Goya so male

Martes 09 de Febrero de 2016
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El pasado sábado fue la gala de los Goya. Una gala que pasó sin pena ni gloria, con su sempiterno número musical al inicio, chistes fáciles y dentro de los márgenes de la corrección política y escasas y descafeinadas reivindicaciones de todos aquellos que pasaron por el escenario. Una gala que pasaría completamente desapercibida si no fuera por haber sido una de las entregas de premios más inesperadas de los últimos años. La novia, que partía como gran favorita con 12 nominaciones y después de haber arrasado en los premios de la crítica, parecía que se haría con los cabezones clave, entre ellos el de mejor actriz protagonista, mejor guión adaptado, mejor dirección y mejor película. Pero no fue así, desbarajustando las quinielas de la mayoría de espectadores que estupefactos asistimos a la arbitrariedad y el capricho de los académicos, sin querer ni mucho menos desmerecer el valor de las otras candidatas de este año, entre las que había trabajos interesantísimos. Los resultados de la votación de los académicos, dos semanas antes de los Oscar so White, han dado lugar a unos Goya so male, o dicho de otra forma, a la edición más machista que recuerdo de estos premios.

Muchos estarán pensando que estoy loca de remate: esta edición teníamos a dos películas dirigidas por mujeres candidatas a mejor película, a dos mujeres nominadas a mejor dirección y una a mejor dirección novel, a una mujer nominada a mejor guión adaptado… ¿cómo es posible que, de repente, estemos hablando de machismo en la gala? Pues no, no me estoy refiriendo a los chistes inocentemente machistas de Dani Rovira dirigidos a Penélope Cruz, cuando le preguntó si acudiría a la fiesta con su pareja; ni a Inma Cuesta, cuando le preguntó si creía que estaba buena. Ni al productor premiado por el mejor documental, que le dijo a Penélope que no le darían el Goya por no salir con él (al escenario, quiero entender). Tampoco me refiero al reportero de los “Goyas Golfos”, que en la alfombra roja le dijo a Paz Vega que había entrado en el club de las MILFS. Ni si quiera me estoy refiriendo al repaso sobre lo más casposo de nuestro cine, que vimos durante el homenaje a Mariano Ozores, quien recogía el galardón de honor por habernos castigado con 96 películas de aquel cine del destape que todas querríamos borrar de nuestra historia (y nuestras retinas).

No, a lo que me refiero es al desdén con el que la Academia parece tratar a los films de mujeres. Y cuando hablo de films de mujeres no me refiero tanto a films hechos por mujeres, que también, sino a un cine con un discurso, un lenguaje fílmico, una estética, y un tono marcadamente femenino; a ese cine que sin complejos representa una visión del mundo esencialmente femenina, más cercano a los valores en que las mujeres hemos sido socializadas. Y La novia ejemplifica a la perfección este cine.

El film es una traslación mágica del mundo lorquiano en imágenes cargadas de emoción y belleza. Completamente hipnótica, y a la vez tremendamente cruda en su relato de la trágica existencia de las mujeres presas en un mundo de hombres, que las limita, las encierra en una jaula de roles que ya les vienen asignados. Y, más allá de la dificultad de trasladar a la pantalla el universo de Lorca, habría sido imposible que esta película no hubiera sido hecha por una mujer, y habría sido impensable que todo el peso representativo no hubiera recaído en actrices de una profundidad absoluta. Pero, sobre todo, habría sido un error que esta película se hubiera hecho de otra manera: más rápida, más velada, menos intensa, menos cruda, menos femenina. No es un cine de impacto, rápido, que te golpea para hacerte sentir. Se trata de un cine pausado, que poco a poco se va posando en tu pecho y lo aprieta hasta dejarte sin aire. Puede que no sea un cine fácil, quizá exige al espectador una implicación emocional, una apertura de su coraza para la que no todo el público está preparado, o no quiere estarlo. La mayor parte de críticas negativas dirigidas a La novia (normalmente, dicho sea de paso, por parte del público masculino), encontraba la cinta lenta, intensa, demasiado sentimental. Son precisamente la intensidad y la carga sentimental lo que la convierten en una obra fascinante, distinta a lo que estamos acostumbrados a ver, demostrándonos que se puede hacer un cine más reposado, que el espectador puede ser más paciente, que el ritmo no lo es todo.

Que La novia haya sido la gran perdedora de la noche no hace sino reflejar algo muy simple: es una película que no gusta, o al menos que no ha gustado en una Academia dominada por hombres. La cuestión es sencilla: las películas de mujeres quedan relegadas a ser películas para mujeres, es decir, como mucho podrán conquistar al público femenino. Lo mismo que sucede con La novia ocurre con muchos productos audiovisuales centrados en relatar historias femeninas: Girls, Orange is the new black o Transparent son ejemplo del tipo de productos culturales que no logra conectar con las sensibilidades del público masculino. La cuestión es que yo, como mujer, sí logro conectar, me identifico, e incluso disfruto de productos culturales esencialmente masculinos, porque tradicionalmente se me ha acostumbrado a ello, debido a la presencia de una hegemonía masculina en el sector audiovisual, y en casi cualquier otro, que hace que las historias contadas representen, irremediablemente, el punto de vista de los hombres (blancos, de clase media y heterosexuales).

Al igual que de un tiempo a esta parte vienen surgiendo voces que reclaman la feminización de la política, no sólo mediante una mayor presencia de las mujeres en la política, sino también mediante una forma de hacer política más feminizada; ha llegado el momento de feminizar el cine, de demostrar que hay otra forma de contar historias y que nuestra voz no debe quedar relegada a un segundo plano, ya que de ella surgen trabajos realmente fascinantes. El sábado pasado, la Academia no hizo más que limitarse a reproducir el gusto cultural imperante en nuestra sociedad patriarcal y por ello excluyó a una obra en la que gran parte del público habíamos puesto nuestras esperanzas de transformación. Parece que la Academia está condenada a ir por detrás en muchos temas (no hay más que recordar la actitud propia de barra de bar del Presidente de la Academia hablando sobre piratería), y la otra noche muchos echamos de menos salieran de su actitud conservadora durante el tiempo suficiente para lograr apreciar una de las cintas más inolvidables del cine patrio de los últimos años. No obstante, el desdén de la Academia difícilmente será suficiente para condenar al olvido este poema cinematográfico que a muchos nos ha demostrado que hay otras formas de hacer cine. Y sobre todo, que las mujeres tenemos mucho que aportar a este proceso transformador.

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