Mensajitos de Arriba

Viernes 20 de Enero de 2017
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Solía ir bastante a la iglesia; al menos dos horas cada día. Todos los domingos me acercaba antes de la hora de reunión para ayudar a preparar las obleas de la misa de las doce, recibir a los asistentes y barrer cuando acababa el acto.

Desde pequeño me habían inculcado no tanto un gran sentido de la fe como un fervor ardiente por vivir cada día la adrenalina del monaguillo: ver todos esos rostros a la vez rígidos y relajados atentos a una efigie sometida en una encrucijada o a las palabras de un hombre sobre un púlpito. La sensación era sangre nueva para mis arterias en cada ocasión. No quiere decir que no fuese creyente, claro: lo era como el que más, solo que mi fe se acercaba más a la tensión de un piloto de fórmula uno que a la de los feligreses habituales.

Pero toda pasión tiene un declive y en el caso de mi sentimiento religioso, éste llegó con un teléfono inteligente. Me pasaba las horas de iglesia pegado a la acción que me aportaban los juegos del móvil, sin despegar la cara de la pantalla, con los ojos saturados de sonidos y los oídos ciegos a las palabras del párroco. Un día cualquiera pensé, ¿para qué seguir yendo a la iglesia y creyendo en todo eso? Si la fuerza divina no era capaz de despegar mis sentidos de esa pantalla, no podía ser tan poderosa. Además, ya había descubierto hacía tiempo que tenía la libertad de hacer lo que me diese la gana, bueno o malo según varios puntos de vista, que nada jugaba en mi contra o a favor. Aquella pasión era un despropósito. No volvería a visitar la iglesia, estaba decidido.

Pasaron varios meses desde aquél día cuando una mañana de enero, poco después de Reyes, una narración bíblica sobrevolaba mi memoria mientras remetía los restos del roscón en mi boca. Me levanté de la silla para sacudir las migas y vi una cucaracha correteando por los baldosines de la cocina. En el momento en que iba a aplastarla, escuché el sonido de alerta de llegada de un mensaje. Casi al mismo tiempo que tomaba conciencia de que no procedía de mi móvil, un brillo rectangular, una pantalla espectral del color de la leche fresca apareció entre dos botellas. Se iluminó y sobre ella apareció la palabra "MAL". Me asusté, se me escapó la cucaracha. No me molesté en buscarla, mi atención reposaba sobre aquella pantalla en la cual, tras la repetición del sonido de alerta, apareció otra palabra: "BIEN". No supe qué pensar. Me eché un rato en la cama, no había dormido bien ninguna de las noches pasadas y seguramente arrastraba las consecuencias.

Cuando desperté de la siesta, vi que un amigo me había llamado insistentemente al móvil. Decidí no devolverle las llamadas, no me apetecía saber de él aquella tarde. Fue entonces cuando de verdad empecé a preocuparme: escuché el sonido de alerta y la pantalla de leche espectral apareció en un rincón de mi habitación: "MAL". La ignoré, pero la luz brillaba demasiado y la palabra me rebotaba en los ojos una y otra vez. No sé aún por qué lo hice, pero llamé a mi amigo y quedamos para vernos esa tarde. De nuevo, la pantalla cambió y me lanzó un "BIEN", desapareciendo por completo segundos después. Ya no me valía acudir al cansancio como causa de aquellas visiones.

Pasó una semana en la que cada acción que realizaba era juzgada por esa pantalla ubicua: a veces aparecía en las baldosas de la piscina mientras buceaba y pensaba en mirar las piernas de una chica que pasaba a mi lado, otras en la comida, cuando me iba a sacar un resto de filete de entre los dientes con los dedos. Pocas veces la palabra "BIEN" aparecía en primer lugar, aunque de vez en cuando sucedía. Un día, por probar, decidí coger un martillo y tantear las reglas de aquél juego. En un principio no estaba muy decidido, así que me costó un rato convencerme a mí mismo de que lo mejor era reventarme los nudillos de la mano izquierda a golpes con él sin razón alguna. Claro, aquél surtidor de juicios fantasmagórico-textual no tardó en aparecer para indicarme que aquello estaba mal. Dejé el martillo a un lado.

El suceso se intensificó y ya no solo juzgaba la moralidad de mis acciones, sino que me informaba de lo que debía hacer, supongo que para seguir el camino correcto y predefinido de mi vida. Si tomaba una dirección en una calle, aparecía al lado de la rueda de un coche y se alumbraba con un "SÍ" o un "NO", según el momento. Era un gps vital. A esas alturas yo no miraba el móvil mas que lo necesario y había vuelto a la iglesia, porque me sospechaba que había algo de divino en todo aquello. Sin embargo, después de varias sesiones de modorra de mediodía dominical y presión a la hora de tomar decisiones y actuar, decidí buscar en internet sobre las posibles causas de las alucinaciones. Lo hice allí mismo, sentado en un reclinatorio de la iglesia. La pantalla fantasmal se apostó encima de la pantalla de mi smartphone y lucía alternativamente los mensajes "NO" y "MAL", pero esta vez no le hice caso. No insistió mucho, lo cual me extrañó bastante para lo pesada que solía ser. Busqué y busqué y al final encontré algo: un hilo alojado en un foro bastante oscurantista hablaba sobre un grupo de facebook llamado Mensajitos de Arriba. El grupo estaba formado por gente a la que le había empezado a pasar lo mismo que a mí. Recopilaban discusiones sobre los sucesos que habían vivido y cómo se habían resuelto. Por supuesto, me uní al grupo. Hablaban, especialmente, sobre la validez de esas apariciones y si era correcto seguirlas o no, si era mejor ignorarlos o incluso cómo deshacerse de ellas. Sobre esto último no había tanto contenido, ya que a casi todos les parecía un don divino aquella pantalla de ayuda vital. A mí, sinceramente, me empezaba a resultar engorrosa. Me leí todos los mensajes y al final di con lo que buscaba: existía alguien que se ocupaba de lidiar con el problema. Tras investigar sobre quién era, terminé con el teléfono del administrador del grupo; él mismo era quien sabía cómo eliminar la influencia de los mensajes.

Hice un trato con él y su método: aseguraba saber cómo hackear el sistema de aparición de mensajes y modificarlo para asegurar su total y completa aleatorización. Cada vez que apareciese la pantalla con uno de aquellos mensajes, me aseguró, no tendría por qué hacerle caso y sentir la presión del deber, ya que al fin y al cabo, lo había modificado para que el mensaje fuese aleatorio entre "SÍ/NO" y "BIEN/MAL". Tuve que firmar un contrato en el que el único párrafo a aceptar era una cláusula de fe. Yo había de tener confianza ciega en la capacidad de trabajo del administrador y en ningún momento debía pensar que esos mensajes me ofrecían el camino correcto a seguir. Así lo hicimos. Firmé el contrato y creí en él, el administrador de Mensajitos de Arriba. La verdad es que después de tres meses notaba la diferencia, me sentía libre y daba todos los días las gracias al Administrador. Había pasado un año cuando algo me empezó a molestar: a pesar de no tener que seguir las indicaciones de la pantalla espectral, su sola presencia me resultaba opresiva. Llamé al número de contacto del Administrador, pero la compañía telefónica me avisó de que no existía. Pero bueno, si aquél hombre decía poder hackear el sistema de mensajes, ¿cómo no iba a poder eliminar del todo la aparición? Mis dudas iban cobrando fuerza. Sabía que iba a incumplir el contrato dentro de poco, pero seguí intentando retener la fe en Él. Entré en el grupo de facebook: las publicaciones pidiendo ayuda se habían multiplicado, las había en todos los idiomas. Todas habían sido redirigidas con un mensaje automático a una página de facebook: El Administrador. Entré y lo vi: tenía millones de seguidores.

Semanas después, alguien publicó un artículo en una revista de corte progresista hablando sobre todo aquello. Cómo las pantallas espectrales habían plagado el mundo y cómo aquel personaje, El Administrador, había liberado a millones de personas de la angustia vital que causaban aquellos mensajes. Fue el final del artículo el que resquebrajó la unidad de mi fe y me devolvió a la duda: "Demos las gracias", sin más ni más. Cerré el ordenador, rompí mentalmente el contrato de fe y me fui a pisar una cucaracha que corría por mi cocina con la seguridad de que Dios, como uno más, se había subido a la ola de las redes sociales.

Luis Hidalgo

Entidad corpórea fundada a finales del siglo XX. Licenciado en filosofía. Tiene una relación con las fuentes luminosas y sus consecuencias periodísticas desde 2014. En un tiempo en que la información gráfica tiene que estar llena de colores y emojis para resultar llamativa, conviene seguir las palabras del fotógrafo A. Feininger: "color is for birds". Escritor de relatos en su tiempo libre.

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