El siguiente paso

Martes 11 de Octubre de 2016
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EL SIGUIENTE PASO

Cuando se empezó a pedir la abolición de la esclavitud en Estados Unidos, la mayoría de la gente blanca estuvo en contra.
Cuando empezaron a organizarse los movimientos que pedían que dejara de ser ilegal declararse LGTBI+, la mayoría estuvo en contra.
Cuando las sufragistas empezaron a reclamar el voto para las mujeres, la mayor parte de la población estuvo en contra.
Son derechos que hoy nos parecen obvios y que fueron ridiculizados cuando se pidieron por primera vez. ¿Se debía esta reticencia a que la gente era mala entonces? No, claro que no. O no más que ahora. Solo que lo normal, ahora y siempre, es que la población proteja las normas morales de la época en la que vive. La visión de la moral y la ética de la mayor parte de las personas integrantes de cualquier comunidad suele ser moderadamente conservadora. No quiero decir con esto que quieran impedir pequeños avances sociales, sino que cualquier petición de derechos que busque ser apoyado por la mayoría deberá ser suficientemente cercano a los derechos presentes como para ser aceptado.
Por eso, tras la abolición de la esclavitud en Estados Unidos la población negra siguió estando segregada.
Cuando dejó de ser ilegal declararse LGTBI+ siguieron considerándose gente enferma aunque no se la pudiera encarcelar.
Y cuando las mujeres consiguieron el derecho al voto, no ganaron con ello el derecho a presentarse como candidatas. Y durante años, en muchos países solo pudieron votar las blancas.

Nos guste o no, solemos estar en contra de ciertos avances, hasta que se consiguen. Entonces corremos a decir que era algo que tenía que pasar, que “yo siempre estuve de acuerdo, claro, faltaría más. Era el resto de la gente la que ponía pegas…”

Por ejemplo, nos parece razonable pedir la abolición de la tauromaquia o, al menos, la supresión de los privilegios de las personas que se dedican a ello. Hay mucha más gente antitaurina que antes. ¿Se debe esto a que somos más inteligentes? No, se debe a que esta realidad es más o menos cercana a la presente. La abolición de la tauromaquia es algo que comprendemos y la mayoría aceptamos sin problemas precisamente porque nuestro entorno facilita que creamos eso, no porque hayamos alcanzado la iluminación. No se nos ha educado para que nos divirtamos yendo a los toros, por eso no buscamos excusas para justificarlos. Ese momento de ocio que tanto disfrutan nuestros abuelos y abuelas, nuestra generación la puede sustituir por mil alternativas. Por eso estamos en contra de la tauromaquia.
Ahora, acércate a alguien que tenga clarísimo que está muy feo torturar a los toros y explícale lo feo que está torturar a las vacas. Y te verás en la misma situación que una persona activamente antitaurina hace 30 años, incluso oirás argumentos parecidos. Y no importa que puedas hacer una lista de leches vegetales o de otras alternativas, porque no se están discutiendo sobre los derechos animales, sino sobre el sabor de la leche.

En cada momento histórico, la mayor parte de la población ha considerado absurdas las nuevas peticiones de derechos. Pero se ha insistido. Se ha insistido hasta que la gente se ha concienciado, y ha pasado a considerarse absurdo el no tenerlos. Y entonces todo el mundo se ha subido al carro, ha dicho que estaban de acuerdo con los nuevos derechos, y han seguido criticando a las personas que luchaban por otros. Siempre ha sido así. Los derechos que se tienen o están cerca de tenerse, se consideran obviamente imprescindibles. Pedir cualquier otra cosa es una exageración.
Así que ese que está de acuerdo con que las mujeres puedan acceder a puestos directivos, pero le parece mal que las empresas estén obligadas a tener cierta proporción de mujeres en esos mismos puestos, no está solo. Es un derecho que se ha generado hace relativamente poco, y en lugares muy limitados. Dentro de unos años, si todo va bien, será una ley aplicable a todos los espacios, y aceptará que si las empresas no les permiten el ascenso a las mujeres por su propia voluntad, habrá que obligarlas a hacerlo.

Cada vez que te parezca que una petición de derechos es exagerada, párate y reflexiona. A lo mejor no es exagerada, a lo mejor es que todavía necesitas encajarlo.
Tómate tu tiempo. Pero luego no digas que estuviste de acuerdo desde el principio.

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