Sobre la aceptación de los cuerpos

Viernes 18 de Marzo de 2016
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Cuerpo

Los ideales de belleza de nuestra sociedad son una poderosa arma de control social. Nos imponen un modelo de feminidad imposible y completamente aspiracional que bebe de la publicidad, las pasarelas y el mundo de la cosmética, centrándose siempre en la idea de buscar una perfección a los ojos del otro y luego, ya si eso, para ser capaces de aceptarnos a nosotras mismas. Es todo un negocio, curiosamente dominado por hombres blancos y occidentales... oh wait!

Tenemos que: tener el pelo de anuncio de champú, una piel estupenda, unas medidas corporales equis, sonreír, ser sexys pero nunca chabacanas, mantener el misterio femenino (si alguna vez ha existido semejante cosa), luchar como si no hubiera mañana contra la celulitis y el paso de la edad, “ser -un poco- putas en la cama y señoras en la calle” (terrorífico), llevar la ropa interior conjuntada, quitarnos todo el vello del cuerpo porque es sucio y nada estético, ser comedidas (en todo), saber lo que es un iluminador...y un largo, larguísimo, etcétera. Tenemos que ser lo que vemos en los medios de comunicación o por lo menos aspirar a serlo, porque la imagen vende y nosotras tenemos que comprar y ser compradas. Y todo esto tenemos que hacerlo de buena gana, para poder ser lo que el patriarcado quiere que seamos, mujeres dóciles y obedientes. Lo que os decía: las mujeres somos el mejor negocio del sistema capitalista.

Luchar contra un iceberg de imposiciones sociales de este calibre no es fácil, están tan dentro de nuestro código de comportamiento que despojarse de ellas es casi desmontar nuestro sistema de valores. Mientras la realidad corporal y la imagen de las mujeres sigan siendo un campo de batalla de las multinacionales, la reivindicación de la diversidad como un valor positivo y necesario, tiene que ser (y es) una prioridad para la lucha feminista.

En ocasiones se tilda al movimiento Body Positive de ser feminismo blanco, porque se dice que busca más la normativización de lo diferente que romper con todo un sistema de valores que lleva siglos oprimiendo a las mujeres. Es posible que esta consideración tenga una parte importante de razón pero, teniendo en cuenta que lo que no se muestra no existe, este movimiento de aceptación de la diversidad corporal también puede ser visto como un mecanismo de autodefensa de las mujeres que se han sido obligadas a vivir en los márgenes de lo política y estéticamente correcto, sufriendo discriminaciones solapadas (mujer y gorda y negra y pobre y con diversidad funcional y trans, y, y, y...) por su aspecto físico. Además nos encontramos ante una fuerte herramienta de emancipación femenina: el llegar a ser conscientes de nuestros cuerpos, perfectamente imperfectos y libres de toda culpa, nos sitúa en un lugar de privilegio desde el que quizás dejemos de buscar la aprobación en el otro y por consiguiente conseguir ser, afectivamente, autónomas, sin culpa ni frustración.

Partiendo de la idea de que lo personal es político, reivindicar la aceptación de todos los tipos de cuerpo y de realidades físicas tiene que ser parte fundamental de una sociedad más sana. La politización en positivo de lo que nos han enseñado que son imperfecciones corporales podría llegar a poner en jaque al sistema, que tendría que revertir el esquema y ponerse al servicio de la ciudadanía y de su cambio de paradigma para sobrevivir ¿os lo imagináis?

Ser capaces de reconocer la opresión estética que ha servido para mantener a generaciones de mujeres cautivas de su propia realidad, es un primer paso para apropiarnos de un concepto de belleza hasta ahora corrupto y alienante, para redefinirlo, feminizarlo, hacerlo nuestro, más libre e inclusivo. En este sentido el boom del Body Positive, gracias a internet y a las redes de solidaridad creadas entre las propias mujeres para hacer oposición crítica a una cosificación de sus cuerpos impuesta desde el poder económico-político, supone una lanzadera para llevar a cabo cambios más profundos. No caigamos en la falacia de infravalorar el movimiento por tratarse de algo mainstream, porque quizás sea ese aura pop y buenista lo que le da una capacidad mayor para calar en la sociedad y remover las conciencias. Se trata en realidad de un aprendizaje profundo, individual y colectivo, sobre nosotras mismas y sobre nuestras aptitudes físicas, psicológicas y sexuales que durante mucho tiempo han estado aletargadas en una cajita de pudor.

Beatriz Romero

Loca de los perros, feminista, amante de los tebeos y politóloga, por ese orden. También estoy enganchada a las redes sociales pero eso es otra historia... Leer Persepolis me cambió la vida y desde entonces vivo fascinada con el país persa. La Bettycracia va a llegar... (y no habrá pase de puerta).