¡Aplastemos el Patriarcado! Pero yo primer...

Lunes 23 de Noviembre de 2015
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patriarcado

Antes de nada, un aviso a navegantes: este artículo es una sarcástica reflexión que carece del espíritu de lo políticamente correcto, y todo lo que se le parezca no será más que un deje académico de formación profesional.

Como toda forma de escritura presentada en un formato público, lo que estás leyendo va dirigido a un lector específico: a ese amigo que te grita que es feminista y que viene del futuro para enseñarte lo que es la lucha de las mujeres. Pero no sería justo si no admitiera que el presente escrito contiene una gran cantidad de contradicciones de las que el autor sabe que no puede desprenderse. Estoy hablando de la ironía de que yo, como hombre cis, me encuentre recriminándote a ti, otro hombre cis, que vayas de listo. Pero es que resulta que, como antropólogo que soy, tengo cierta legitimidad para decirte que tu intento de destruir la cultura machista resulta decepcionante aunque yo caiga en el mismo juego paternalista (para algo me tenía que servir una carrera en ciencias sociales). Pero no he venido a hablar de mí, o sí.

A pesar de ello, siento la repentina necesidad de explicarte que, aunque no lo creas, eres peligroso. Eres peligroso porque como amigo feminista, eres del que menos se espera una agresión por ser, en el fondo, un machiprogre. Y ese peligro reside precisamente en que, en ocasiones, no eres más que un violento intruso que “solo quiere saber por qué tiene que haber asambleas y espacios no mixtos”. Tranquilo, no voy a ponerme a explicarte por qué son necesarios pues seguro que ya te has leído miles de artículos que te los explican estupendamente. Sin embargo, tu incesante necesidad de ser reconocido como el Compañero Feminista del año, no hace más que dejar en evidencia que lo único que intentas es ocupar un trono imaginario en un espacio que no te corresponde. Pareciera que lo único que buscamos es que se nos reconozca feministas, porque tenemos un problemón con aquello de tener que impregnar todos los espacios con nuestra empatía machiprogre. Y entiendo que te cueste ser consciente de ello, ya que estás acostumbrado a funcionar en estas lógicas jerárquicas de género y, para ser honestos, fijo que yo también he estado ahí. No soy mejor que tú, no vengo a hablarte de eso.

Lo que quiero hacerte llegar es la forma en que me resultan evidentes, desde mi realidad de hombre marica y feminista, todas las violencias simbólicas que ejerces con tu (sub)consciente machista. Pero no te asustes, que esto no es un ensayo antropológico denso en el que me dispongo a analizar detenidamente cada una de las formas en que reproduces el heteropatriarcado. Prefiero la banalidad de las increpaciones directas y las faltas de respeto para esto. Aunque, sin duda, existen diferentes situaciones en las que tu particular masculinidad está resultando un festín de violencia simbólica, tengo un claro ejemplo que espero te ayude a comprender mejor lo que trato de explicarte:

Como bien sabrás, en los últimos años han sido numerosas las manifestaciones feministas reclamando la defensa de los derechos reproductivos de las mujeres, o denunciando el terrorismo machista que existe en nuestro país. En la mayoría de las que he estado me he encontrado con un patrón que se repite en determinados grupos de hombres que acuden a los espacios de lucha feminista. Se trata de algo tan sencillo como la forma en que tratan de dejar constancia de su presencia en dichos espacios. Estoy hablando de algo tan simple como la forma en que refuerzas tu masculinidad gritando todas las consignas feministas, alzando los puños violentamente, clamando al cielo un “nosotras parimos, nosotras decidimos”. Perdona, cariño, pero no. Tú no pares. Ubícate. Que oye, que está muy bien tu esfuerzo, yo te reconozco la intención y el empeño que le pones. Pero es que no te puedes imaginar lo triste que es cuando se escucha más a vuestro grupo de hombres con voces graves que a las mujeres que necesitan alzarse por encima de vuestra entonación para reclamar su espacio político.

Entiendo lo que sientes cuando una compañera te dice que te calles, porque yo primero tuve que reconocerme incomodando con mis bramidos (porque mi voz resulta un poco grave cuando me emociono), para después cuestionar mis privilegios como hombre en un espacio de lucha feminista, e identificar formas en que mi presencia puede resultar violenta. No se trata de no estar, sino de estar siendo consecuentes con lo que se espera de nosotros como feministas. Porque, por mucho que te duela, el feminismo no lo hemos inventado nosotros, y no está reclamando el reconocimiento de nuestros derechos como hombres, pero sí se puede convertir en nuestra lucha. Y para ello, tenemos que partir de la base de que no podemos ser protagonistas de los espacios en los que luchan las mujeres. Nuestra lucha feminista reside en el cuestionamiento de nuestros privilegios, y en las medidas que vamos a tomar para dejar de reproducir unas lógicas machistas en la forma en que nos relacionamos con nuestras compañeras. Porque déjame afirmar que el feminismo no es solo una ideología, no es un simple cuestionamiento del sistema heteropatriarcal, sino que además es una política de las relaciones y una ética de lo emocional que se encuentra en continua construcción. Y debemos ser parte de esa construcción, pero con la responsabilidad de romper con esa masculinidad rancia y machista que hemos aprendido en sociedad, y que nos empeñamos en reproducir culturalmente.

Y para esto, es necesario un aprendizaje feminista, aunque siento decirte que no existe una escuela donde te vayan convalidando créditos por cada congreso al que vayas. No existe una figura que descienda de los cielos para explicarte lo que tienes que hacer para ser un buen hombre feminista, ni una lista de Las 10 claves para ser el feminista ideal. El aprendizaje debe ser autónomo, y si no vas por el buen camino ya se encargarán de gritártelo, no te preocupes.

Así es que el feminismo es una forma distinta de relacionarnos socialmente. Un vivir feministas que tiene que ver con el ser y el estar (teniendo que ver este estar más con un sentimiento y proceso personal, y no tanto con la presencia en los cónclaves feministas). El nosotras como sujetas políticas no tiene sentido si no se traduce en un sentimiento que atraviese todos nuestros privilegios, cuestionándolos, y seamos capaces de devenir feministas en nuestra cotidianeidad. Y, desde aquí, aprender a cuidarnos de reproducir roles patriarcales. Es por ello que, en lugar de tomar el espacio y reclamar nuestro pin feminista, necesitamos atender el modo en que nos relacionamos con otras personas. Y lo importante se encuentra aquí, ya que no solo hay que cuestionarse el cómo nos relacionamos con nuestras compañeras, sino que hay que trabajarse y vigilar las alianzas que creamos con nuestros compañeros también. El ser feminista no se puede limitar a nuestra práctica relacional con las personas a las que leemos como mujeres. Debe ser, al mismo tiempo, un estar que cuestione y desestructure todas nuestras formas de sentir a los demás, y la manera en que nos relacionamos en función de ese sentir. Cuando por la mañana comentamos con nuestras compañeras feministas que el número de mujeres asesinadas a manos de sus parejas (hombres) en lo que llevamos de año se debe nombrar en términos de terrorismo machista, pero por la tarde, con nuestros camaradas masculinos, pasamos por alto cualquier tipo de comentario o actitud machista, no estamos haciendo otra cosa que profesar la hipocresía.

Pero cuidado, no empieces a estallar tu testosterona contra mí, porque no estoy hablando de una pose plenamente consciente. Tienes que saber que la cultura machista, el sistema heteropatriarcal, nos ha jodido la vida a todos y a todas. A unas más que a otras sin lugar a dudas, pero a ti algo también te ha tocado, aunque sea la puntita. Con esto quiero decir que, aunque a ti te lo parezca, no te levantas una mañana y dices “pues hoy soy feminista”, como el que decide los calcetines que se va a poner. No, hijo, esto no funciona así. Tienes que mirarte al espejo y empezar a ver la cantidad de basura machista que sale por tu boca cada día, y después fijarte en cómo tratas a las personas de tu entorno. Tienes que joderte la vida porque tienes que aceptar que, muy a tu pesar, eres un machista de mierda.

Esto no es otra cosa que, expuesto de manera más cordial, el cuestionamiento de tus privilegios. Porque sin cuestionar tus privilegios como sujeto que se identifica (y al que identifican) como hombre en términos de sexo y de género, tu ser y estar feminista no es nada más que una farsa. Y, amigo, el feminismo es capaz de ponerte en tu sitio a patadas si te pones a jugar al compañero machiprogre. Todo en un sentido figurado, por supuesto, porque como ya imagino que sabréis, la violencia feminista es solo una historia de terror que se les cuenta a los niños para que se vayan a dormir.

Es por todo esto tan importante que sepas que eres peligroso, pues dentro de ti tienes muy bien guardado a un machista en potencia. Porque todos necesitamos de vez en cuando que se nos recuerde la necesidad de estar alerta. Una alerta permanente para que no se nos olvide que, en esta lucha, el machismo siempre gana. Y gana porque el sistema le pertenece, y no podemos simplemente cambiar la forma de movernos, sino que hay que derribar los cimientos y volver a construirnos lejos de esta cultura genocida y patriarcal.