica de los Estados fascistas, expuesta por G.L. Mosse y el propio Benjamin, en la que la vida civil se convertía en espectáculo constante en el que el "hombre nuevo" se exaltaba mediante la repetición de ritos y la veneración de símbolos movilizadores de solidaridad colectiva, ¿no es ciertamente como un elefante enorme en un salón que de alguna manera pasa inadvertido por exceso de inmediatez?

Infierno Bello

Aquí, en España, presenciamos cómo el escándalo del partido más corrupto de Europa se trocea y empaqueta para tener una nueva entrega cada día. Cada mañana es como estar atrapado en una serie de televisión en tiempo real, con sus escuchas, sus filtraciones, sus rumores. Esa sensación de las series, en la que barruntas algo y crees haber iluminado algún aspecto oscuro de la trama que es confirmado un poco más tarde, es exactamente igual a la que tienen cientos de personas cada mañana viendo sus tertulias políticas. El espectador es parte central de la trama: víctima en última instancia, a la vez que consumidor del producto: consumidor en tanto que víctima. En cualquier caso, es obvio que los humanos contamos las cosas como estamos acostumbrados a que nos cuenten cosas. Y es en el devenir histórico de esa costumbre donde Benjamin pone el foco. Para Benjamin la percepción sensorial está condicionada históricamente, los modos de organización de la percepción sensorial varían de un periodo histórico a otro en función de que el medio en el que acontecen también cambie. La percepción sería una de las modalidades de lenguaje en que se específica la experiencia. Para el autor, la masificación de la información propia de la difusión masiva de prensa degrada la experiencia de los sujetos. La experiencia es para Benjamin el campo en el que los procesos de la estetización de la política tienden a operar. Así, el propósito de la prensa no es otro que "aislar rigurosamente los acontecimientos del ámbito en el cual podrían obrar sobre la experiencia del lector". Así, los acontecimientos no tendrían consecuencia material alguna sobre la experiencia de los sujetos.

Es inevitable recuperar aquí la caracterización de Hannah Arendt sobre las masas de los años treinta: “No creen en nada visible, en la realidad de su propia experiencia; no confían en sus ojos ni en sus oídos, sino sólo en sus imaginaciones, que pueden ser atraídas por todo lo que es al mismo tiempo universal y consecuente en sí mismo. Lo que convence a las masas no son los hechos, ni siquiera los hechos inventados, sino sólo la consistencia del sistema del que son presumiblemente parte”. Nos dicen que estos son tiempos de posverdad y de una sobreinformación intoxicante que parece haberse comido literalmente la masificación de la que hablaba Benjamin, cabe preguntarse, pues, qué queda de esa experiencia contra cuya atrofia se pronunció; y, con productos culturales de masas en la cabeza como por ejemplo Black Mirror, tal vez, caer en la cuenta de que "lo bello", lo estéticamente confortable, o más bien, la creciente dimensión estética del horror puede ser el edulcorante artificial de un bocado demasiado amargo o, en palabras de Walter Benjamin, “una hechura con funciones por entero nuevas entre las cuales la artística —la que nos es consciente— se destaca como la que más tarde tal vez se reconozca en cuanto accesoria”.

Jon U. Salcedo - Redactor Jefe

Jon U. Salcedo

"Desclasado de barrio obrero en proceso de reeducación voluntaria. Juro que empecé Ciencia Política tres meses antes de que naciera Podemos. Madridista de izquierdas. Fundamentalista ignóstico enganchado al pandeísmo y otras sustancias."

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