El Santo Oficio y la leyenda negra española

Martes 21 de Junio de 2016
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Todo lo relacionado con el Santo Oficio suscita siempre una gran polémica, especialmente en tanto que está íntimamente ligado a la Historia de España. La Inquisición, según la historiografía progresista, es la principal culpable del atraso intelectual, social, de nuestro país. La historiografía más conservadora adoptó posiciones a caballo entre la defensa de la institución como mal necesario y el intento de minimización su impacto represivo. Lo que sí es cierto es que la Inquisición es un elemento esencial en la famosa leyenda negra de España.

La Inquisición es un tribunal eclesiástico creado para combatir la herejía; es decir, a aquellas posiciones religiosas que, dentro del cristianismo, cuestionaban algunos aspectos dogmáticos referentes a la propia autoridad de la Iglesia. Por tanto, sólo actúa sobre las personas bautizadas en la fe católica. Puesto que la fe en la Edad Moderna implica adhesión política, la herejía, perseguida por la Inquisición, es un delito penal. La Inquisición, según Menéndez Pelayo, era una forma de tiranía popular muy eficaz.

Si bien la Inquisición dependía prácticamente de la Corona, en numerosas ocasiones a lo largo de su historia actuó independientemente de ésta. De todos modos, el Estado siempre estuvo por encima de ella e incluso se valió de la misma para sus propios intereses. Ejemplo de ello fue la utilización del Santo Oficio por Felipe II en 1579 para procesar a Antonio Pérez, acusado de vender secretos de estado a Francia, puesto que cada territorio de la Monarquía Hispánica poseía sus propias leyes y sólo este tribunal operaba en todo el territorio; el monarca español se valió de esta manera de una institución eclesiástica para un fin político.

La Inquisición estará en funcionamiento durante cuatro siglos (desde el siglo XV hasta el siglo XIX) debido principalmente a su asombrosa capacidad de reinventarse, aunque no con la misma operatividad. Primero se ocupó de los judaizantes, más tarde hará lo propio con alumbrados, moriscos y protestantes, entre otros. Aun así, con el paso del tiempo, acabó como una institución educadora más que como el tribunal penal que fue en sus inicios.

Los orígenes

La Inquisición tuvo su origen en el odio al judío. En el siglo XV muchos judíos se habían convertido al cristianismo. Había conversos sinceros y otros que se convertían por diversos motivos: para librarse de la discriminación, ascender socialmente, etc., pero que luego judaizaban, es decir seguían fieles a sus ritos religiosos o a sus costumbres culturales.

Como los instrumentos para perseguir la herejía en la época se quedaban bastante cortos, los Reyes Católicos solicitaron al Papa que les concediera una bula para establecer el Oficio Inquisitorial. Así, por la Bula de 1478 se concede a Isabel y Fernando la potestad de asignar inquisidores y aplicar las normas establecidas en Roma respecto a las herejías. Dos años más tarde, en 1480, la Inquisición comienza así su actividad, que no cesará hasta 1834.

La represión

Como ya se ha dicho, la Inquisición estuvo en funcionamiento cuatro siglos. Esta institución está indisolublemente ligada a su tiempo y a su contexto. En total el Santo Oficio llevó a cabo unos 200.000 procesos. El primer tribunal fue el de Sevilla, luego le siguieron los de Córdoba, Ciudad Real y Toledo. La Inquisición contaba con varios órganos directivos, entre los que destacaba el Consejo General, compuesto por el Inquisidor General y tres eclesiásticos.

Fue en esta etapa inicial donde se decretó el mayor número de penas de muerte debido, principalmente, a que se cogió a los judaizantes desprevenidos tras haber sido sometidos a conversiones forzosas. Hubo penas y condenas a muerte en Sevilla, Toledo, Mallorca y Valencia. A algunos judaizantes les dio tiempo a huir, otros buscaron protección en la nobleza.

La Inquisición no paró de cebarse con los judaizantes hasta que desmanteló por completo toda su cultura y costumbres, que decaerían profundamente a mitad del siglo XVI. Al judaizante se le descubría en base a sus rasgos culturales: sitios de rezo, liturgia, ayunos, textos, fiestas (Yom Kippur, Pascual de las Cabañas, Pascua Judía, Sabbath) y en costumbres más mundanas, como los rituales de parto, circuncisión, formas de cocinar y alimentarse o la manera de enterrar a sus muertos.

Más tarde, en el primer tercio del siglo XVI, la Inquisición persiguió otros colectivos. Primero actuó contra aquellos que simpatizaban con el protestantismo o revindicaban una religiosidad interior alejada de las fórmulas ritualistas del catolicismo, como los alumbrados; posteriormente fijó sus ojos contra los moriscos, los musulmanes convertidos al cristianismo o los indígenas americanos que habían recibido el bautismo.

En cuanto al mundo de la hechicería, no se dieron grandes procesos inquisitoriales contra, por ejemplo, la brujería. Solo destaca el de Zugarramurdi (Navarra), cuando entre 1610 a 1612 se procesa a decenas de lugareños y se ejecutan a seis «brujas» en la hoguera bajo la acusación de celebrar aquelarres donde se veneraba al diablo, aunque ciertamente se trató más bien de una lucha contra las prácticas paganas aún existentes en los Pirineos.

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Los procesos

La Inquisición no aceptaba el no anonimato de los testigos y los denunciantes. Por esa razón había muchas denuncias falsas que no iban más allá de la rencilla personal. El éxito de la Inquisición radicaba en el anonimato del denunciante y de una correcta utilización de la psicología de masas, pues las procesiones y los actos de fe eran muy vistosos y teatrales.

El modo de proceder de la Inquisición era el siguiente. El inquisidor llega a una población y en un sermón abre un proceso de cuarenta días en el que se invita a la denuncia bajo pena de excomunión. Si en este período se llegaba a producir alguna autoinculpación, se tendría en cuenta y no se requisarían los bienes del autodenunciado e incluso había indulgencias de premio. Una vez hechas las denuncias y recopilados los casos, el asunto pasaba a manos de los denominados calificadores, que eran teólogos que tenían que analizar a cada denunciado. Cuando los calificadores detectaban algún indicio de delito, se producían las detenciones, aunque normalmente se detenía una vez puesta la denuncia. Al arrestado se le requisaban sus bienes hasta nueva orden (para cubrir los gastos procesales y la estancia en prisión) y no se le decía el motivo de su detención. Después se producía un interrogatorio en el que se leen las acusaciones y donde se animaba al sujeto a la autoinculpación. El acusado podía presentar testigos para intentar lograr su exculpación. Una buena manera de salir airoso era intentar probar la enemistad entre el denunciante y denunciado, alegar borrachera, juventud o un berrinche espontáneo.

Si por algo es famoso el procedimiento inquisitorial es por el denominado tormento, las torturas. El tormento era prácticamente la última vía para probar una inculpación. Su ejecución se tomaba un extenso tiempo de valoración por parte del tribunal. Debía haber indicios muy evidentes de herejía para aplicar este procedimiento. Después se votaba si era apropiado su uso. En caso de serlo, la dureza en la aplicación del tormento también era consensuada. Los instrumentos de tormento más famosos eran la garrucha, la toca y el potro. Aun así, la confesión bajo tortura no era válida, pues debía ser ratificada por el procesado al día siguiente sin coacción alguna. A pesar de la leyenda negra que pesa sobre la Inquisición y el tormento, apenas un 10% de los procesados pasaron por este método de confesión.

Sin duda la Inquisición va indisolublemente ligada a la historia de España y es uno de los elementos clave para entender la famosa «leyenda negra» que pesa sobre nuestro país. Parte de la historiografía ha acusado a esta institución del atraso cultural y social que provocó que los cambios de mentalidad que trajeron procesos como la Ilustración y la Revolución Francesa tardaran en penetrar en España. Por otro lado, sin duda, el Santo Oficio es hijo de su tiempo y no deja de llamar poderosamente la atención su extensa vigencia, lo que denota cierta particularidad de la historia española. Podría ser considerado perfectamente un instrumento al servicio del fanatismo religioso, si bien es cierto que, como la historia ha demostrado después, fue un instrumento político, un instrumento al servicio de los intereses de la Corona y del Estado, pues en la Edad Moderna posicionarse en contra de la religión (de Estado) y sus preceptos, en este caso el cristianismo, era una forma de disidencia, disidencia que era controlada por este tribunal eclesiástico.

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