Es violencia patriarcal

Lunes 07 de Noviembre de 2016
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Es violencia patriarcal

Como a veces la realidad supera a la intención de ser fieles a la actualidad, la semana pasada supimos de una nueva agresión homófoba en el centro de la ciudad de Madrid, donde el número de agresiones registradas asciende ya a casi 200 este año. Hay que tener en cuenta, además, que esta cifra refleja únicamente aquellas agresiones que son denunciadas. Por tanto, deberíamos tener en cuenta que se trata de una cifra que probablemente no representa una realidad mucho más grande. No nos olvidemos de aquellas agresiones verbales o físicas a personas que, por ejemplo, aún no salieron del armario y no se atreven a denunciar expresamente el motivo de la agresión.

Algunas veces, nos preguntamos si es que el número de agresiones va en aumento en los últimos años o es que ahora se denuncia más. Sea cuál sea la respuesta adecuada, lo que está claro es que cada semana nos enteramos de nuevos casos de violencia contra personas que se identifican como LGTBI. Lo que es un hecho, es que no estamos seguras en las calles, y eso es lo que debemos tener claro. Viendo algunas de las reacciones de la gente, algunos se llevan las manos a la cabeza y no entienden cómo puede ser que, en pleno siglo XXI, en un país con perfectas políticas occidentales, esto esté pasando aún. ¿No era que si nos casábamos ya íbamos a ser felices? ¿Qué está pasando? Pues bien, el problema es que es el mismo tipo de sociedad que se queda de brazos cruzados cuando una mujer muere a manos de su pareja prácticamente a diario.

La explicación es más sencilla de lo que a veces queremos que sea. No está únicamente motivado por la mayor presencia de neonazis en las calles de nuestra ciudad, que es también un hecho constatable y preocupante, sino que tiene que ver más con un comportamiento sano del sistema. Y no, no me estoy equivocando. Los agresores no están locos, sino que se comportan según lo esperado en una sociedad patriarcal en la que lo normal es ser un hombre reconociblemente masculino y heterosexual. Al igual que aquellos que asesinan a sus mujeres no lo hacen porque estén enfermos, sino porque, efectivamente, son suyas, y pueden hacer con ellas lo que quieran, porque eso es en lo que se basa un sistema dominación de hombres sobre mujeres. La homofobia y la transfobia son formas de violencia patriarcal que el sistema perpetúa.
La lógica en las agresiones hacia personas LGBTI tiene que ver con el hecho de que nuestras identidades y el que las vivamos de forma visible cuestiona ese modelo de supremacía donde el hombre cis, masculino y heterosexual tiene el control sobre aquello en lo que no puede reconocerse. El macho alfa, que camina por la calle ocupando el espacio, escupiendo y desafiando con la mirada a todo ser vivo que se cruza con él, es incapaz de aceptar la presencia de la marica que pasea contoneando la pluma porque no se encuentra a sí mismo. Le destroza por dentro y siente la necesidad patriarcal de gritarle lo mucho que le molesta. “¡Maricón!”, le llama… Como si ella no lo supiera ya, querido. Como si fuera la primera vez que la insultan por la calle. Tampoco será la última.

Esa masculinidad incómoda, ese hombre que se pavonea de forma irreconocible por la hombría del machote, no es lo normal. Y como no es lo normal, el macho, como protagonista y salvador, debe perpetuar la resistencia del sistema a aceptar lo anormal. La marica no es un hijo sano del patriarcado, sino que es una desviación. Y como desviación de una sociedad binaria, debe ser reprimido para que deje de cuestionar esa masculinidad imperativa del hombre heterosexual. Igual que ocurre con la mujer que no se queda con su hombre para amarle y respetarle hasta que la muerte les separe. Igual que la marimacho a la que no escucharán cuando diga que se llama David. Igual que esa chica a la que todos juzgarán porque es una viciosa a la que le gusta todo.

Cuando este individuo, que se presenta como un hombre cis, heterosexual y masculino, se enfrenta cara a cara a aquellas que cuestionan el sentido de su existencia patriarcal, es cuando se genera esa necesidad de defender su estatus privilegiado en lo social. La marica que es más femenina de lo que el macho alfa puede soportar es la primera en llamar su atención. Las agresiones no tienen una provocación más allá de que se trata de hombres que no se comportan como hombres.

Y como hombres que no somos lo que el patriarcado desearía que fuéramos, estamos acostumbrados a recibir la violencia en sus formas cotidianas. Algunos de formas más evidentes que otros, pero al fin y al cabo somos víctimas de una discriminación legitimada por la sociedad. Como hombres que no son hombres, llevamos aceptando la discriminación desde el momento en que hicimos visibles nuestras identidades desviadas. Agachamos la cabeza, recibimos los golpes, nos lamentamos porque la sociedad es injusta y nosotros no podemos cambiarla.

O al menos es lo que hemos (des)aprendido. La mayoría hace tiempo que empezamos a agachar la cabeza ante una agresión (física o verbal), a frustrarnos antes de responder. A que nos tiemble la voz, las piernas; a mearnos encima. Aprendimos a aceptar la discriminación como parte de nuestras identidades, como si estuviera incluido en el contrato. Pero igual que aprendimos a convivir con la violencia, podemos aprender a responder ante ella. Dejemos de mirar impasibles las poco sonadas concentraciones de repulsa a este tipo de violencia y tomemos responsabilidad.

Es necesaria una respuesta directa, ya no solo de las instituciones, sino por parte nuestra. Tenemos derecho a no ser insultadas o golpeadas y queremos que dejen de asesinarnos. Y si el sistema es incapaz de defendernos, de protegernos de la cultura de violencia de la que somos objetivo, tal vez haya llegado el momento de refrescar nuestra memoria y recordar que hubo un tiempo en que fuimos capaces de cambiar el mundo desde las calles.

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