Los pactos de Hitler

Miércoles 30 de Septiembre de 2015
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Hitler

Cuando uno piensa en los pactos que firmó Hitler en los años treinta con distintos países del mundo, el primero que se viene a la cabeza es el Pacto Molotov-Ribbentrop, un tratado de no-agresión entre Alemania y la Unión Soviética.

Sin embargo, este no es ni de lejos el único pacto que firmaron los nazis, pues entre el año 1933 y 1939 se firmaron una serie de tratados con distintos países europeos, entre ellos las consolidadas democracias occidentales, dentro de lo que se conoce como «políticas de apaciguamiento». Las políticas de apaciguamiento no son otra cosa que las concesiones que Francia y Reino Unido (principalmente) dieron a Hitler para evitar que estallara un conflicto mayor en Europa. Era una manera de evitar que los nazis y los fascistas estuvieran lo suficientemente satisfechos de cara a sus pretensiones coloniales y europeas para que no injirieran en los intereses de las potencias occidentales. Es decir, Reino Unido y Francia miraban para otro lado ante las actuaciones internas y externas de los fascistas para que sus políticas externas no se vieran afectadas.

El 27 de septiembre de 1940 se firmó en Berlín lo que se conoce como el Pacto Tripartito o Pacto del Eje, un pacto entre Alemania, Italia y Japón. Dicho pacto conformaba uno de los dos grandes bandos de la II Guerra Mundial, el bando de las Potencias del Eje. En los siguientes meses a la firma de ese acuerdo, países como Hungría, Bulgaria, Rumanía, Yugoslavia o Eslovaquia se unirían, bien por coacción de la Alemania nazi o por intereses territoriales. La alianza entre Italia y Alemania ya era efectiva tras la firma de un acuerdo anterior, el Pacto de Acero, de mayo de 1939.

La relación de pactos firmados por la Alemania nazi fue bastante extensa y clave para la geopolítica de la zona centroeuropea durante los años 30. En mayo de 1933, Alemania, Italia y Francia firmaron un tratado de amistad. Más tarde, en 1934, Hitler se aliaba con Polonia (posición estratégica por ser colindante a la URSS y cuya invasión dio inicio a la II Guerra Mundial). Al margen del Pacto Anti-Komintern firmado con Japón en 1936, cuyo objetivo era la lucha contra el comunismo soviético, entre 1935 y 1938, Alemania firmó una serie de pactos con Inglaterra y Francia que incluían acuerdos de no agresión y tratados de colaboración naval. En 1939, año del inicio de la II Guerra Mundial, además del antes mencionado Pacto de Acero, Hitler atrajo para sí a prácticamente todos los países fronterizos con la URSS, creando con ello un gran conglomerado de Estados satélite donde se establecieron regímenes colaboracionistas con los nazis: Estonia, Letonia, Rumanía y Lituania, a los que se sumó un pacto de no-agresión con Dinamarca. Por último, Hitler ultimó sus planes de cara a la guerra que se iniciaría el 1 de septiembre de 1939 con la firma del famoso Pacto Molotov-Ribbentrop, un tratado de no-agresión entre los nazis y la URSS, quizá de los tratados que más repulsa ha despertado de la historia de Europa, pero que ha servido para obviar todos los demás. En Europa ya olía a guerra y Francia y Reino Unido habían dejado sola a la URSS ante la política expansionista de los nazis. Las democracias occidentales pensaban (y en el fondo querían que ocurriera) que el primer ataque lo sufriría la URSS. Las negociaciones entre la URSS y Reino Unido para una alianza contra Alemania no habían prosperado. Stalin, ante la disyuntiva de encontrarse con todas sus fronteras abiertas a los nazis no tuvo más remedio que contener la amenaza de Hitler con un tratado de no-agresión como lo fue el Pacto Molotov-Ribbentrop, un pacto que asombraría al mundo, pues lo firmaban dos acérrimos enemigos ideológicos.

La política es nadar entre contradicciones y, en concreto, la realpolitik es una de las más grandes.

En síntesis, resulta curioso comprobar cómo gracias a la propaganda se ha suavizado de manera eficiente el papel de las potencias occidentales con respecto al desarrollo (o más bien permisividad ante el desarrollo) del nazismo, siendo determinantes, sobre todo, el cine y los medios de comunicación como agentes constructores de hegemonía durante la Guerra Fría, en lo que se conoce como Guerra Fría cultural. Es obvio que la propaganda no se limita a mentir e inventarse los hechos históricos, sino que a base del bombardeo masivo de información se permite ignorarlos, borrarlos, para que pasen desapercibidos por la historia y lograr eliminarlos de la conciencia colectiva. Nos podemos remitir a las pruebas: son conocidas varias encuestas de opinión realizadas en Francia a lo largo de la segunda mitad del S.XX sobre la percepción de la opinión pública en relación a la cuestión de quién contribuyó más a la victoria sobre los nazis. En 1945, la mayoría de los franceses pensaban que el gran batallador de la II Guerra Mundial fue la URSS. La percepción de que la URSS fue clave para la victoria sobre los nazis fue reduciéndose, hasta que en 2004, en una nueva encuesta, apenas el 20% de los franceses atribuía a la URSS un papel destacado en la contienda de 1939-1945.

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