Black Mirror y la Sociedad del Espectáculo. Más que nunca.

Viernes 04 de Noviembre de 2016
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Black Mirror y la Sociedad del Espectáculo

Antes de ver Nosedive, el primer capítulo de la tercera temporada de Black Mirror, he consultado su puntuación en Filmaffinity. Hoy es domingo, y acabo de regresar de un fin de semana de viaje. He dormido fuera, eligiendo dónde dormir gracias a las puntuaciones de Airbnb y dónde comer gracias a las de Tripadvisor. He vuelto a casa en Blablacar. Para elegirme como pasajero, supongo que el conductor habrá ojeado las estrellas de mi perfil.

Más que nunca, Internet nos ofrece hoy en día información para poder elegir dónde y cómo realizamos nuestras actividades preferidas. En una economía de mercado con una oferta cada vez más amplia, herramientas como éstas parecen ayudarnos a emplear la menor energía y tiempo posible en tomar nuestras decisiones. Además, la idea de someter estas valoraciones al poder del consumidor nos ofrece una promesa de mayor democracia. Cuantos más ojos miren algo, más garantía tendremos de que su valor ha sido determinado con justicia, ¿no es así? Con gusto, entonces, pagamos el precio de basar la mayor parte de nuestras decisiones en un sistema de puntos basado en la popularidad. Toleramos, con el entusiasmo del mejor comprador, un mundo cada vez más homogéneo y disneyficado, en el que cada vez más cosas parecen haberse convertido en un envoltorio.

Sin embargo, el capítulo de Black Mirror con el que Charlie Brooker abre su tercera temporada va un paso más allá. ¿Qué puede ocurrir cuando ese mismo sistema de puntuaciones nos afecta a nosotros mismos? ¿Cómo nos relacionamos entre nosotros cuando cada uno de nuestros gestos puede ser evaluado por los demás? ¿Qué efectos puede producir el hecho de construir nuestra identidad en base a la imagen que damos al resto?

Una de las consecuencias más evidentes, con claros ecos a Guy Debord en La Sociedad del Espectáculo, es que, como decía su tesis I “todo lo directamente experimentado se convierte en una representación”. Desde la foto que hace la protagonista, Lacie, antes siquiera de probar el café hasta las lágrimas de su amiga cuando le comunica su invitación a la boda, toda experiencia parece ceder importancia ante su propia representación comunicable. El episodio nos muestra así un irónico reflejo de nuestras vidas, que todos pasamos retratando y relatando vacaciones, historias de amor y éxitos profesionales. Sin embargo Brooker no se queda en el problema de que seamos incapaces de disfrutar de la propia experiencia en sí. La cuestión, más bien, son los efectos en la psicología del individuo.

Esto tampoco es nuevo. El grupo Tiqqun, en uno de sus famosos textos, ya presentaba que la sociedad del espectáculo generaría un nuevo tipo de sujeto marcado por la transformación de toda su existencia en una pura representación con objetivos sociomercantiles. El interés de Black Mirror, aquí, es haber sabido articular estas ideas con la llegada de las redes sociales. En efecto, hoy más que nunca, el exitoso desarrollo del mundo digital nos hace a todos cómplices y compañeros de Lacie cuando, atrapada en el escenario, es incapaz de dejar de interpretar un guion que no controla. Quizá el tono caricaturesco del episodio solo busca provocar cuando vemos a Lacie cambiar su risa, modelar su forma de conversar en ascensores, cambiar su forma de vestir y hasta sus gustos culinarios. Sea como sea, todos podemos identificarnos hasta cierto punto al verla modelar su propio ser, modificándolo y transformándolo para convertirse a sí misma en un producto atractivo para los demás. Atrapados todos en un delirio demasiado cercano, el episodio nos hace testigos de varios procesos:

Por un lado, observamos como la vida misma, nuestra experiencia cotidiana fuera del trabajo, se ha convertido en una mercancía, cuyo dominio se extiende inmune a cualquier frontera. El muñeco de Lacie es el mejor ejemplo de esta expansión desenfrenada del espectáculo, mostrándonos que cuando la situación apremia, no existe límite alguno para el ojo social, pues de su mirada depende nuestra posición social y económica (en definitiva, nuestra existencia en sociedad). En este sentido, la perfecta sociedad del espectáculo retratada en Black Mirror acaba por difuminar completamente la frontera entre lo público y lo privado, en la medida en que todo lo experimentado es susceptible de ser comunicado bajo la lógica de la razón económica, y nada, por íntimo que sea, merece la dignidad de la ocultación. Sin embargo, esto no quiere decir que toda experiencia pueda ser mostrada en bruto. Por el contrario, la misma razón económica somete la vida entera a una recodificación gracias a la cual podemos mostrar cómo nuestro nuevo yo, nuestra marca personal, encarna los valores socialmente deseados (bienestar, éxito, fortaleza, ambición, inteligencia, cultura…). En esta imagen idealizada del yo, como Lacie, nosotros ocultamos también todo rasgo de vulnerabilidad, de debilidad o desviación de la norma. ¿Cómo te va en el trabajo? Se preguntan las compañeras en el ascensor durante el capítulo. Todo bien, todo fantástico. Ningún problema a la vista.

Como consecuencia directa de esta mercantilización de la esfera vital, Charlie Brooker nos muestra también, con gran acierto, cómo la sociedad del Espectáculo convierte la propia vida y relaciones en un trabajo, es decir, en una actividad transformativa que produce valor. Así, si los límites de la mercancía se difuminan, también lo hacen los del trabajo. Lacie modifica su vida para aumentar su valor de cambio en el mercado. No sale a correr, crea nuevas recetas o adquiere nuevos bienes posicionales porque busque satisfacer necesidades, sino sobre todo, por el objetivo de aumentar una puntuación. Esto es especialmente explícito en su forma de seleccionar y modelar todas las relaciones en función de su valor. Trabajando sobre sí misma, Lacie aumenta su capital simbólico, lo cual le confiere a su vez no solo estatus, sino también capacidad económica y política. A cambio, Lacie paga un pequeño precio, ilustrado perfectamente con el rol del coach relacional. Todo aspecto de su vida se somete a un escrutinio cuidadoso. Reduciendo a números y gráficas cualquier mínimo detalle, consigue así aumentar su productividad. Como sugieren Laval y Dardot en su libro “La nueva razón del mundo”, se trata de transformar el yo en una empresa y adoptar la lógica empresarial para todo aspecto de la vida.

Pero dicha transformación no sería posible a nivel individual sin un fondo social que la acompañara. Y es aquí donde Black Mirror capta a la perfección la esencia de la sociedad del espectáculo. Así, el capítulo Nosedive nos permite comprender cómo lo que caracteriza al espectáculo no es un conjunto de imágenes, no se trata simplemente de una sociedad con un excedente visual y comunicativo. Se trata, en palabras de Debord en su tesis IV, de una relación social mediatizada por imágenes. Desprovistas de toda espontaneidad, todas las interacciones entre avatares que vive Lacie nos dan prueba de una profunda separación, un vacío relacional bajo el que tan solo se esconde, ansiosa, una razón económica y productivista que lo contagia todo.

Black Mirror y la Sociedad del Espectáculo

En este sentido, el capítulo de Black Mirror no solo se deja acompañar por el texto de Debord, sino también por las teorías de antropólogos como Karl Polanyi. Para este autor, lo que diferencia al capitalismo de otros modelos económicos era la forma en la que se conectan las relaciones sociales con las económicas. En sociedades no capitalistas, la economía solo era una función incrustada en relaciones sociales no económicas, es decir, la economía era expresión de otras relaciones sociales en marcha tales como la amistad, el parentesco o la vecindad. Frente a ello, en el capitalismo las relaciones económicas se han autonomizado, y no se apoyan necesariamente sobre ninguna relación social previa. Hoy, incluso podemos decir que las relaciones económicas sostienen como base al resto, totalizándolas bajo la lógica del mercado en la que prima el principio de intercambio y una razón guiada por el interés egoísta. Lacie tiene proveedores y consumidores, que toman la forma de amigos, conocidos, amantes o hermanos en función del tipo de producto o servicio que ofrezcan.

Por ello, toda la vida de Lacie parece reducirse a un mapa de relaciones egoístas en el que nadie se vincula más allá de sus posibilidades de obtener un beneficio. Además, como ocurre en el mercado de deuda de los Estados, las relaciones dependen de una imagen externa proyectada a través de indicadores. La confianza, el interés, el atractivo de una interacción dependen así de una aplicación móvil o de unas agencias de rating. La vida social se reduce, en resumen y para delirio de algunos, a puras condiciones de mercado. Y en esta sustitución de relaciones sociales por económicas es donde se revelan los verdaderos monstruos. Por un lado, aparece una omnipresente intención instrumental hacia el otro. Como podemos ver en el momento en que Lacie baja de puntuación por debajo de 3, el otro, un extraño, deja de resultar interesante en cuanto ya no produce beneficio. Paralelamente, se evidencia también una ausencia total de todo sustrato de comunidad, mostrando un escenario de aislamiento en el que no existen vínculos afectivos, alimento principal de la confianza. En este contexto, toda relación social adquiere un carácter comercial en forma de intercambio entre seres extraños y egoístas. Mediadas por la razón económica, estos encuentros acaban erosionando toda interacción que no sea subsumible a su lógica calculadora. Esto es observable perfectamente en cómo se abandona a quienes pierden puntos, o como incluso el asesor de confianza corta la comunicación cuando se acaban las horas de trabajo. En la sociedad que habita Lacie no existe un pegamento social que ensamble a sus habitantes. Todos aparecen separados por una barrera invisible en forma del sistema de puntos. Solo cuando, literal y metafóricamente, esa barrera invisible es arrancada de sus ojos, puede comenzar entonces la verdadera comunicación.

Por tanto, dicho sistema de puntos sugiere, en una cruel metáfora sobre los mercados, cómo las sociedades capitalistas tienden a enmascarar la violencia bajo una fachada de pacificación y orden social. Garantizando la paz y el orden que necesita todo intercambio, esta fachada despierta indignación cuando la observamos en la falsa sonrisa de la azafata y en los gestos tranquilos del policía. Y es que este tipo de gestos ocultan, bajo una máscara de cordialidad, una violencia estructural marcada por la exclusión, la deshumanización y la falta de solidaridad.

El problema, como bien muestra Charlie Brooker, es que la salida a la particular distopía vivida por Lacie es cada día más difícil. Primero, porque la acumulación de capital simbólico es una carrera sin fin. Como Lacie sugiere, es imposible encontrar el final de la acumulación. No se sabe cuándo tendremos suficiente. Pero, sobre todo, porque la trampa de la realidad que nos presenta Black Mirror es que todas las esferas de la vida se superponen en el mercado. Por eso, a pesar de que la relación con la camionera parece la única real y no egoísta de todo el episodio, su consejo de desertora se le hace a Lacie imposible de asumir. En el nuevo capitalismo marcado por el desarrollo de las redes sociales, desertar ya no consiste en asumir una vida que abandone el consumismo o los valores materialistas. Cuando la economía se fusiona con la popularidad, el desafío pasa también por ser capaz de ser invisible a los ojos de la gente. Desertar de ese sistema es, sencillamente, dejar de existir.

Ante esta complicada encrucijada, quizá Black Mirror no se coloque en el lugar de quien ofrece vías de escape especialmente elaboradas. Pero es innegable que, desde el material que nos ofrece, nos deja con varias lecciones. Primero, que, sin ser panfletaria ni pobre, una ficción puede transmitir mejor que muchos ensayos gran parte de la crítica a la sociedad capitalista del siglo XX. Segundo, que toda esa crítica no solo nos sirve de ejercicio intelectual, sino que no deja de ganar vigencia en el mundo que vivimos hoy. Tercero, que si algo caracteriza a este mundo es el impresionante desarrollo de la tecnología, que lejos de ser neutral, encarna y cataliza una forma de vida muy específica. Pero finalmente, y como en la mayoría de sus capítulos, la mejor de las lecciones de Black Mirror se mantiene constante: la de mostrarnos cómo los seres humanos no cejamos en nuestro empeño de crear realidades (el dinero, los mercados, las redes sociales, la religión,…) que, debiendo servir a nuestros propósitos, terminan por dominar nuestras propias vidas.

Comentarios

Actualmente vivimos en una sociedad llena de avances que nos han ayudado a progresar y a hacernos la vida mucho más fácil. Pienso que el uso de las nuevas tecnologías y el uso de las redes sociales pueden beneficiar a cualquier persona siempre y cuándo haga un buen uso de ella. En primer lugar he de decir que me hizo bastante reflexionar este capítulo, ya que actualmente no somos conscientes de la de tiempo que perdemos prestando atención en cosas que no tienen nada de valor. Pienso que en el capítulo se reflejan muchos aspectos de nuestra realidad, ya que actualmente la sociedad vive conectada a las redes de manera descontrolada y teniendo preocupaciones sobre aspectos que no tienen importancia. Pienso que es una pena que te valoren por tu exterior y por tu apariencia que por tu interior y tus conocimientos, ya que como bien comentamos en clase, en la actualidad muchos de los trabajos tienen en cuenta la popularidad que se tiene en las redes y la imagen que se muestra. Cada vez estamos más condicionados a ser como quieren los demás que seamos, dando una buena imagen a través de publicaciones solo para tener muchos "me gusta" de personas a las que se les pone el nombre de "amigos" y a la mayoría no les importamos e incluso ni los conocemos. Personalmente me considero una persona que está conectada siempre a las redes, y he de decir que muchas veces no estamos disfrutando realmente la vida, ya que solo nos dedicamos a compartir momentos solo por complacer a los demás. Para terminar he de decir que no nos damos cuenta del tiempo que perdemos no pasando ni disfrutando los momentos con las personas que tenemos a nuestro y lado y haciendo lo que realmente queremos y diciendo nuestra opinión sin tener que pensar en qué dirán los demás. Es una pena que cuándo nos demos cuenta sea demasiado tarde y hayamos perdido todo nuestro tiempo.

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